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Art
# od075, "Recordarse a si misma como a otro ser
lejano (Un monólogo de Alice Rahon)"
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La Cultura en México, 6 de febrero de 1980 Por: Olivier Debroise |
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Es maravilloso oír hablar de sol, de selva y de ríos, de colores, de trajes, de costumbres, de la sonrisa de los rostros morenos, de hierbas olorosas y de las maneras de moler el maíz, de la historia de México, de su pasado, de los pintores que ahí viven y pintan con tanta fuerza. Es un México distinto del de D. H. Lawrence. Para él era extraño. Para Alice todo eso es familiar, chispeante de alegría y de vida hasta en su misma pobreza. Anaís Nin Cuando Frida llegó a París, invitada por André Breton, causó sensación entre los surrealistas por su belleza y su gracia. Había en París una flor misteriosa y oriental que se abría en la monotonía. André traía muchas cosas maravillosas de su viaje a México. Recuerdo un óleo anónimo que fue reproducido en algún número de Le Minotaure. Representaba el fusilamiento de Maximiliano. Se veía el cuerpo del emperador cayendo muerto, doblado en des, y había una pequeña leyenda escrita en el cuadro: Así es la vida. Eso lo gustó mucho a André. Frida nos invitó, a Paalen y a mi, a visitar México. Debíamos quedarnos en su casa, Pero eso no fue posible porque todavía vivía Trotsky allí, aunque su relación con Diego y Frida ya se había enfriado bastante. Paalen no creía pertinente acercarse a Trotsky en aquel momento y alquilamos una casa en San Ángel, muy cerca de Frida y de Diego. La guerra acababa de estallar y nos tuvimos que quedar. Fue terrible. Nos sentíamos como encallados, sin noticias. Todo el mundo decía que no nos instaláramos que la guerra no iba a durar más que tres o cuatro meses, que ya que ese Hitler se diera cuenta de que su farsa no funcionaba se iba a desinflar. Nos sentíamos tan angustiados, sin saber de nuestros amigos en París. No conocíamos a nadie, no entendíamos la lengua. Poco a poco empezamos a conocer gente: César Moro fue mi primer amigo aquí; Miguel Covarrubias nos invitaba cada ocho días a su casa y nos enseñaba las maravillas que había traído de sus viajes, lacas chinas antiquísimas, jades de Java. Luego conocimos a Villaurrutia que se interesaba, por el surrealismo. Nos enseñó sus poemas pero no entendíamos nada, y nos llevó a ver una obra de teatro suya, por cierto bastante mala. Paalen comenzó a formar el grupo surrealista de México. Contábamos con César Moro, con Manuel Álvarez Bravo, a quien Breton reconocía como un auténtico surrealista (publicó sus fotografías en Le Minotaure), con Frida, quien, no obstante lo que digan ahora, era una verdadera surrealista. Poco después llegaron Benjamin Péret y Remedios. Creo que Leonora llegó más tarde. Villaurrutia nos ayudaba mucho. Se empezó a organizar la Exposición Surrealista en la galería de Inés Amor. Eso fue muy cómico porque de un día al otro todos los pintores de México se volvieron surrealistas. Rodríguez Lozano nos hablaba diario por teléfono: que quería participar y que quería participar. Diego empezó a pintar un cuadro especialmente para eso: unas ramas torcidas, deformadas, antropomórfica. Un día, poco antes de la inauguración, le habló a Paalen: "Paalen, creo que Frida y yo debemos tener una sala aparte en la exposición", a lo que Paalen tuvo una respuesta muy diplomática; "Pues lamentaría que ustedes no participaran". Además no creo que hubiera sido posible porque el local era bastante chico. En fin, todo el mundo quería ser surrealista. Pero en el fondo muy pocos lo eran realmente, muy pocos comprendían el surrealismo. Recuerdo un cuadro de Agustín Lazo, el amigo de Villaurrutia, un viaducto con un gran caballo. Para mi era una pintura muy bella, en el sentido surrealista de la palabra: esa especie de espera, espera de algo futuro, de algo que va a suceder. Había algo de María Izquierdo, bastante bueno. Pero al fin y al cabo, el movimiento surrealista en México nunca fue muy homogéneo, no había mucha cohesión. Pero si tuvo una importancia muy evidente en la obra de Álvarez Bravo, por ejemplo, o en la pintura de Leonora y de Remedios. Alice Rahon encarna la libertad de la imaginación visual, sobre todo cuando se aleja de la figuración. Está en ese dominio muy vasto de sensibilizar una superficie con matizaciones refinadas y estructuras difusas. Luis Cardoza y Aragón Cuando expuse por primera vez en Estados Unidos, en Los Angeles y luego en Nueva York invitada por Peggy Guggenheim, volví a encontrarme con todos los surrealistas. Fue una gran alegría vernos de nuevo después de tanto tiempo.. En Nueva York vivían André, Anaïs Nin, Masson, y por supuesto "El chiquillo", le mignon, Dalí, Dalí con Gala. En plena guerra mundial lograba vender sus cuadros muy caros y, todo el tiempo publicaba entrevistas en el Time… Todos estaban exiliados. En Big Sur, muy cerca de Miller, vivía mi amigo Yan Varda, "Yanko", Teníamos años de no vernos. Varda vivió en Londres y acostumbrábamos pasar las vacaciones juntos en Cassis. Nadábamos, nos llevaba en su velero. En Londres causaba sensación vistiendo camisas de seda rosas y sus vernissages atraían a mucha gente. En Big Sur, Varda vivía en una granja que parecía un enorme casco de velero volteado. La había construido con pedazos de madera que iba a buscar en el puerto de Monterey: Me presentó a Steinbeck, que hablaba un inglés tan argotico que nunca le entendí una sola frase. Varda hacía cuadros fantásticos con pedazos de tela de todos colores. Luego se fue a vivir a Sausalito, en un viejo barco amarrado cerca del de Alan Watts, el filósofo, amigo de Huxley, que experimentaba con todas las drogas, desde el LSD hasta los hongos de Oaxaca. Varda pintó todo el interior del barco de Watts con escenas del paraíso. Un día me habló: "Alice, voy a verte". Debía llegar a México como a las ocho y media de la noche. Me habló una señora del aeropuerto. Había muerto al bajar la escalera del avión. Cuando llegué estaba ahí extendido todavía, con su rostro tan hermoso. Se había rasurado el cráneo. Alrededor de él había una especie de círculo mágico, un circulo de silencio." La pintura de Alice Rahon Paalen baña íntegramente en las aguas lustrales de la poesía, de la conciencia pictórica, y se levanta en la luz opalina de los crepúsculos.Ya el orto o el ocaso. César Moro Creo que nosotros los occidentales no tenemos realmente un catálogo de formas plásticas definidas pero de algún modo tenemos una inclinación, cierto atavismo, que nos hace reproducir siempre; aunque sea inconscientemente, las mismas formas. Recuerdo mi padre. Coleccionaba cuadros, algunos muy hermosos y adoraba, por ejemplo, a Rubens. A mí se me hacía horroroso. Paalen y los otros surrealistas tenían gran afición por las artes mal llamadas primitivas. Coleccionaban objetos de Oceanía, de África, de México (desde antes de que André viniera). Por esa curiosidad Paalen decidió hacer un viaje por Alaska y Colombia Británica antes de venir a México. Le habían dicho que se estaba construyendo una carretera a través de esa región y pensaba, con razón, que pronto el arte indio iba a desaparecer. Nos fuimos en tren, primero a Winnipeg y Victoria. Durante cuatro meses recorrimos las reservaciones indias. Conocimos esa verdadera basura que es la famosa Policía Montada que mataba a los indios durante sus potlachs y la terrible explotación a que los sometía la Honorable Hudson Bay Company: les vendían unos botones de nácar que usaban para sus abrigos a un dólar cada uno, Y necesitaban cientos para cada abrigo. Paalen, con su talento de coleccionista, encontraba siempre objetos de una belleza sorprendente. Recuerdo una fachada de madera en forma de animal que Miguel Covarrubias, reprodujo alguna vez. Era la fachada de una casa comunal de hombres y representaba, creo, una cabeza de castor. Se entraba por la boca. Cuando empece a reproducir los diseños de los objetos totémicos, me costaba mucho trabajo seguir el ritmo de las formas. Era una ruptura total con todo lo que sabía. El arte indio de Alaska, como también el de Arizona, es terriblemente homogéneo: no hay ruptura entre la mitología y la realización, todo tiene un sentido. Una cuchara decorada, un baúl pintado y con incrustaciones, una canasta tejida, no son solamente funcionales, o bellos, sino que tienen un sentido mitológico o totémico. Ese desdoblamiento anímico de las cosas era algo totalmente nuevo. Poco tiempo antes, invitada por Valentine Penrose, habla visitado la India. Todos estos viajes se complementaban; era el descubrimiento de otros mundos, de valores no occidentales. En México, de alguna manera, nos sentíamos desilusionados. Encontramos que aquí el indio, si no sufre persecuciones violentas es totalmente desclasado. Las primeras cosas que pinté, un poco menos de un año después de haber llegado a México, revelan esa concepción tan pura, tan radical, ese grafismo tan lleno de sentido. Aquel cuadro del río, con los tótems a los lados, aunque no lo parezca, es bastante realista. En uno de mis primeros cuadros, Le mauvais élève, utilizo las formas de las máscaras totémicas que representan el desdoblamiento del alma. Creo que en un momento dado el éxito de la pintura de Remedios y de Leonora se debió a que ellas pintaban muy bien, pero de una forma muy convencional. Pintaban como pintores flamencos. Leonora con ese preciosismo y Remedios, en sus pocos cuadros, con una minucia muy delicada. Creo que mis cuadros con esos grafismos inspirados en los ritmos, en las formas, en el sentido anímico, no tienen mucho que ver con los de ellas. Todo lo demás, mi verdadera formación de pintora, el trabajo de las texturas, de los colores se lo debo a Paalen. Mire ese cuadro, se llama Monumento a los pájaros. Tal fue casual: cuando baja la luz del día, desaparecen las texturas, el verde se vuelve más claro, más diáfano, vibra, vive todavía . Alguna vez pinté un cuadro que se llamaba Los amantes. Representaba una pareja sentada en un bloque de hielo a la deriva en un océano. Lo compró un amigo mío y se fue a Madrid. Poco después me escribió: "Los amantes han llegado al término de su viaje…" |