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Art
# od098, "Guerra contra las imagenes"
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Luis Humberto González, Que el mundo lo sepa, Editorial José Marti, La Habana, 1990. Por: Olivier Debroise |
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courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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En 1856, en Crimea -esa región estratégica al sur del imperio ruso, colindante con Turquía, que los occidentales de entonces, Inglaterra y Francia, deseaban anexarse- trabajaron varios fotógrafos; el más célebre, Roberto Fenton, es considerado hasta la fecha como el primer fotorreportero. Menos conocidos, los franceses Langlois y Méhédin libraron una dura batalla contra el tiempo, para sacar algún provecho visual de las rápidas destrucciones de fuertes y ciudades. A partir de la guerra de Crimea, el fotógrafo ha sido testigo y participante de primera línea de todas las guerras, invasiones, intervenciones y revoluciones. Muchos perdieron la vida, como soldados de la información gráfica, por su coraje y temeridad. Y con ello la profesión de reportero de guerra ha sido mitificada: tema de novelas, de películas, de tiras cómicas y de muy serios estudios biográficos o analíticos. La fotografía, a la vez, empezó a desempeñar un papel de primera importancia, no sólo como medio de imformación ¿su vocación original¿ sino como instrumento de propaganda: y los "horrores de la guerra" llenaron, a partir de la segunda guerra mundial, páginas más páginas de diarios y revistas. Entre 1963 y 1975, las fotografías que los reporteros mandaban del frente vietamita determinaron por primera vez quizás el rumbo de una guerra: este conocido "efecto de My Lai" modificó radicalmente una opinión pública o, por lo menos, reafirmó sus convicciones. No está, en efecto, determinado hasta que punto las fotografías de las atrocidades cometidas por los marines despertaron una conciencia pacifista en Estados Unidos, o simplemente sirvieron de sosten a una ideología que se transformaba de por sí al contacto con los movimientos contraculturales de los sesenta. Un hecho seguro: la polémica que se desencadenó a partir de la publicación de las fotos de la masacre de civiles le causó graves problemas al Departamento de Estado, y lo obligó, si no a terminar la guerra, a limitar temporalemnte sus daños. En 1975, con el retiro de tropas estadounidenses de Vietman, la profesión de reportero de guerra terminó. En las sucesivas "guerras": Afganistan (1979), Malvinas (1981), Granada (1985), Pañama (1989), no se permitió la presencia de los fotógrafos, sino hasta concluidos los combates. Relegados deliberadamente en la periferia de la guerra, los fotorreporteros sólo pudieron ver "el paisaje después de la batalla": ruinas y más ruinas, escenarios abandonados, víctimas desamparadas... Esta es la sensación que proporciona el librito de Luis Humberto González, Que el mundo lo sepa, que intenta -en vano- describir el blitzkrieg panameño de diciembre pasado. En vano, porque después de un atropellado viaje de cuatro días desde San José de Costa Rica hasta la ciudad de Panamá (y es, por lo demás, este viaje que relata González en su prólogo, dejando de lado lo que vio en la ciudad). González llegó apenas a tiempo para fotografiar las ruinas todavía humeantes del Cuartel de las Fuerzas de Defensa, en El Chorrillo, barrio viejo pegado a la antigua línea divisoria de la Avenida Colón; para sorprender a los últimos saqueadores de la Vía España que tardaron tres días en vaciar las tiendas de importaciones; para asistir a la desangelada ratificación del Gordo Endara por un Congreso semivacío; para observar cómo volvía la vida, empezaban a circular de nuevo los coches, reabrían los supermercados, en una capital brevemente rota y patrullada por marines tan negros como el más negro panameño. Pero González no pudo acercarse al lujoso barrio de Paitillia cercado desde que el general Manuel Antonio Noriega se asiló en la Nunciatura, ni asistió a la marcha masiva de repudio que convocaron los rabiblancos (así llaman en Panamá a los catrines) y fue mayoritariamente apoyada por una población vestida de nuevo gracias a los productos de los saqueos, ni pudo (o quiso) mostrar el "fraternal" abrazo entre las mujeres de Panamá y sus "liberadores". De esta "guerra" de Panamá, sólo quedan imágenes de una banal tristeza: muros perforados, alambradas en la Vía España y alrededor del Hospital Balboa, y vagas, despersonalizadas, figuras vagando de un lado a otro sin nada, nada que hacer. |
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