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Art
# od007, "Elso:
Por América"
Por: Olivier Debroise |
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Periódico:
Reforma,
Fecha: Martes,
17 de octubre del 2000
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Desde 1993, la curadora
de arte contemporáneo Rachel Weiss proyectó un libro de ensayos sobre
la obra del artista cubano Juan Francisco Elso (1956-1988). Siete largos
años más tarde, finalmente, Por América, la obra de Juan Francisco
Elso, aparece en librerías, publicado por el Instituto de Investigaciones
Estéticas de la UNAM, gracias a las gestiones de Rita Eder. Las incontables
peripecias de este retraso conforman en sí un inventario de dilemas ideológicos
de fin de siglo, y de las paradojas del arte en tanto que arena política;
van desde reclamaciones sobre la propiedad de las obras y los derechos
de autor -inadmisibles cuando se sabe que el propio artista, en los amargos
meses de su enfermedad, fue muy preciso en cuanto a su destino-, hasta
dificultades por conseguir, en Cuba, fotografías de numerosas obras tempranas
o las negaciones de varios posibles autores de participar en el proyecto
al lado de otras firmas, por su "tinte" partidario. El índice final incluye,
además de los textos de Weiss (quien, por modestia quizás, no aparece
como la editora que fue), ensayos de Gerardo Mosquera, Orlando Hernández,
Cuauhtémoc Medina, Alfredo López Austin, y una imprescindible entrevista
de Elso por Luis Camnitzer. Con José Bedia,
Ricardo Rodríguez Brey, Gustavo Pérez Monzón y Flavio Garciandía, entre
los más prominentes, Elso fue uno de los integrantes del grupo conocido
como Volumen Uno, que transformó radicalmente la plástica cubana,
aprovechando a principios de los años ochenta los pequeños espacios de
libertad artística que, a raíz del lamentable episodio del Mariel,
entreabrió la burocracia cubana, en busca de reafirmar un prestigio internacional
bastante mermado. Como productores culturales, maestros en escuelas de
arte y centros culturales, Bedia, Brey, Pérez Monzón y Elso, acompañados
por su "ideólogo" Mosquera, ya habían desarrollado, desde mediados de
los setenta, si no una "obra" en el sentido físico y tradicional de la
palabra, una serie de actos y eventos de carácter creativo, en la intersección
entre el arte contemporáneo desestabilizado que provenía del arte conceptual,
y un "redescubrimiento" de las posibilidades rituales que ofrecían, no
sólo las religiones animistas afrocubanas, la santería o el palo monte,
sino el mismo catolicismo. Pero se trataban de "juegos" didácticos dirigidos
a "niños", y en ese sentido solamente, tolerados por la nomenclatura cultural
de la isla. En su biografía de Elso, Rachel Weiss describe con detalle
esta situación, pero sobre todo cómo ciertas decisiones políticas favorecieron,
a principios de los 80, la nueva "comprensión" y reinserción de la cultura
y las religiones afrocubanas como elemento de control social, alimentando
por un lado, y posibilitando a la vez, la exposición de las obras de Elso,
Bedia y Brey. El encuentro en 1981, con Ana Mendieta, en su segundo retorno
a la isla, fue sin duda decisivo para que este grupo, hasta entonces marginado,
tomará conciencia de su verdadero potencial artístico, y empezará a pelear
por ello. Dos bienales de
La Habana más tarde Es decir: después de la repentina "invasión" de la
isla por periodistas culturales, curadores internacionales y, no hay que
olvidarlo, artistas, coleccionistas y galeristas, y la consecuente promoción
del "nuevo arte cubano" en revistas europeas y estadounidenses, produjo
una situación inédita e imprevista, diplomáticamente incomoda, ya que
por un lado la atención que recibían estos artistas obligó prácticamente
a las autoridades culturales de la isla a abrirse a tendencias que la
ortodoxia ideológica y las líneas partidarias no podían aceptar: los aspectos
lúdicos, la sensualidad y la imaginería de los trabajos colectivos de
Pérez Monzón, por ejemplo, o sus construcciones matemático-minimalistas
(por llamarlas de algún modo); la mezcla de política y santería de Rodríguez
Brey; los rabiosos arrebatos místicos de Bedia (que llegaba de la guerra
de Angola lleno de furia panafricana); la espiritualidad declarada de
Elso, el "blanco", católico, revolucionario idealista como lo había sido
su padre, pero desplazado en ese Corazón de América. Elso abrió un "camino del exilio", que muchos artistas cubanos habrían de seguir -aunque brevemente a razón de las veleidades de la política de inmigración mexicana. Su presencia, como artista y como ejemplo, perdura finalmente en este volumen.
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