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Galeria Lopez Quiroga
G A L E R Í A
LÓPEZ QUIROGA
| Gabriel Macotela |

Texto de Carlos Monsiváis / Texto de David Huerta / Texto de Jorge Alberto Manrique / Texto de Juan García Ponce

Macotela, en su incesante búsqueda formal, responde a todo lo que le sugieren los cuadros, los grabados, las litografías, las maquetas, los muebles, y lleva al conjunto su pasión de artesano y artista, sus certezas sobre engaños y revelaciones de la estética, y su amor por las formas que de tan derruidas representan el principio de la civilización.
A quienes ven/leen estas maquetas, Macotela les propone preguntas muy sencillas: ¿Cuál es la relación entre paisaje y melancolía?, ¿son las ruinas los antecedentes de las civilizaciones, y no a la inversa?, ¿son las maquetas las verdaderas ampliaciones de la realidad?, ¿es el desastre urbano la oportunidad de una nueva estética (la consolación por la filosofía visual)?, ¿hay en todo edificio el germen de un castillo abandonado?, ¿cuáles son los vínculos entre la intemperie y la memoria? Por su vigor escénico, por su carácter de conjuntos escultóricos del presente que es ya la desolación del porvenir, estas maquetas (escenarios del fin y el principio de los tiempos, anticipaciones que son apuestas) se sitúan a medio camino entre la síntesis escultórica y las escenografías del vaticinio.

Carlos Monsiváis
Junio, 1990


Texto de Carlos Monsiváis / Texto de David Huerta / Texto de Jorge Alberto Manrique / Texto de Juan García Ponce

El cielo que pinta Gabriel Macotela es un cielo impuro, un cielo nada heroico. Pero en este espacio está la posibilidad de una lírica y de una épica modernas; posibilidad que él, uno de nuestros mejores pintores, ha estado explorando desde haces ya algunos lustros, con las herramientas espléndidas de su talento y de su poderosa imaginación plástica.
Gabriel Macotela hace también esculturas, piezas de cerámica, maquetas; realiza un trabajo editorial generoso y brillante: de ahí su participación, con Yani Pecanins y Armando Sáenz, en los libros de La Cocina y sus colaboraciones con escritores y poetas -además de que posee un tremendo talento musical. Pero la mayor parte de su trabajo está en los lienzos enarenados, en los tensos y llenos acrílicos, en los sombríos y relampagueantes pasteles, en los rectángulos donde mueve su mano dibujante y pintora.
La mano y la mirada se alían en él, en su obra, para entregarnos el clasicismo de los nuevos paisajes: antiutopía en medio de la cual tendrá que realizarse el sueño de todo aquello que deseamos.

David Huerta, 1987

Texto de Carlos Monsiváis / Texto de David Huerta / Texto de Jorge Alberto Manrique / Texto de Juan García Ponce

La arquitectura fantástica de Macotela no es dibujada, sino hecha en algo que, a falta de otro nombre más apropiado, podríamos llamar maquetas, algunas tan grandes que casi pueden considerarse monumentales.
Fábricas, teatros, circos, ámbitos indefinidos, realizados con una acuciocidad donde la posibilidad de realidad es primero ponderada y luego juguetonamente contradicha y exhibida. El interior se convierte, con un artificio rápido sacado de la manga, en exterior; el ingreso invitador, en trampa mortal. Edificaciones ficticias que son cajas de sorpresas continuas para el espectador que las recorre con mirada envolvente: perspectivas nuevas, contrastes de claroscuro, aparición de elementos escondidos; de pronto pita un tren como venido del futurismo de Marinetti o se recorre una carrucha. Ambigüedad aun en el contraste entre la sobriedad metálica de los colores y el jugueteo constante. Juego y artesanía (esto es, humor y trabajo de manos) son los elementos más presentes en estos trabajos donde Macotela recoge -por caminos tan insospechados- recoge y pone en juego el sentido más profundo del arte popular; en donde él se ensaya, como hombre, frente a espacios imposibles que se refieren a cosas posibles y a realidades existentes. Ensayo que es metáfora de su vida y de la vida de la comunidad.
Lo menos que se puede decir de Gabriel Macotela es que es un artista que arriesga en las soluciones que propone para cada serie de obras y en cada obra en particular. Como atraído morbosamente por el fracaso, no se detiene ni se paraliza: se lanza a la aventura amenazante. Huele a carne humana.

Jorge Alberto Manrique
25 de agosto de 1986


Texto de Carlos Monsiváis / Texto de David Huerta / Texto de Jorge Alberto Manrique / Texto de Juan García Ponce

Me atrevería a suponer, porque las obras me lo dicen o por lo menos se lo sugieren a mis sentidos ante la manera en que llegan hasta ellos y despiertan mi atracción como espectador, que en la pintura de Gabriel Macotela hay una muy particular y difícil libertad: el artista se deja guiar por su temperamento, por su sensibilidad, y son ellos los que le dan a sus cuadros, a pesar de su evidente rigor, ese delicado lirismo que nos hace pensar en una forma de ensueños que se convierten en armonía de la forma y del color: en pintura.
Y al mismo tiempo podríamos suponer que lo que ocurre es que Gabriel Macotela "compone" sus obras con una lenta cautela y un extremado rigor, casi podría hablarse de malicia, pero esta malicia resulta tan "neutral" que las obras la absorben por entero.
De una manera u otra, de pronto, en sus telas, hay una distancia, una sensación de lejanía que pone en ellos una impresión casi onírica. Es como si todo surgiera de un sueño muy tenue, muy delicado; es como si hubiera algo muy transparente pero que no deja de existir entre el pintor y sus pinturas; es como si las formas fueran cayendo en ellas y se depositaran suavemente sobre la superficie del cuadro y también es como si, algunas veces, unas cuantas de esas formas regresaran una y otra vez del mismo modo que para todos, para cualquiera, algunas veces, unas cuantas de esas formas regresaran una y otra vez del mismo modo que para todos, para cualquiera, algunas veces, unas cuantas de esas formas regresaran una y otra vez del mismo modo que para todos, para cualquiera, algunas veces, un mismo sueño regresa y volvemos a encontrarnos dentro de él como quien se halla en un campo conocido. Tal vez por eso estos cuadros resultan tan atractivos en una dirección que podría considerarse "interior" cuando en ellos todo es "superficie". Gabriel Macotela tiene el poder de realizar conjunciones inesperadas y hasta discordantes y que éstas se incorporen de inmediato a la totalidad de la composición. Unas veces se trata de formas y éstas son de muy distinto tipo en los pasteles sobre papel y en estos últimos especialmente hay de pronto unas combinaciones de planos y colores sorprendentemente contrastados que sin embargo no rompen en ningún momento la armonía del conjunto de la composición sino que la afirman.

Juan García Ponce, 1982


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