|
Art
# od081, "Texto nómada"
|
|
La Cultura en México, 13 de mayo y 10 de junio de 1981 Por: Olivier Debroise |
|
by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
|
|
Subías, yo bajaba. Nos cruzamos y nuestras miradas también. Vestías un pantalón de mezclilla, un suéter, un gabán, una bufanda: el invierno te protegía y nadie te podía reconocer con tus neoraybans y tu walkman. Bill Haley murió anoche. Un ritmo inaudible sacudía ese montón de telas: tú. One-two-three, te fuiste con el tren, Rock around Paris. Desaparecí, enigmático, por los pasillos ahogados -olor a cochambre y a polvo- ¿Quiénes son? Un encuesta nacional. anuncia que un francés de dos está enamorado. Sin embargo la cursilería no gusta (47%), sólo creen en los sentimientos (52%). Matiz definitivo. A Teresa la denunció su vecina por haberse casi enamorado de un casi huérfano de casi dieciséis años. Ahora Teresa tiene que ir dos veces por semana con el psicólogo (gratis) del Seguro: trajín administrativo, defensa de la escandalizada vecina, defensa del escandalizado patrón que la corrió para defender el ambiente de trabajo: Teresa está condenada al desempleo. Sin contar con la defensa del menor, con la defensa de sí misma: dos valiums por la noche (receta gratis del psi oficial), ruptura de la rutina. Teresa camina rumbo a la delegación sin mirar los patinadores en las banquetas, sin oír a sus vecinos en el metro. Lo único que ve es un graffiti en la pared: SKIZO. "Tú, que sabes de matemáticas, explícale a tu madre qué es un mundo finito" dice Jacques Dutronc-Paul Godard en Sálvese quien pueda (la vida) la última película de Jean-Luc Godard. La imagen se congela. S. es punk en el barrio de la rue Mouffetard. Para andar en el metro, S. se tiene que disfrazar, si no seguro lo madrean los skinheads. Entonces se pone una chamarra clean, una corbata vistosa, addidas blancos y su casco de motociclista. Muchas veces, S. prefiere quedarse en un snack cerca de Luxemburgo donde lo conocen, donde puede escuchar la rocola y ponerse hasta el cepillo con puros cafés expresos. Ahí, nadie lo molesta y puede soñar con el carnaval de Tepoztlán. Afuera los rockers aguardan. A través de mis lentes oscuros la vida parece irreal; la música en los audífonos ahoga las conversaciones, el ruider io del metro. Borrado de la superficie, me adentro en mí mismo: sobre las losas blancas alguien escribió con pintura roja: SKIZO. "Ay, señora, es una cosa ,espantosa; el otro día era yo la única blanca en todo el andén. Ya se imaginará como me sentía". La amiga no contesta. Alrededor de mi se mueve una paranoia. Skizo. Cada vez que intento escribir desde o acerca de Francia (de París), vuelvo a adoptar ese mismo tono medio desencantado; esas cursis palabras agridulces (desilusión, melancolía) vuelven a surgir. No es difícil hablar con la gente en París; cierta distancia mía favorece las confidencias en los cafés. Yo, ni siquiera hablo de México: no puede interesarle a nadie más que a los pocos que han estado. Sin embargo, mucha gente padece del asco-Rimbaud, del "Mal de Gauguin"; en un mundo fragmentado por las ilusiones exóticas que fomentan las literaturas sociales (anuncios de agencias de viaje, novelas rosas o de espionaje tercermundista, decoraciones tropicales en los escaparates, reportajes televisivos del Centro de Producción de Cortometrajes, etc.), México tiene un lugar privilegiado. Vaivén de ensueños semimíticos, los hay de allá y los hay de aquí (Africa sigue siendo el Continente Secreto): yo soy, en París, el que vive vacaciones perpetuas, una ausencia fuera de la realidad. Escribo con el mismo ritmo con el que atravieso la ciudad congelada. Es así solamente, como puedo "sentir" ese tipo de crónica más o menos inmediata, asociación de comentarios sin relación y de pensamientos fútiles. No tengo ningunas ganas de "pensar" la pintura que aquí veo: demasiado fuera de la vida. La literatura inmediata que se me antoja se impone descriptiva, fuera de sí y de mi, nómada. ¿Con que palabras voy a describir una miseria, una desolación? En las páginas de los periódicos noto los efectos de cierta nueva "conciencia" que no tiene mucho que ver con la "toma de conciencia", más bien un nuevo tipo de conductas sociales, producto de una sociedad que se distribuye o reparte en múltiples elementos semejantes y disímbolos -no es ninguna paradoja, más bien constatación de las ambigüedades en los discursos que pretenden manejar más fácilmente a las "masas". La vida en un día de Dorothée (tomado de Libération del 5 de febrero de 1981 ) Acostumbro despertarme a las once. Primera mirada al gato que afila sus uñas sobre mis sandalias Weston. Huevoneo. Son diez para las doce. Me levanto. Paso inconsciente a la cocina. Ruinas desagradables del desayuno amargo de mi novio predilecto que se fue temprano (8-8. 30 a.m.). Hay colillas en el jugo de naranja: me pone histérica. Voy al cto. de bño, eq. con reg. Foco fundido, meo a tientas y trato de no mojar la ropa acumulada abajo del excusado. Clic clac: radio portátil. juegos radiales en todos los pisos. Los radioescuchas tienen talento. Nunca pongo RADIO-FIP cuando despierto; no hay locutores, parece una estación de golpe militar. En el tocador, un apocalipsis de algodones usados. Un poco de Courèges en un frasco de muestra. Acostumbro lavarme con guante bajo las axilas y en el cuello (lo que se ve) y el "frifri" (lo que huele). Pero hoy es día de regaderazo. Limpieza de fondo. Tomo mis precauciones: no debo quedarme demasiado porque si no me derrito y, líquida, me puede tragar el hoyo negro del caño. Me seco con grandes fricciones histéricas sin olvidar los dedos de los pies por aquello de los hongos. Close-up express con la mejilla pegada al espejo: granos en el labio superior, granos dispersos sobre el pómulo. Pico como loca. Cutis dilatado y tumefacto: un verdadero placer. Para esconder eso vacilo entre los cosméticos y las medicinas. Se queda tan poco colorado, pero con la luz del día no es problema. Regreso a la cocina. Primer cigarro del día para abstraerme en el gesto que principia con el cerillo en la punta incandescente de tabaco virgen. Por el momento te entro a los extra-mild de Peter S., The man who founded N. Y. in 1663. El humo me produce un efecto radical: primera caca del día. Solita. Lamento no haberlo sentido antes del regaderazo (cosa de higiene). Pequeña contrariedad en el programa del día. Sin embargo puede salvarse. Llamada al reloj telefónico (INF 84 00), la más excitante de las radionovelas: ¡Virgen Santísima! ¿Qué horas serán?: la tina. Noticieros en la tele. Panorámica para percatarme de las tareas del día: sábanas sucias en la cama, el gato se hace pendejo sobre el tocadiscos, unruido de puertas que se abren afuera. Todo va bien. Voy y a tratar de vestirme sin prisas porque tengo todo el tiempo del mundo. Habría que crear un traje para ir a tomar café y otro para ir de paseo y, tal vez, uno para bajar la escalera y otro para subirla y -¿por qué no?- uno para llegar hasta la escalera y regresar inmediatamente a cambiarse, etc... Un arte del disfraz, trajes que no sirvan para vestirse o para cubrirse sino para sentirse Robin Hood, hada o gendarme. Hoy, conjunto tres piezas azul caviar, blusa crema con corbata, medias de nilón guinda extrafinas, transparentes, pelos pegados, zapatillas de charol, cadena de oro, lentes neoraybans, pelo hacia atrás, raya de lado, maquillaje ultra-light, plasta de rimmel, barniz de uñas y labios rojos autopista y ya estuvo. Voy al café a tomarme un calé. Mi café en mi café: El Delfín. Ciento cinco apasionantes metros (los conté). A la derecha hay una tienda de ropa neo-hippy que anuncia desde hace un año que ya llegaron las sandalias chinas. Luego una galería de arte y un club de jazz que hace vibrar mi estudio todas las noches. En el cruce observo las condiciones meteorológicas. Indispensable para determinar el itinerario de la tarde: paseo por los bulevares, portales de la rue de Rivolí o tiendas (Samaritaine, Ben Marché, BHV, la trilogía fabulosa). Después del cruce, el puesto de periódicos. Compro mi diario favorito (¿3 francos?). Lo doblo con el título hacia dentro y atravieso la calle para llegar al café. Desde hace nueve meses que vivo en ese barrio, no he resuelto todavía mi forma de abordar ese café. En el verano es mucho más fácil. La terraza soleada permite, a priori, encontrar un lugar ideal, no muy al fondo (existencialista), ni muy al frente (estrella de suburbio). Ahora estamos en pleno invierno y hay que ir adentro. A pesar de mis continuas observaciones, me equivoco en el sentido en que se abre la puerta. Llega el tiempo de ordenar. Invariablemente tomo un café, a veces un decaf. El patrón, los meseros, la galopina, ya deberían de saberlo. Pero cada día es la misma humillación: ¿Y para la señora? Para vengarme de tanta crueldad, siempre tomo mi tiempo para reflexionar y reviso la fila de botellas arriba de la barra. Por fin tartamudeo mi respuesta de manera que el mesero me pida que repita. En ese momento domino el mundo. Si se calcula, multiplicando por 300 días (65 días de cama completa o de verdadera ausencia), son, más o menos, 5 minutos de dominación total del mundo. También calculé que una taza de café contiene unos 10 centilitros; o sea, multiplicándolos por 300, 3000 centilitros = 30 litros de café al año. Hay que agregar un cigarro con cada café, son 300 cigarros al año. Mi proyecto es acelerar el ritmo hasta lograr ese récord absoluto: tomar 30 litros de café, fumar 300 cigarros y dominar el mundo durante 5 minutos. Debo confesar que el café no me gusta mucho. Si prefiero tomar esto es que la banalidad de esa bebida me seduce. Aborrezco las bebidas de nombres rimbombantes, los cócteles solemnes. Un tiempo me aventé a tomar agua mineral; pero el mesero, para abrir la botella, la arrimaba entre sus piernas a cierta altura que me hacia temer que se destapara también el sexo. No pude resistir. Horror… Ahí está. Esa es más o menos mi vida cotidiana. En el barrio, lo sé, me dicen "La huevona", y es cierto. No hago nada, absolutamente nada. No me aburro, aguardo. Y en la noche, cansada, me duermo chupando chocolate. Dorothée. Dorothée no tiene nada que contar, no obstante, lo hace. Su relato en primera persona, "intensamente" vivido, resulta más convincente que muchos ensayos sociológicos. Escribir en primera persona es casi indecente, el atavismo pequeño burgués induce a disfrazar el discurso de la crónica y del ensayo. Un seudodiscurso científico juega con ambigüedades, permite probar contrarios y tiene todas las de ganar. Tal y como se practica actualmente en los media del capital no es un discurso reflexivo, sólo ofrece series, más o menos organizadas, de hechos estadísticos que no corresponden a ningún deseo (su gratuidad misma es la garantía de la fe que vehiculan). La retórica actual es "informática", envoltura tecnológica infalible, normativa y, por supuesto, ideológicamente mamada, que rodea con su oropel todo tipo de demostración. Para probar la realidad de la realidad, los media recurren sin vacilar al psicoanálisis, al estructuralismo, al marxismo, a la cibernética. Un tipo de análisis como el que hacia Roland Barthes, subjetivo y fragmentario, se vuelve ahora, en otras manos, sistema convincente. Al discurso científico aplicado a las ciencias sociales o al arte, "seguro de sí mismo", orgulloso de su propia verdad e impactante, se opone otra escritura, débil, vacilante, que se apoya en el presente, en la descripción inmediata. Tampoco es reflexiva, pero, como rehusa toda sistematización, tal vez logra sugerir más. Al disfraz del rigor enfrenta la subjetividad del yo desnudo; se apoya en un individuo, en una particularidad. Deja de lado las rotundas y sofisticadas generalizaciones para nombrar pluralidades; encuentra su placer en la descripción de minucias, de impurezas, de fracasos, de borradores malogrados. "Esas obras turbias se mezclan a relatos, a fantasmas; cruzan animales, cuerpos marcados, o maquillados, libros, cocinas, telas y trajes. Recuerdan más a Leiris que a Althusser, la poética y no la teoría. Ayudan a olvidar algunas cosas sencillas: nuestra muerte, nuestros dos ojos, las nubes que pasan, los ‘patés’ de Charles Fourier, el musgo en una piedra, una mujer amada..." (Gilbert Lascaux). Dorothée no tenía nada que decir ni nadie a quien convencer. Ahí está su testimonio. Yo, no tengo gran cosa que agregar (alrededor de mí se mueve una paranoia: una huelga de transportes en París y el racismo, El Salvador en primera plana, la noticia de Polonia, el chavo con sus jeans y su walkman, fuera del mundo y un graffiti constantemente repetido en los pasillos del metro, SKIZO. Luego descubro que se trata de un grupo de rock. Ver/Explicar: escribir en primera persona me parece indecente; es un ejercicio para el que no me siento preparado. El uso del "yo" suena tan viciado por el imperialismo intelectual del "autor", que siento mucho más fácil expresar las mismas cosas recurriendo a una supuesta neutralidad gramatical; a un discurso que aporte, a cada paso, las pruebas contundentes de lo que afirma. Esas coartadas son igualmente tramposas. Todos mis "textos sobre arte" tienen una misma intención: quieren ser eficaces y convincentes. Si los murales de Rivera o el Guernica de Picasso no gustan, ningún argumento crítico, por más elaborado, podrá convencer de lo contrario. Los parámetros semióticos, psicoanalíticos, estructuralistas y demás sólo sirven para disfrazar esa pequeña verdad, pero nunca hacen que un cuadro sea "bueno". La tentativa de crear un texto que, con el recurso y la autoridad de las ciencias sociales, parezca inatacable es, tal vez, más imperialista que la simple afirmación de un gusto: "Si Apollinaire decía una imbecilidad, se podía atribuir a su pasión por la polémica; si un filósofo dice una imbecilidad, es mucho más difícil probarlo: tiene la autoridad del saber." (Catherine Millet). Relacionada siempre con la representación, aunque deformada, de la realidad externa, la pintura figurativa permite múltiples interpretaciones que se basan tanto en la forma como en el contenido de la obra plástica o en la "visión del mundo" particular del artista. Con la pintura "abstracta", la referencia desaparece; la opción, para el que escribe, es un estudio exclusivamente formal en extremo limitado. La semiótica, en años recientes, llegó para dotar al "crítico" de un instrumento supuestamente capaz de expresar la abstracción y de encontrarle un sentido a una pintura que pretende no tener ninguno. El método estructuralista reduce la interpretación a fórmulas sencillas y tropieza con una pintura que se desea libre de toda sujeción a lo verbal, a la realidad externa del cuadro, a lo significante. Al enjuiciar la "pintura-engaño" representativa, la pintura abstracta obliga al que quiera analizarla a enjuiciar su propia percepción de las cosas visuales y desmiente constantemente las reducciones de tipo formalista (que pronto llegan a constituir nuevos academicismos). Paradójicamente, los mismos pintores -desde Klee, Kandinsky y Mondrian hasta Tápies- han intentando "explicar" lo que hacían; sus textos, que sistematizan sus propias creaciones, reducen el dominio de lo óptico. El verdadero valor de la pintura del siglo XX es, tal vez, esa resistencia a la verbalización: el campo (visual) que se abre entonces es infinito y escapa completamente a las tentativas de recuperación por medio del lenguaje y de sus protocolos. Qué significa ese cuadro? No lo entiendo, no tiene sentido... De eso se trata: ver, no explicar. Esto anula toda posible "crítica de arte". Sólo queda un sujeto (yo) frente a una obra (en este caso, la de Vicente Rojo). Ese "yo" no es inocente; por el contrario está comprometido cultural, política e históricamente. Por más disfrazado que quiera presentarse, el sujeto que escribe entabla un verdadero diálogo con el sujeto que pinta. Sin embargo, la práctica del texto se sitúa fuera del cuadro; aunque relacionados los dos "sistemas" nunca coinciden. El texto es una creación autónoma, fragmentaria, al lado del cuadro, nunca sobre él; es una paráfrasis literaria, una "metáfora imposible". Alianza: La asociación del pintor y del escritor ha sido de todos los tiempos de la pintura moderna: Baudelaire y Delacroix, Zola y Manet, Proust y Monet, Proust y Vermeer; en todos los casos el texto pretende "revelar" la imagen silenciosa. Los impresionistas, los cubistas, la pintura impresionista, la pintura cubista, no existirían sin las polémicas "literarias" que suscitaron. En México, "no hay crítica de arte" (lugar común repetido desde las postrimerías del siglo XIX). Caso único: la alianza de Agustín Lazo y de Xavier Villaurrutia ejemplifica ese tipo de "retroalimentación" esencial. Lazo pinta sueños de Villaurrutia, en extremo literarios; Villaurrutia describe, en el Nocturno de la Estatua, un mundo claustrofóbico, delirante, asfixiante. Villaurrutia se presenta como el primer "crítico de arte" mexicano y lo segunda, en esa tarea, la cultura plástica de Agustín Lazo; Agustín Lazo escribe crítica y teatro; Xavier Villaurrutia dibuja. Sostenido por un discurso político, el Muralismo no requiere de "crítica" para existir: él mismo es su propio "autocrítico" (ver los textos de Rivera compilados por Raquel Tibol en Arte y Política; el ensayo de Siqueiros No hay más ruta que la nuestra; inclusive la Autobiografía de Orozco). Los demás pintan "en silencio" y su pintura se queda embodegada, invisible, intrascendente. La crítica de arte que aparece, en los años treinta, con Luis Cardoza y Aragón, es del tipo "apollinarista", lírica, llena de fulgurantes imágenes poéticas, de comparaciones atrevidas, de citas y de guiños de ojo cultos. Justino Fernández reseña exposiciones y explicita intenciones de algunos artistas; acumula documentos y datos históricos. Ardua tarea a la que faltan las conclusiones. Con la llegada a México de Raquel Tibol y los trabajos universitarios de Ida Rodríguez Prampolini, la "crítica de arte" se vuelve un oficio más, autónomo, en la cultura mexicana: la redacción de textos sobre arte se vuelve cosa de especialistas, no más hobby de escritores. Al texto lírico; a la interpretación poética del cuadro sucede, después de 68 francés, un escrito sobre arte "universitario" (que mira con un desprecio injustificado a sus antecedentes). Ahora, la práctica de la sociología, de la filosofía o del psicoanálisis vampiriza a la pintura. Derrida, Barthes, Deleuze, Tom Wolfe, se dejan atraer por la interpretación de cosas visuales. Asimismo, los críticos franceses se nutren de Althusser, de Benjamin y de Wittgenstein, de Lacan y de Eco. Pasan diez años y los nuevos dogmas se asientan: el blabla teórico distorsiona la actividad creativa del pintor. La poesía simbolista, a finales del siglo XIX, produjo sus ilustraciones; actualmente, la filosofía estructuralistoide fabrica sus propias imágenes: el Arte Conceptual, la ruptura del marco del cuadro, el arte "invisible", el no-arte, las investigaciones del grupo Support-surface, etc... El pintor se pone a pensar. La "materia pictórica" de David Hockney es él mismo. José Luis Cuevas pinta a José Luis Cuevas: la autobiografía pintada y luego filmada o publicada en forma de libro, se ofrece como partes de un anecdotario en tiempo presente, reflexión sobre el "ser en el mundo" del artista. Por ese camino, la plástica contemporánea se cierra cada vez más sobre si misma, sobre sus propios conflictos, y se vuelve cada vez más elitista al reivindicar el estatus de reflexión "científica". El círculo -de por sí reducido a museos, "ferias", galerías y subastas internacionales que se transmiten por televisión- se reduce aún más cuando la intelligentsia universitaria busca controlar la creación artística. El mercado internacional del arte, ese "negocio que no se atreve a decir su nombre", se esconde bajo la coartada de una estética filosófica y culta en extremo. "el texto crítico" es la garantía del valor financiero del cuadro y acompaña siempre, el catálogo en la subasta. Paradójicamente, las firmas de los intelectuales "progresistas" sirven para que el gran capital internacional invierta a largo plazo y especule con "objetos" artísticos. Se vuelve cada vez más difícil separar el valor artístico de una obra de su valor financiero (¿o tal vez, éste sea a fin de cuentas el único real?). Con tranquilidad asombrosa, los coleccionistas declaran su "amor por el arte", su fascinación por el cuadro" y el objeto fetichizado desaparece de la vista del gran público, cuidadosamente resguardado en una caja fuerte. |