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Art # od080, "SUMA lo que resta"

Periódico: La Jornada, 30 de marzo de 1985

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

En 1976, algunos alumnos de San Carlos inconformes con las estructural de difusión del arte y con el alcance habitual de las prácticas artísticas, decidieron formar un grupo alternativo. Eran muy jóvenes entonces, y marcados por los lugares comunes del 68. Durante cuatro años, tiraron muchos rollos e, inspirándose en las teorías en boga, intentaron crear un arte pobre, callejero, libre de toda sujeción a las leyes del mercado. Primera consigna: las creaciones debían ser colectivas. Pintaron bardas en las calles más concurridas de la ciudad, que desaparecieron pronto bajo repetidas capas de blanco. Un poco de hiperrealismo, "conceptos" en extremo ideologizados: SUMA -como los demás grupos de pintores que aparecieron en los años setenta- reivindicaba una marginalidad inspirada en las comunas jipis, las grandes concentraciones de jóvenes, el espíritu de solidaridad, las bandas de rock, los grupos militantes feministas, homosexuales, ecológicos, etcétera. La marginalidad sustituyó -para algunos- a la democracia imposibilitada (por la represión, el consumismo, el triunfo de la moral burguesa…). La fórmula debía salvar al artista de la expropiación por los medios de la corrupción económica. El ejemplo de los muralistas -que se habían apropiado los muros públicos más visibles- irradiaba su labor: el trabajo grupal se presentaba como una opción mexicanista ante los monopolios estéticos del primer mundo. La creación artística -colectiva, anónima, efímera y pública- volvía a su pureza, el Arte regresaba a sus dueños expoliados.

Los ideales no llegaron a concretarse: en la práctica, las producciones colectivas de SUMA (así como las de Proceso-Pentágono y de Peyote y la Cía) resultaron ininteligibles, la parafernalia teórica les restaba fuerza, las propuestas vanguardistas -que obligaban a utilizar recetas en boga o más allá de la boga- eran tan crípticas que sólo los enterados las comprendieron. Paradójicamente, los integrantes de SUMA -marcados por la abstracción gestual que se les enseñaba en San Carlos-, recurrieron a modas estéticas derivadas del pop, de la supuesta modernidad pictórica, de una cultura urbana inventada en Nueva York (y las intenciones críticas implícitas se perdieron en el camino). A la hora de trabajar en la calle, produjeron imágenes inspiradas por la cotidianeidad, ideologizaron el medio ambiente urbano, y terminaron pintando siluetas hiperrealistas, ensamblajes de desperdicios a los que se les daba un significado determinado a la manera de ready-mades conceptuales, etcétera. Muy pronto, las obras "públicas", "anónimas" y "colectivas" fueron presentadas en los museos (en la Bienal de París 1977 y en ese absurdo que fue el primer Salón de Experimentación: un espacio "alternativo" propuesto por la institución menos alternativa del ramo, el INBA). Entonces empezaron a multiplicarse los grupos.

SUMA no ha expuesto obras colectivas desde 1981 y, aunque se supone que el grupo aún existe -porque existen y trabajan sus miembros-, las divergencias -formales, estéticas, ideológicas- entre cada uno de los integrantes se hacen cada vez más patentes. En realidad, la exposición organizada por María Guerra en el Centro Cultural de la SHCP (así como la, más amplia, que prepara Sylvia Pandolfí en el Museo Carrillo Gil, para finales de abril) debería poner el punto final a un "movimiento" que, si bien sirvió en su momento para aglutinar a una nueva generación de artistas en torno a ciertas ideas estéticas y políticas, nunca alcanzó lo metas que se había propuesto. Las obras de Gabriel Macotela, Ricardo Rocha, Armandina Lozano, René Freire, Oliverio Hinojosa, Ernesto Molina, Paloma Díaz, César Núñez, Oscar Olea, Mario Rangel, Santiago Rebolledo y Jesús Reyes que se exponen ahora revelan la distancia que separa las obras colectivas del grupo SUMA anteriores a 1980 de las creaciones individuales más recientes. [1]

Entre aquellos que siguen trabajando en la línea expresionista que se deriva de las enseñanzas de Aceves Navarro (Núñez, Macotela, Reyes y en menor medida, Paloma Díaz), destaca la de Santiago Rebolledo -el único que continua las experiencias de SUMA. Presenta cajas llenas de desperdicios recogidos en las calles de la ciudad, organizados y recubiertos de una capa monocromática: composiciones abstractas de reminiscencias cotidianas. Gabriel Macotela expone algunas de sus telas recientes en la línea de las que presentó en sus últimas exposiciones individuales: pulcros grafismos sobre superficies texturizadas en armonías ocres de buen gusto. Oliverio Hinojosa, cada vez más ponderado, introduce una nota discordante: en sus autorretratos figurativos el rigor de la composición se une a un dibujo casi académico. Mario Rangel parece encontrar un nuevo camino a partir de las propuestas formales neoexpresionistas: una materia espesa y contornos subrayados para enmarcar rostros violentamente coloreados. Paloma Díaz, la más joven del grupo, dibuja con elegancia, sobre papel estraza de grandes dimensiones, perros deformados, y resalta las líneas con diminutas vetas de diamantina.




[1] Artistas Contemporáneos, Galería de la Subsecretaría de la Banca Nacional, Nezahualcóyotl 127, Centro.

 
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