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Art # od086, "Visita impostergable"

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Los sábados y los domingos, los largas colas dan la vuelta al rehabilitado y re-rebautizado Colegio de San Ildefonso pasan frente a la librería Porrúa y siguen por toda lacalle de Justo Sierra: como en Nueva York y Los Angeles, la exposición México, esplendores de 30 siglos está en vía de batir récords de afluencia en la ciudad de México, superando los pocos éxitos museísticos de finales de los 70 y principios de los 80, como la colección Armand Hammer, el arte del Siglo de Oro español y los Picassos de Picasso. Las primeras semanas después de la inauguración, en noviembre pasado, el público de la capital parecía tímido. Esto se debió quizás a la velocidad con la que se llevó a cabo la remodelación de la antigua Preparatoria , que obligó a abrir antes de la conclusión de ciertas instalaciones. La campaña publicitaria no había sido muy evidente, pero el prestigio de la exposición organizada por los curadores del Metropolitan Museum en su gira por tres ciudades de Estados Unidos, más el pequeño escándalo del Frida falso que acompañó la versión regiomontana suplieron esta carencia. Capitalinos y turistas de paso por la ciudad atestan ahora, a todas horas, los patios y las salas. Los organizadores de esta versión mexicana de Esplendores... calculan un promedio de 5 mil a 6 mil entradas diarias, con picos de 7 mil los miércoles (día en que la exposición permanece abierta hasta las 9 de la noche). El domingo 10 de enero, 17 mil personas invadieron el recinto, obligando ahora a los custodios a establecer mecanismos de filtro los fines de semana, que reducen drásticamente el acceso.

Estas cifras son, sin duda, simbólicas, no tanto, creo, del interés de los mexicanos por su propio pasado, sino del éxito obtenido por esta relativamente nueva manera de construir exposiciones como grandiosos espectáculos, inaugurada por el Metropolitan en Nueva York y el Grand Palais en París.

Dos de las tres secciones de Esplendores..., en efecto, museografiadas por Alfonso Soto Soria y apoyándose, en este caso, en el entorno barroco del antiguo Colegio del siglo XVIII, son reveladoras de esta manera de presentar cada uno de los objetos como si fuera una absoluta obra maestra. La iluminación "espoteada" resalta las puras formas, que parecen emerger de una sugestiva (y simbólica) penumbra. Las mínimas cédulas explicativas, obviamente, permanecen en la oscuridad... Como lo demuestra la pobrísima sección de arte moderno montada por Miriam Molina, banal y desordenado alineamiento de cuadros sobre muros blancos, el contexto de las obras no tiene la menor importancia.

Como en el Marco de Monterrey, y a diferencia de lo que sucedió en Nueva York, el montaje establece (particularmente en la sección de arte virreinal) algunas interesantes relaciones visuales, valiéndose a veces de una estricta cronología. Estos contrapuntos subrayan, más que nunca, el dogma de la continuidad del numen artístico mexicano, por encima de las rupturas históricas, idea central (y única) de este proyecto de exposición, que se anuncia desde el patio, con la espectacular yuxtaposición de una cabeza de serpiente del antiguo coatepantli del Templo Mayor, la cruz atrial de la Basílica de Guadalupe y La trinchera de José Clemente Orozco, parte integrante del edificio.

La exposición, ya lo sabemos, no aporta nuevas interpretaciones ni explica gran cosa. Los efectos de iluminación teatrales, los vistosos colores de pisos y muros a la manera de Luis Barragán revisados por la estética del vídeo clip, son indudablemente seductores. Imitando las políticas "culturales" del Metropolitan, los organizadores de la versión capitalina de Esplendores... pusieron inusual atención en el sofisticado aparato mediático, desde el boletaje electrónico, la señalización luminosa, la venta de encendedores, camisetas y otras parafernalias publicitarias, la construcción al vapor de una cafetería y de una tienda en demoliciones de la calle de Justo Sierra, hasta establecer servicios de microbuses, guías experimentados, salas de espera o de banquetas floreadas, a disposición de visitantes distinguidos o de selectos grupos que quieren ir a cenar espléndidamente en el viejo colegio lleno de fantasmas y de memorias, que revive de pronto a la hora de los malls, retrabajado, rediseñado, como esculpido por nuestra posmoderna cultura del espectáculo.

A la salida, la reina de un grupo de estudiantes exclama mientras enciende su cigarro con su cricket de Esplendores... ¿Ahora sí, no podemos ir a McDonald's?"

 
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