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Art # od076, "Rogelio Cuéllar: hacia una poética fotográfica"

La Cultura en México, 13 de abril de 1983

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Rogelio Cuéllar, Huellas de una presencia, Editorial Artífice, México, 1983.

Reportero gráfico por años, ahora Rogelio Cuéllar entrega una selección de sus fotos menos "reporteriles", o menos documentales, realizadas al margen de su actividad estrictamente profesional. Es decir que, en este libro, Cuéllar opta por ser, no un medium", sino un artista de la cámara que elabora minuciosamente sus composiciones en blanco y negro como poemas visuales. Descontextualizadas, estas imágenes sólo existen como fotografías; ninguna está situada en el tiempo o en el espacio, ninguna se refiere a una imprecisa realidad: lo único presente el objeto visible y palpable, la impresión en papel.

En las fotografías de Cuéllar se acumulan objetos desordenados, ventanas, muebles, letreros, escombros diversos, herramientas, muros… Inclusive los escasos seres vivos -gatos o humanos- que atraviesan estas imágenes están tratados a manera de objetos. Nunca son el tema central (no se trata de retratos); su inclusión es tan casual como la de una piedra en una pared, de una roca en una playa, de un graffiti o de un póster desgarrado. Evidentemente, contribuyen con su forma o con su actitud a la composición, pero no más que otros elementos, que un efecto de luz, que la organización global de múltiples objetos. Campesinos de los altos de Chiapas, niños bañándose en una playa popular o jugando en un patio de vecindad, mujeres cosiendo en el umbral de sus puertas: los "personajes" de Cuéllar sólo aparecen porque se inscriben en un momento, el de disparar, no porque haya buscado el instante ideal para retratarlos. Así, Rogelio Cuéllar fotografía la puerta de un retrete mantenida cerrada por una mano entre las tablas: este elemento "mano" sólo tiene importancia en contingencia con otros. Con esa actitud, Cuéllar reproduce cierta manera de ver surrealista que revelaba la extrañeza de un objeto al hacerlo coincidir con otros: la poesía surge de estos momentáneos y casi inverosímiles encuentros. Un paletero frente al mar, rompe con su "vulgar" presencia la hermosura primigenia de la marina, la sombra deformada de un barrendero contradice su "real" postura. Al lado de estos ejemplos evidentes, otros más sutiles: no las piernas de la muchacha, sino su vestido volado bajo el sol; no la hermosura del joven recostado en la playa, sino los pelos de su axila humedecidos por el sudor; no el coche en medio del campo, sino los yuncos que lo esconden; no la mujer lavando ropa, sino la bolsa de "detergente Roma" etc.

Los seres atraviesan las fotos de Cuéllar, no se detienen "dentro" de ellas. Con más conciencia que otros, Rogelio Cuéllar fotografía momentos, no cosas. En ese sentido, la serie de sábanas volando en el viento -dándole presencia al viento, volando en el tiempo, dándole presencia al tiempo-, atravesadas por la luz. Son tal vez las que mejor revelan su intención. El tiempo que pasa es la única cosa fotografiable, y, desde que la fotografía existe no se ha hecho otra cosa. El reportaje, la fotografía histórica (son una misma, la que hoy es noticia, mañana será historia, como dicen en la radio), detienen lapsos de tiempos cuya importancia es función de la convergencia de elementos (el enfrentamiento entre dos ejércitos, la vista de un jefe de estado a una obra, el balazo que derrumba al fusilado, el gato que no puede bajar de la gotera), dentro de una cronología histórica determinada por un "antes" y un "después". Para conferirle autenticidad o presencia a un retrato fotográfico, se tiene que situarlo en su devenir: si el fotógrafo no capta la vida en los ojos de su modelo (véanse los daguerrotipos), lo inserta en un paisaje, en una actividad cotidiana que lo "significa". El camino del fotógrafo es diametralmente opuesto al de un pintor como Cézanne, por ejemplo, cuya ambición (¿desmedida?) fue la de transcribir en la tela la esencia de un paisaje; es decir, todos los momentos por los que ese paisaje atraviesa. A lo más, un fotógrafo puede pretender encontrar la esencia de un ínfimo momento (apenas unas décimas de segundo) en el que algunos elementos configuran una imagen. Lo único que se fotografía es ese momento, esa organización contingente de elementos diversos: juego trágico. Lo único que una fotografía indica, fuera de toda connotación histórica, ideológica o cultural, es que esto que ahí se ve ha pasado y nunca se volverá a dar. A partir de ahí, se puede formular, tal vez, una definición de una poética fotográfica cuyo eje tendrá que ser la nostalgia.

Los fotógrafos han elevado la nostalgia al rango de arte; una actitud que les fue impuesta por su medio y que los diferencia esencialmente de los pintores. Numerosos son los que, hoy en día, buscan todavía asimilarse a las otras artes visuales, y penetrar sus medios de difusión específicos, museos, galerías, etc. Sin embargo, algunos - y Cuéllar entre ellos-, ya tienen conciencia de las peculiaridades de la fotografía: su reproductibilidad, su "adhesión al referente externo" (Barthes), y su trabajo sobre una extraña materia prima, el tiempo.

La poesía, en las imágenes de Rogelio Cuéllar, surge siempre de la nostalgia: ¡Qué luz tan hermosa aquel día en que la muchacha se recostó en un barandal cerca del mar!, ¡qué gesto tan impersonal, el de aquella mujer levantando el brazo mientras cose! Las fotografías tan extremadamente cuidadas de Cuéllar se vuelven casi clásicas por su discreción. Con las tres series de imágenes que componen el libro, logró dar un tono, expresar un sentimiento sin artificios.

 
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