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Art # od087, "Adriana Malvido: Nahui Olin"

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Leía la biografía de Carmen Mondragón "Nahui Olin", de Adriana Malvido, y me empezaron a asaltar preocupaciones. La repentina revalorización de esta fi­gura de la historia cultural del México de la posrevolución que hasta entonces sólo había merecido breves menciones, acaso notas de pie de página, en las biografías cruzadas de los pintores Manuel Rodríguez Lozano y el Dr. Atl, se inscribe en una problemática más amplia: se agrega el nombre de Carmen Mondragón "Nahui Olin" a la ya larga lista de mujeres derrotadas, elevadas, en las últimas décadas, al rango de emblema bienaventurado. Pero no encontré, entre las páginas del libro de Adriana Malvido, algo que justificará este repen­tino interés y, por ello empecé a preocuparme.

Estrictamente anecdótica, la pintura de Carmen Mondragón "Nahui Olin", se emparienta formalmente con los espontaneismos de las escuelas al aire li­bre; se diferencia de ello, sin embargo, y parece justificar a la postre aquel otro mito totalizador del México posrevolucionario, según el cual "los niños indíge­nas poseen un talento innato y expresan el alma del pueblo de México." La güerita "Nahui Olin", obviamente, con sus antecedentes criollos o acaso fran­ceses, no llega ni al tobillo de la mayoría de los "niños pintores" discípulos de Alfredo Ramos Martínez, Fernando Leal o Gabriel Fernández Ledesma. Carmen Mondragón "Nahui Olin" parece haber recogido el concepto de un arte en estado bruto, y pintó algunas obras circunstanciales que, esforzándonos, quizás se puedan considerar como curiosidades. Tienden más a la caricatura, y denotan sobre todo la influencia del ilustrador Matías Santoyo. Tienen, qui­zás, el único mérito de no parecerse en nada al conjunto de la producción pic­tórica mexicana del periodo.

Comparto, por otra parte, las reservas ante la poesía que Adriana Malvido expresó el pasado lunes en una entrevista con Braulio Peralta que se publicó en La Jornada. Como la pintura, estos textos muchas veces escritos y publica­dos en francés, pretende ser "infantil". Habría que desenmascarar, tal vez, la ficción de los "poemas de infancia" que Carmen Mondragón "Nahui Olin" pu­blicó con la complicidad del Dr. Atl en los años veinte. Corresponden, de he­cho, a una necesidad de presentarse como mujer-niña, como adolescente per­petua; esta negación de la posible madurez -atributo de la femineidad im­puesto probablemente por sus mentores, Rodríguez Lozano y Atl- percute con­tra la misma realidad, y conducirá a Carmen Mondragón "Nahui Olin" al estado que algunos describen como su locura. Al encierro y/o a la representación de su propio fracaso.

El caso de Carmen Mondragón "Nahui Olin" no es único en el México de la primera mitad del siglo. Así, fue impulsada al suicidio la divorciada Antonieta Rivas Mercado, dejando inconclusa una obra literaria con la que pretendió justificar su ruptura con las normas sociales. Fue así expulsada de México la Sra. Tina Modotti viuda de L’Abry Richey, dejando inconclusa su obra fotográ­fica. Así fueron convertidas las Sras. María Izquierdo, Lola Alvarez Bravo, Guadalupe Amor -todas ellas también divorciadas- en "diablesas" (para no usar el adjetivo más contundente que, más de una vez, debió resonar a sus oí­dos). En todos estos casos, la creación artística o literaria se volvió paliativo: la única manera de sustituir, ante una sociedad particularmente cruel -no obs­tante sus aires de tolerancia- al señor esposo que debería servirles de chape­rón y de parapeto a la humillación. En otras latitudes -lo sabemos, aunque cuesta reconocerlos porque interpela nuestro orgullo nacional- serían simple­mente mujeres artistas; o quizás ni siquiera serían artistas, sino mujeres que tuvieron una vida más plena -sexualmente, quiero decir- y deberían ser orgu­llosas de ello. Aquí, son heroínas patéticas y, sobre esta base, se ha empren­dido su revalorización polémica.

Me preocupa, pues, esta inevitable dimensión sentimental, que Fabienne Bradu logró en parte evitar en el tratamiento en extremo conciso, el tono casi desangelado, de su biografía de la Sra. Antonieta Rivas Mercado, pero deter­mina la cada vez más abundante literatura sobre estas mujeres, incluyendo el libro de Adriana Malvido, aun cuando ella intenta, reiteradas veces, guardar su distancia, y se ampara, como buena periodista, en los comentarios de sus en­trevistados.

Los mecanismos que llevaron a estas mujeres a la creación artística como único medio de sobrevivir ante la humillación y el oprobio, que repercuten ac­tualmente en estas reivindicaciones, interpelan a finales de cuentas los resor­tes más íntimos y sórdidos de nuestra colectividad. Si bien creo que estas mu­jeres merecen ser reivindicadas, no creo que se pueda, ni que se deba, em­prender su revalidación desde la simple nostalgia. Convertirlas en santas víc­timas, apelar al pathos no me parece tampoco, la mejor manera de apreciarlas ni de acercarse a sus obras. Reconozco la dificultad de la tarea: el morbo, al fin y al cabo, es un sentimiento común, banal y muy extendido; pero me preocupa saber si este morbo nuestro no es, en sus fundamentos, muy similar a la ab­yección moral que impulsó a estas mujeres a la locura, a la muerte y, como co­rolario -como única defensa posible- a la creación artística. El fenómeno, cabe mencionarlo, sólo atañe a las mujeres. Hasta los homosexuales notorios en el mismo periodo -pienso en Manuel Rodríguez Lozano, en Salvador Novo, en Xavier Villaurrutia, en Alfonso Michel-, víctimas, ellos también, de campañas degradantes, señalados más de una vez, en las calles, en sus trabajos, en la prensa, tenían más armas con la que defenderse. O quizás, tuvieron un sólo arma: su misma masculinidad. La invencible atalaya de su sexo erguido, de su jactancia. Pasaron a la historia por la excelencia de su obra, que neutraliza la probable sordidez de su sexualidad, desemboca en numerosas ocasiones en la hipócrita negación de sus preferencias -que muchos, aún ahora, prefieren reproducir.

Pero la femineidad no tiene su lugar en la historia, por lo menos, en México.El espacio de su última consagración ha sido y sigue siendo el mito y la ritualización de su sexualidad a través de las imá­genes. Esto es lo que me preocupa, y me entristece, aquí y ahora.

 
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