Google

web arte-mexico
Works with
Galeria Lopez Quiroga
G A L E R Í A
LÓPEZ QUIROGA
| Alan Glass |

LAS JAULAS DEL TIEMPO: LAS CAJAS DE ALAN GLASS
Alberto Blanco


Entrar a la casa de Alan Glass en la Colonia Roma es entrar a una de sus cajas maravillosas. Todo lo que se nos presenta a la vista resulta interesante. Más que interesante: resulta evocador. Pero más aún que evocador, el conjunto es como un gatillo para la imaginación: un verdadero desafío para tratar de comprender algo que se rehúsa a ser reducido a fórmulas o a ser puesto en palabras, a pesar de que cada una de las cajas, cada uno de los objetos allí reunidos, cada nuevo collage, nos quiere decir algo.

Y algo pasa, sin duda, en la obra de Alan Glass. Algo pasa, y no es el tiempo que se ha quedado congelado en sus cajas de cristal. O lo que pasa no es nada más el tiempo. Pasa una corriente de energía pura que nos toca, nos sacude, nos conmueve por su belleza y por su absoluta sinceridad. La luz de una obra que ya cuenta entre las más logradas, las más significativas, las más profundamente auténticas que se han realizado en el México que nos tocó vivir. Una obra signada de principio a fin por la inspiración de estirpe surrealista. Es decir, romántica. Es decir. algo.

Porque Alan Glass es un artista que cree en la inspiración. Y se nota. Y como todo artista que de veras cree en la inspiración, cree en la existencia indiscutible de las Musas. Esas señoras que se aparecen cuando uno menos las espera. A la hora de la hora. Cuando se concede el centímetro cúbico de suerte. En el momento menos pensado. Justo en ese instante en que el artista sabe que el mundo le habla a través de todo. Y en el caso de Alan Glass, muy particularmente a través de los objetos.
Para muestra basta un botón (de esos que Alan ha utilizado para darle forma a la imagen de la Diosa Blanca de inspiración lo mismo celta que haida): la aparición del guante de Nadja de Breton. Se trata de un guante que tiene su historia. Es un guante que viene trasmigrando desde los grabados de Klinger, pasa en línea directa a través de la obra de Giorgio de Chirico, desemboca en las pupilas del azorado André Breton, y llega finalmente (¿finalmente?) hasta el mercado de pulgas de la Colonia Roma para su encuentro capital con Alan Glass que lo descubre con ojo adiestradísimo debajo de una pila de hierros oxidados.

Encuentro fortuito de un guante surrealista y un constructor de cajas en medio del camellón decadente de la avenida Alvaro Obregón. Un bello encuentro que se ciñe a la línea de la más ortodoxa poética surrealista, siguiendo los dictados del Conde de Lautréamont: "Bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección". Un
solo lánguido guante de mujer vaciado en bronce que lleva la fecha de 1926, y que viene precedido del hallazgo de un calendario de ese mismo año que le trae -como en el poema que Alejandra Pizarnik le dedicara- "la tenue respuesta de las hojas".

Alan Glass nos muestra -a la vez que nos lo demuestra una y otra vez con su trabajo- lo que muy bien podríamos llamar "La Ley de Cristóbal Colón": ese deseo vehemente de viajar siempre con rumbo a lo desconocido. Igual que el almirante, Alan Glass para ir al Oriente zarpa hacia Occidente, poniendo toda su fe en una apuesta poética, en una apuesta absurda como la que postula en El hombre rebelde Albert Camus. Y es que un artista, como confiesa Alan Glass, "no sabe nunca bien a bien lo que está haciendo".

Es por ello -tal vez- que cada una de las piezas de Alan Glass funciona como si fuera un oráculo: un conjunto de objetos y de signos que le dictan por dónde ha de seguir, y, en el proceso, le da sentido a su vida. "Si no me hubiera pasado la vida coleccionando yo no sabría qué hacer". El afán, el genio y la locura del coleccionista. Esa extraña inclinación del género
humano por reunir, conservar y reconstruir la más disímbola fauna de objetos a fin de insuflarles nueva vida. Y que de paso, en el proceso, y como si de lo más natural se tratara, nos sugiere a nosotros, cómplices de la aventura, por dónde pueden correr los más preciosos y secretos veneros de la vida.

El juego del reciclaje de las imágenes y de los objetos en la práctica del collage encuentra en el trabajo de Alan Glass -como lo encontró antes en el de su maestro y tutor virtual, Joseph Cornell- una cima. Así, podemos constatar en todas las obras de Alan Glass, además de tantas otras cosas, la mirada de un artista ecologista que en todo ve las ruinas del naufragio del mundo moderno, a la vez que la esperanza de rescatar de este caos unas cuantas cosas preciosas: señales y piezas que nos permitan recomenzar el juego. El Gran Juego del que hablaba el mago de El monte análogo René Daumal.

Hay aquí también una estética afín a la que, a través de Ezra Pound y Fenollosa, nos viene desde la antigüedad china y que formula explícitamente T. S. Eliot en su famosa teoría del poeta como médico del lenguaje. El poeta como aquel miembro de la tribu que recoge las palabras maltrechas en el tráfico diario para devolverles la salud y restituirles su sentido original.

En este mismo sentido, se puede ver al artista visual en general, pero, muy particularmente a un artista como Alan Glass, como un ser humano que recupera para provecho de todos nosotros los objetos maltrechos, viejos, olvidados, para volver a ponerlos en circulación dotados de nueva vida.

Dotados de alma.
En los objetos y collages de Alan Glass el mundo moderno del consumismo y el insensato desperdicio es rescatado de sus márgenes para sernos restituido por la alquimia del arte en una nueva forma capaz de devolver a los objetos su aura original. Esa luz interior que se ve en cada obra de Alan Glass conservada primero, y acrecentada después, por la virtud de su visión poética.

"A mí no me interesan los resultados estéticos", me dice Alan Glass, que no reniega nunca de su filiación surrealista. Y haciéndose eco del llamado de Breton continúa realizando una obra ajena a toda preocupación estética o moral. Paradójicamente los resultados de su búsqueda visionaria y de su paciente trabajo nos dan, sin que así se lo haya propuesto, una lección de integridad artística y terminan por ser preciosamente estéticos a nuestros ojos. Una estética que, claro, tiene mucho más que ver con la belleza convulsiva de la que hablaba André Breton que con la ya muy ajada belleza de las viejas y nuevas academias, incluidas, desde luego, las que preconizan hoy en día el efímero reinado de las instalaciones.

Cada obra de Alan Glass es, a final de cuentas, un oráculo y un relicario -como aquél último y conmovedor que Yves Klein dedicó, para sorpresa de muchos, a Santa Rita de Casia- donde se conservan los fragmentos de un orden antiguo. Un ofrenda votiva donde el mundo contemporáneo reconoce todo lo que tuvo que sacrificar a la hora de dejar atrás, y tal vez para siempre, el mundo tradicional. De aquí su fuerte carga melancólica. La nostalgia de un mundo perdido donde palpita todavía la Ley de las correspondencias de Baudelaire.

En las jaulas del tiempo de Alan Glass laten corazones de otra religión, de otros Dioses, de otros tiempos. Corazones vivos de seres humanos que todavía eran -que todavía son- capaces de hacerse eco tanto del llamado del Primer Manifiesto Surrealista -"solamente lo maravilloso es bello"- como del dictado de Arthur Rimbaud en esa ecuación fundamental de la Teoría de la relatividad poética: Je est un autre. "Yo es otro".



mexican art, arte, artistas, mexico, galeria, museo