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Art # od096, "Festival de Los Angeles 1990"

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

En el sistema escolar de Los Angeles, California, se enseñan 83 lenguas diferentes, además de las dos mayoritarias, el inglés y el español. Casi todos provienen de las riberas de la cuenca del Pacífico, desde Chile hasta Thailandia.

Descentrada y sin estructura aparente, Los Angeles se extiende a lo largo de 110 km de costa; la ciudad baja (pocos edificios rebasan los 4 pisos), la arquitectura monótona, las perspectivas seccionada por los viaductos de 10 carriles, invisibilizan los distintos "barrios" entre los que emergen las moles suntuosas y de las grandes corporaciones postindustriales. Ciudad fluida o ciudad de los flujos, Los Angeles está conformada por ghettos apenas reconocibles, alineados y sin frontera visible; se distinguen por sus letreros: la lengua, la escritura, la factura y el colorido de los innumerables graffiti que decoran los muros ciegos, son los únicos signos que denotan el paso de una comunidad a otra. Little Tokyo. Chinatown. Little Centroamérica, Watts... La población de habla inglés se apropió de las primeras laderas de las lomas y de las playas, el cinturón de opulencia que mira al Pacífico y se conoce como sufuburbia. Todos los demás se agazapan en el fondo del valle.

La ciudad postindustrial no tiene, como la tradicional, algùn centro de convivencia, la plaza, el parque, la alameda o el ágora. El mall -pálida y aséptica reproducción de estos pasajes parisienses que caracterizaban la ciudad moderna según Walter Benjamin- construido a manera de panóptico (la mercadotecnia exige que todas las tiendas sean visibles desde cualquier punto) intimida y anula las relaciones sociales. Cada barrio, sin embargo, convive alrededor de su centro religioso, de sus edificios administrativos, en el mejor de los casos, de un parque acondicionado.

Acondicionado es quizás la palabra clave en Los Angeles.

Quien quiera sorprender entonces el perfil socio-étnico de Los Angeles deberá subirse al freeway y observar a través de la ventanilla quien viaja a su lado en la comodidad de su burbuja acondicionada, autónoma. El tiempo de un breve carrera -20 minutos- de un polo a otro, aparecerán rostros marcados, negros y chinos, hindús y filipinos, mexicanos... Escoger una estación de radio en el cuadrante significa atravesar una difusa Torre de Babel.

El director de ópera Peter Sellars, actual organizador del Festival de Los Angeles decidió entonces crear el espacio de convivencia que hacía falta. De modo un tanto artificial. "1990. Estamos viviendo el inicio del Siglo del Pacífico -declara Sellars en el programa general-. Los Angeles ha de ser la capital económica y cultural de los Estados Unidos para la próxima generación [...] Durante los próximos diez años, el Festival de Los Angeles se dedicará a redefinir Los Angeles, precisando nuestras ideas del mundo para ajustarlas a las realidades actuales -el objetivo de la paz, por ejemplo. La igualdad cultural es la base de la igualdad económica y social [...] Mientras nos internamos en la edad de la información, necesitamos informaciones más profundas [...] El Festival de Los Angeles 1990 tiene como tema el Pacífico [...] Artistas de 21 países diferentes y de Estados Unidos serán presentados junto con 900 artistas del Sur de California..."

Ambicioso proyecto que encaja perfectamente en la reconsideración actual que -por lo menos en lo que atañe a la cultura- modifica substancialmente la producción artística y las políticas de las instituciones culturales de Estados Unidos; se basa en la repentina -y política- toma de conciencia de vivir en una sociedad pluriétnica, no sólo conformada (como el melting-pot decinomónico) por europeos que compartían grosso modo una misma historia, si no enfocado a reconocer una diversidad mucho mayor, planetaria (diversidad que Los Angeles adopta como característica y se autoerige en supermetáfora).

Como era de esperarse, México, Centroamérica y las comunidades de origen mexicano del Sur de California estuvieron ampliamente representadas en el Festival, en la medida en que conforman el grupo mayoritario y con más tradiciones en la zona. También porque la postdemagogia cultural atiende en primera instancia a los sectores conflictivos.

En este sentido, dos operaciones de rescate marcaron el Festival. La restauración del mural de David Alfaro Siqueiros, América Tropical, realizado en 1932 por encargo del Plaza Art Center en la calle Olvera, una de las más antiguas del centro, censurado y tapado en 1934 por ser considerado propaganda comunista. El mural representa a un Cristo crucificado por soldados estadounidenses y ha sido reconocido desde hace muchos años, como parangón por la comunidad chicana. Asimismo, la dirección del Festival decidió reinstalar el mural de Barbara Carrasco, L.A. History-A Mexican perspective, que esboza visualmente la historia étnica de Los Angeles, enredada en la larga cabellera de una mexicana. Realizado en 1981 y censurado desde entonces por una referencia a los campos de concentración para japoneses instalados en California durante la segunda guerra mundial y ¡se consideró una ofensa a la comunidad japonesa! El mural de Carrasco será instalado de forma permamente en la estación de ferrocarriles del centro de Los Angeles, un hermoso edificio de estilo Art-Deco.

Uno de los acontecimientos relevantes del Festival fue la exposición Chicano Art: Resistance and Afirmation (CARA), planeada desde hace siete años por Thomas Ybarra-Frausto y Shifra Goldman como retrospectiva global de las luchas del movimiento chicano en el campo de la cultura. Después de vencer un sinúmero de obstáculos, los organizadores lograron interesar en el proyecto a la Wight Gallery de la Universidad de California, generalmente dedicada al arte europeo.

Algo falló, sin embargo, que se volvió evidente la mañana de la inauguración, el domingo 9 de septiembre. El montaje no estaba concluido y las puertas de la galería abrieron con tres horas de retraso para mostrar una exposición incompleta (faltaban, particularmente, los módulos dedicados a los grupos militantes ASCO y Los Four). La selección de obras, que pretendía trazar una panorama del movimiento chicano desde los años sesenta, tampoco estuvo a la altura de la evolución de muchos de los artistas representados. Los organizadores utilizaron sólo la mitad de la galería, atiborrandolo en exceso. Resultado: una impresión general de estrechez que puede leerse como manera implícita de restarle importancia al movimiento, regresándolo al barrio. La exposición resulta mucho menos espectacular que Detrás de la Frontera, por ejemplo, la retrospectiva organizada en el desaparecido Centro de Estudios del Tercer Mundo por Ida Rodríguez Prampolini, y se presentó también en el Museo del Chopo, o que la muestra Hispanic Arts del Museo de Houston, a la que CARA pretendía responder políticamente.

La comunidad de origen mexicano de Los Angeles y el Suroeste de Estados Unidos recibió la muestra con amargura y desconcierto. Esto no escapó al crítico del Los Angeles Times, William Wilson quien escribió, sin mala leche, que "CARA no muestra a los artistas chicanos bajo su mejor ángulo. La exposición comprueba que combinar el arte con la sociología es todavía una operación arriesgada que requiere mucha habilidad. Más grave aún, CARA prueba que la calidad en arte no debe desaparecer. Algunos comentaristas insisten que la calidad es un código cultural del hombre blanco. Sinsentido. Esto no es lo que la palabra significa. La calidad tiene que ver con los deseos de cada quien por mejorar, para expresarse con más elocuencia, fuerza y sutilez. Los mejores artistas representado en CARA desean esto. Igual que yo. Igual que usted." (12 de septiembre 1990).

Efectivamente, y no es la menor paradoja, la breve muestra organizada independientmente por Gabriela Flores y Francesco Siqueiros en la Municipal Art Gallery del Barnsdall Park (incluida a última hora en el programa del Festival) explicita la evolución reciente de algunos de los artistas de origen mexicano. Notable en el caso de John Valadés, en su tránsito desde un hiperrealismo con intensiones sociales a una reflexión sobre la pintura como expresión lírica.

Aquí y allá proponía iniciar un diálogo visual entre artistas de la ciudad de México y artistas "chicanos" y fue generada a la vez en la ciudad de México y en Los Angeles. Se podía pensar que la muestra iba a revelar más diferencias entre uno y otro grupo; visualmente no fue así. Los artistas de Los Angeles se aferran más que los jóvenes mexicanos a ciertos íconos facilmente reconocibles como manifestación de identidad (la Virgen de Guadalupe, el corazón flechado, la bandera mexicana y el mapa de México anterior a los tratados de Guadalupe de 1847, así como a ciertas creaciones genuinas, el zoot suit y el low rider) que los relacionan de alguna manera con nuestro "neo¿mexicanismo". Muchos, sin embargo, muestran señas de querer abandonar estas referencias un tanto obvias: recurren a la iconografía de manera paródica y (¿auto?)crítica o la ignoran, simplemente. Las diferencias son más de puntos de vista y objetivos; se deben sobre todo al ostracismo de las instituciones culturales de Estados Unidos que obliga los chicanos a aferrarse a su trinchera de lucha, lo cual no es el caso, desde hace un buen rato, para los jóvenes artistas mexicanos. Esta perspectiva tensó sin embargo el diálogo público entre los artistas de ambas ciudades organizado el 2 de septiembre pasado en la galería.

Tanto CARA como Aquí y Allá viajarán a México en el transcurso del próximo año.

Películas de Jaime Humberto Hermosillo y Arturo Ripstein; una exposición oficialista de mixiografías mexicanas (Tamayo, Zuñiga, Romulo, Sierra, entre otros); otra, organizada por Self-Help Graphics, taller de gráfica del Este de Los Angeles dirigido por artistas chicanos, aunque abierto a otras modalidades culturales (indios norteamericanos, japoneses de Los Angeles); una muestra de mujeres chicanas titulada Image and Identity; el estreno de una "no-ópera" de Harry Gamboa dirigida y actuada por Daniel Martínez y una actuación (performance) de Guillermo Gómez Peña en su papel del Charro-llero, especie Tin-Tan transcultural con penacho de Cuauhtemoc y tenis, reflexionando sobre la Conquista del Mundo del Arte (o algo así), complementaron la parte "chicano-mexicana" del Festival de Los Angeles.

 
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