|
Art
# od008, "
Dos,
sobre Tamayo"
Por: Olivier Debroise |
|
Periódico:
Reforma,
Fecha: Lunes,
30 de octubre del 2000
|
|
by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
|
|
Poco menos de una
década después del fallecimiento del pintor en 1991, aparecen simultáneamente
en librerías, dos volúmenes dedicados a Rufino Tamayo: El otro Tamayo
(Editorial Diana), del industrial oaxaqueño Mario Mijangos, y la esperada
biografía de Ingrid Suckaer, Rufino Tamayo. Aproximaciones (Editorial
Praxis). Guatemalteca de
origen, Suckaer vive en México desde la adolescencia y se ha especializado
en el análisis de la producción artística de cerámica. Se acercó a Tamayo
a mediados de los 80, cuando preparaba una tesis sobre la obra del pintor,
y llevó a cabo entrevistas que conforman la parte medular de su investigación,
aunque supo acertadamente compensar las afirmaciones de Tamayo -y las
de su esposa Olga- con una abundante recopilación documental y recuerdos
de incontables testigos, que incluye a la familia Arrellanes, los parientes
oaxaqueños de Tamayo. Al abordar, finalmente,
la carrera profesional del Tamayo, Suckaer aporta numerosos datos a la
bibliografía del pintor, redondeando la precisa "cronología" documental
establecida, en 1987, por Judith Alanis y Sofía Urrutia, para la retrospectiva
que Raquel Tibol organizó después de la "recuperación" del Museo Tamayo.
No obstante las reiteraciones, las constantes referencias a inauguraciones,
festejos, recepciones oficiales, cenas en casa de políticos e industriales,
sin contar las enfermedades de los perros de la pareja -que se vuelven
particularmente estorbosos, además de inútiles, conforme el libro avanza,
Tamayo se vuelve célebre y Olga organiza su intensa vida social-, Suckaer
tuvo acceso, después de la muerte del artista y de su esposa, a los archivos
personales de los Tamayo, en particular de su correspondencia privada,
de la que hizo abundante uso (sin vacilar, en este caso, en "traicionar"
sus secretos). A partir del primer viaje de Tamayo a Nueva York, en 1926,
y prácticamente hasta la década de los ochenta en que conoció a Tamayo,
Suckaer intenta situar al pintor en la "batalla por el arte moderno" en
la que, como bien se sabe ahora, el "realismo mexicano" tuvo una función
muy precisa, polarizando los discursos y estableciéndose, particularmente
en Nueva York, en modelo a evitar. La postura de Tamayo, empedernido crítico
de los clichés de la "escuela mexicana" y a la vez integrante de un modelo
de artista excéntrico, afín a algunas de las consignas ineludibles a mediados
de los años 30 (cuando acepta junto a Orozco la representación de la LEAR
en el American Artists Congress de Nueva York en 1935, para sólo citar
uno de los casos en que ambos artistas "disidentes" de la línea dura partidista
no pudieron, o no quisieron, esquivar los intentos de cooptación). Si
bien queda implícitamente claro que la obra de Tamayo, y su promoción,
cumplieron una función estratégica muy precisa en este discurso de la
modernidad, tanto para México, como para el desarrollo internacional del
arte, que se fue exacerbando con el inicio de la Guerra Fría y la rabiosa
defensa, ideólogico-artística, del expresionismo abstracto, Suckaer, a
pesar de exponer la necesaria documentación, se centra demasiado en la
sola personalidad de Tamayo, en la evolución de su obra y en sus "éxitos",
sin ahondar en las implicaciones de estas batallas políticas para el propio
artista y la evolución de su obra. Así, por ejemplo, no aclara que el
traslado de Tamayo de Nueva York a París, en 1948, no sólo responde al
hartazgo del pintor por la situación particular del arte mexicano de la
posguerra y de los mandatos de la administración de Miguel Alemán, sino
también a la radical transformación de la escena artística neoyorquina,
donde sus propuestas ya aparecen entonces como obsoletas y demasiado vinculadas
a lo que entonces se empieza a llamar con dejo despectivo "regionalismo
mexicano." Ante la agresividad del expresionismo neoyorquino, el discurso
esencialista de Tamayo que legitimaron tanto Barnett Newman como Octavio
Paz se había vuelto improcedente ("Considero que lo nacional es secundario
en la obra de arte; pero como mexicano, como indio que soy, lo mexicano
me sale espontáneamente, sin necesidad de andarlo buscando," dijo en 1947).
Asimismo, su búsqueda "primitivista" -que lo llevó a adoptar deliberadamente
las formas de Picasso, y más tarde, las fórmulas de Dubuffet- resultan
más comprensibles en el contexto particular de la crisis cultural, de
la angustia deflacionaria de la posguerra europea -particularmente de
la francesa-, que se tiene que situar en paralelo con la crítica de los
discursos nacionalistas en la segunda mitad del siglo 20, y la paulatina
expiración del modelo mexicano. Suckaer recopila
acertadamente las variaciones del discurso de Tamayo, sobre todo cómo,
hacia el final de su vida, abandona su identidad "india" para redefirnirse
como "mestizo" en el momento en que la cultura indígena de México pasa
por graves denegaciones, pero no llega aún a sacar las debidas interpretaciones
de estos datos y elementos. Las remembranzas pedestres de Mijangos, por su parte, quien conoció a Tamayo en los años setenta y fue cómplice de las pachangas del pintor, poco aportan a la abundante bibliografía , a no ser porque precisa algunos datos de los enredos de Tamayo con el secretario de Educación Publica Víctor Bravo Ahuja y los industriales que patrocinaron la primera etapa del Museo Tamayo. Permite notablemente apreciar el ambiguo papel que jugó en el destino de la institución, Gaspar Rionda, secretario de Emilio Azcárraga Milmo vuelto "hijo adoptivo" de Olga Tamayo.
|
| Derechos Reservados; Consorcio Interamericano de Comunicación, S.A. de C.V., Derecho de Autor 2229-93. Aviso Legal |