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Art # od094, "Enséñame lo que pintas y te diré cuanta sangre (latina) corre por tus venas"

La Cultura en México, 29 de octubre de 1980

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

para Alba y Vicente

Para reivindicar, aunque sea forzadamente, su identidad, el artista latino de Estados Unidos se nutre de símbolos religiosos y/o políticos, recurre a un nacionalismo exacerbado que colinda con el chovinismo y se inspira en el folclore más choteado. Desde nuestra perspectiva mexicana, la contracultura chicana o boricua, al exaltar los valores más convencionales del arte latinoamericano, no hace más que repetir, exagerándolos, arquetipos, formas plásticas y tendencias a veces pasadas de moda en nuestros países (p. ej. La influencia directa muralismo mexicano en la pintura "étnica" del, sur de los Estados Unidos). Sin embargo, insertadas en un contexto norteamericano que pretende "tecnologizar" el arte, las propuestas visuales latinas logran subvertir una rutina; a un arte para las masas se opone un arte de las masas que alcanza. sus más interesantes obras cuando sustituye la contracultura (simple inversión de los valores) por la "anticultura" (subversión total). Ante la masificación, el artista latino prefiere la fragmentación y, si utiliza los mismos medios que su colega sajón, es para combatido con las mismas armas.

La toma de conciencia de la diferencia "base del movimiento "anticultural" de las minorías latinas de Estados Unidos y de los fenómenos similares en la frontera norte de México" obliga a extremar actitudes que, en el resto de Latinoamérica, aparecen como cotidianas y normales. Así se va creando otra diferencia, más honda tal vez, de lo que se quiere ver y que se manifiesta en un eclecticismo de tendencias, según el "grado" de latinización. Tan es así que los organizadores de la muestra Raíces antiguas, visiones nuevas [1] sintieron la necesidad de separar la exposición en varias secciones, cada una dedicada a una forma de expresión particular "Raíces y rituales precolombinos [sic], "Tradiciones de santo retablo y el arte folclórico", "Arte del barrio y arte político", "Visiones interiores (?)", "vanguardismo y corrientes internacionales" (eso, como en el caso de la "cocina internacional" debe significar "gringo"). La exposición pretende mostrar las muy diversas manifestaciones plásticas del arte chicano y latinoamericano en Estados Unidos; aunque sucinta y desigual, logra en parte su propósito. En poco menos de cien obras, presenta más diferencias que similitudes.

Las dos primeras secciones agrupan piezas muy diversas (técnicas mixtas, montajes, talla en madera, etc.) del género que se conocía como arte naïf, ahora rebautizado con el fin de incluir artículos que parecen Mexican curios comprados en el mercado de la Ciudadela. Es notoria la abundancia de plumas pintadas, homenaje a tropicales pericos y quetzales, muy mexicanas. Las referencias obvias a ritos huicholes y yaquis, al misticismo del Don Juan de Castañeda, a la lírica de las tribus indígenas de Texas y Arizona y al arsenal mitológico prehispánico, si sirven para reafirmar orígenes, en México sólo aparecen como burdas imitaciones. La sexualización de la juguetería de madera (Benjamín Serrano Jr.) no nos hace olvidar las cerámicas iconoclastas "naturalmente" sexualizadas de Ocumicho, Michoacán. Sin embargo, en la misma sección, las grandes aves de madera de Pedro Luján; sorprendidas en pleno vuelo, aunque no del todo originales, presentan una estilización y líneas depuradas acertadas.

Sueño dorado de todos los cholos que decoran sus coches de la manera más extravagante posible, el Auto de carrera de Larry Fuente "totalmente recubierto con pedrería de fantasía multicolor y espejitos cortados, adornado con alas angelicales y guitarras en vez de cola" es, no obstante su aspecto folclórico, la obra con mayor sentido irónico de esta primera parte, y también la única que remite a cierta realidad concreta.

El arte masivo "arte para las masas" es esencialmente conservador: sólo aplica recetas seguras, vagamente inspiradas en el arte "culto" del pasado. La intención masificadora se enfrenta, sin embargo, a individuos que, por una u otra razón, difieren del arquetipo supuesto y asumen su marginación. La inconformidad lleva a buscar otra forma de expresión que rompe con los esquemas impuestos. Originalmente antiexclusivista, el arte chicano inaugura un realismo particularmente crudo y violento: expresión de un grupo social pisoteado y en constante lucha por su sobrevivencia. El artista chicano no vacila en utilizar el colorido corriente de las quadricromías baratas, de los escaparates y de los anuncios de barrio, acepta el "mal gusto" como una forma de ser diferente y recurre con un cinismo burlón al peor sentimentalismo de las novelas rosas y al amarillismo periodístico.

César Augusto Martínez reproduce el rótulo mural anunciando una peluquería. El colorido primario, el grafismo torpe aunque de intención realista de La Parot son tratados cáusticamente. Más ramplona, pero también más, sarcástica, la Juanderful piece de Rudy Martínez "bajorrelieve en cerámica pintada" con sus orlas cursis de rosas cremosas al estilo de los pasteles de Sanborns y sus detalles "mexicanos", presenta el rostro de un típico pachuco; Rudy Martínez se complace en mostrar los "defectos" de su personajes, sus cicatrices y arrugas, el entrecejo depilado. Las serigrafías de Amado Maurilio Peña tienen más sentido social, pero comparten las mimas características en cuanto a colorido y tipos representados. Luis A. Jiménez expone una litografía, El sueño americano, inspirado en los cómics de los años setenta pero que, además, remite extrañamente a las prostitutas elegantes del mural de Orozco Catarsis.

El montaje Pelea de gallos de Geno Rodríguez, es tal vez uno de los ejercicios conceptuales más logrados. Alineadas sobre la pared a manera de secuencia cinematográficas, fotos tomadas en palenques, pintadas a mano y enmarcadas con plumas de pollo, explotan finalmente en una masa informe de plumas y sangre que se desliza sobre un mapa roto de Palestina. Geno Rodríguez logra aquí provocar repugnancia y acierta en su manejo de la violencia más visceral.

Las propuestas visuales chicanas "aquí llamadas "arte del barrio" se oponen a las sofisticadas interpretaciones latinas de las tendencias en boga (hiperrealismo, arte conceptual, video arte, performance, etc.) de la última parte. Sin embargo, el cuadro Toma una de Patsi Valdez, a medio camino entre el hiperrealismo y el verismo chicano, es una obra notable.

El arte chicano es posiblemente un arte "barato" (en el buen sentido de la palabra), demuestra hasta qué punto individuos que aceptan su marginación son capaces de crear obras sorprendentes que destruyen la tibia producción conformista.


[1]   Organizada por El Fondo del Sol, de Washington, D.C., esta exposición fue presentada en el Palacio de Minería de la UNAM, bajo los auspicios de Fonapas.

 
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