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| biography | Selected Work | Texto
| MONICA DOWER |

 

MONICA DOWER, LA ESPERA, octubre 2002

El proyecto "La espera" nace a partir de la creación de una serie de individuos que se encuentran esperando . Esperando que a que los llamen, esperando el momento adecuado para actuar, esperando la muerte. Se encuentran suspendidos en el tiempo, en una pausa , contemplando fijamente, casi obsesivamente el horizonte.
El frío del carbón casí metálico contrasta con la calidez del papel amate.
Estamos compuestos por carbono, hidrógeno, oxygeno y nitrógeno. Al morir solo queda carbón , por esto me interesó trabajar con este material. En esta reflexión encontré que estos hombres negros son para mi la esencia del ser humano por esto no tienen detalles ni florituras , estan despojados de su piel y de elementos superfluos. La masa negra creada a partir de la densidad del carbón comprimido me remite inmediatamente al interior, donde todo esta obscuro pero sin embargo lleno de luz...

 

Mónica Dower; Raíz desnuda

Santiago Espinosa de los Monteros

Desde siempre, así parecería decirnos la historia del arte, en la pintura la representación de la figura humana, de un paisaje, de eso que se ve o se pretende que el otro vea (y que por ese medio se sepa de su existencia), ha recorrido tantos caminos como años de vida y autores que se aboquen a esa tarea.
Es por ello que La Figura, así en mayúsculas, al cruzar unas veces de manera ligera y otras con notorias dificultades el tiempo y las geografías, y aún después de esa travesía llegar a donde ahora está y seguir diciendo con su peculiar y renovado sentido de la expresión, puede considerarse como una de las más leales maneras de expresar, de manera llana, las sensaciones de quien se vale de ella para notificarnos de un hecho que, a partir de nuestra mirada, existe.
Tal vez por esto me llamó la atención la obra de Mónica Dower. Cuando vi su trabajo por primera vez tuve la sensación de que su obra estaba situada al margen de los devotos intereses -en ocasiones cuestionables-, que suelen regir las formas de expresarse. Actuar como creador ante uno u otro tema, delimitado con anterioridad por predisposiciones de vida efímera, no es asunto que preocupe a Dower.
Este acto de profunda honestidad con lo que se desea realizar, esta manera decorosa de enfrentarse a su trabajo, se encuentra íntimamente relacionada con un régimen personal de sumarse a una necesidad, parecería colectiva, de dar cuerpo a la memoria. A través de ella rehace la deteriorada red de concordancias con el mundo, relación que a partir de su pintura pasa de privada a pública como si se abriese una caja conteniendo remembranzas largamente vigiladas en custodia.
Sus personajes parecen seres que lo saben todo desde siempre. Por eso su desnudez, el estado primigenio ideal donde todo es conocimiento profundo, no por adquirido sino por heredado. Y esos seres, ¿quiénes son? ¿son todos hombres? ¿son también mujeres? ¿son seres a la mitad del camino entre los dos sexos? Lo mismo da.
Cada pieza en la que están representados viaja en sentidos distintos. Aunque muchas veces sean los buscadores del equilibrio, la mesura, la permanencia, ellos mismos al haberse lanzado a esa aventura de minucioso escrutinio, delatan la ausencia de lo que nos transmiten.
Verles enormes y dibujados con una mano que se convirtió en ojo mientras tenía delante al modelo les otorga otra lectura. A veces siento que son pinturas dibujadas, que esa carga de color y esas transparencias son apenas complementarias con el muy presente trazo que delimita sus formas. Lo que vemos son imágenes cuyos contornos han sido delineados, no realizados ni tramados con manchas cromáticas.
En la pintura de Mónica Dower está presente la enorme preocupación de la representación del otro. El otro, sin embargo, no es sólo quien posa para ella o el personaje evocado ni tampoco la representación sólo de un árbol o una rama. Se trata aquí de que el otro, lo otro, es la parte interior de Dower que, a fuerza de vestir el papel o la tela, aflora en hombre, rama, árbol o mujer.
De ahí esa suerte de ser oculto que habita en el interior de cada pieza. De ahí que tengamos la sensación de estar mirando más de lo simplemente evocado ante nuestros ojos. La intensidad con la que esta obra ha sido concebida nos habla de la misma que ha debido utilizar la autora para vaciar en al plano aquello que desea ver.
Por eso se confunden en uno solo las ramas y los cuerpos. No son lo mismo pero esa convivencia les hace compartir venas, aliento, color. La verticalidad se convierte en un terreno en pugna y ambos bastiones de la naturaleza, hombres y plantas, luchan cuerpo a cuerpo (¿o debería decir rama a rama?), hasta encontrar su centro.
Tal vez la pieza más representativa en esta tesitura es "Hombre escupiendo raíces". En este díptico vemos que en realidad son dos las cabezas que lanzan ramas por la boca. Sin embargo, cuando Mónica Dower lo titula en singular descubrimos que se trata más de un espejo que de un escenario en el que hay dos personajes. Sin ser idénticos, ambos comparten la vocación de lanzar al viento lo que parecería crecerles desde dentro.
Al principio de la serie Dower hacía decenas de bocetos en los que ramas y hombres se confundían en uno solo. Trabajó incansablemente hasta dejar decantado el que creo es el quid de la exposición: permaneció hombre el hombre y árbol el árbol. Comparten, sin embargo, el primero el crecimiento vegetal en su interior y el segundo la verticalidad humana.
En "Hombre mirando al cielo" (fuera de exposición), así como en su variante del personaje en la misma postura pero fundido su cuerpo con las ramas, encontramos la que podría ser la clave compositiva del "Hombre escupiendo raíces". Si sus cabezas, mirando ambas en sentidos opuestos una a la otra, mirasen hacia arriba, veríamos que tienen la misma postura del "Hombre mirando al cielo" excepto porque para el díptico fueron situados de manera distinta.
Una delicada serie de acuarelas que rescatan ramas pequeñas y troncos delgados son, si acaso, una de las zonas de mayor intimidad en esta selección de obra. Junto a los cuerpos, las parejas, los árboles enormes y robustos, estas piezas de pequeño formato rescatan una mirada llena de memorias y evocaciones.
Algunas de esas ramas son de árboles que Dower conoció en la infancia o que tenían algún tipo de relación con el abuelo al que ella evoca de manera constante en sus conversaciones. Es la Europa lejana, la que se evoca y a intervalos se vive, es decir, la Europa que se lleva dentro en el equipaje personal y a la que se apela para no romper del todo con la alianza que es raíz, historia y pasado.
Tengo la sensación de que, como los hombres y personajes de esta muestra, también las ramas y los árboles están desnudos. Su raíz está a la vista, despojada de la indumentaria a que estamos acostumbrados. Ahora entiendo: he observado largamente el tríptico "Raíces". Se trata de un árbol enorme, gigante, que despliega con determinación sus raíces hacia los lados. Su tronco al centro se yergue de tal suerte heroico que no es necesario verle concluido; se sabe de su tamaño y de su fuerza. Mas este árbol está sobre una extraña tierra-mar, violenta y seductora (violenta por seductora…), que le alimenta ruidosamente por la noche. Ya en la oscuridad, es decir, a su sombra, el árbol sangra.



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