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Art # od068, "Olga Costa.. contra sus ruidos y sus radios…"

La Cultura en México, 29 de agosto de 1997

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

La trayectoria pictórica de Olga Costa es sorprendente, empieza a pintar discretamente en los años cuarenta siguiendo el ejemplo de su esposo el pintor José Chávez Morado. Sus primeras obras, de apariencia frágil, dejan entrever no obstante su habilidad. Acierta en la manera de compensar sutilmente ciertos desequilibrios de los volúmenes gracias a audaces deformaciones (Cabeza arcaica, 1948) que recuerdan algo del expresionismo intuitivo de la obra contemporánea de María Izquierdo. Las amplias masas se equilibran con formas que Olga Costa incluye aparentemente de manera gratuita en sus composiciones. Así, el gran sillón oscuro en La novia (1941) compensa el volumen del personaje inclinado a la izquierda, envuelto en numerosas enaguas blancas

Del impresionismo, Olga Costa adopta en divisionismo y pinta en una gama reducida de rosas pálidos, grises, beiges y verdes diáfanos poco contrastados. El expresionismo le permite cierta libertad y evita la rigidez. La ingenuidad honesta de estas primeras obras de Olga Costa llega a conmover aunque no siempre sean técnicamente muy sólidas.

Con el tiempo y la práctica, el trazo de Olga Costa se vuelve más denso y su gusto innato por la composición se afirma. No obstante, la inseguridad, propia del artista autodidacta, que sigue de alguna manera los modelos impuestos por sus maestros más cercanos la obliga a atenerse a una idea preconcebida, folklorista y exótica en la visión del México que se propone pintar. Los estereotipos fijados por Rivera (en sus series de niños, mercados, etc.) y sus seguidores (Anguiano, Chávez Morado, etc.) con miras al ávido mercado norteamericano marcan de alguna manera la segunda obra de Olga Costa (1950-1960). Este "academicismo" mexicano se hace presente en sus figuras en el trópico algo tiesas, pintadas con una gama cromática más elaborada y densa de verdes, anaranjados, rosas, azules y rojos profundos que expresan la exuberancia de la naturaleza mexicana en contraste con el hieratismo de las siluetas silenciosas de los indígenas. Su Vendedora de frutas (1951), verdadero homenaje a la flora mexicana, a pesar de su rígida composición demasiado intelectualizada, es un grito de amor sincero a la naturaleza. El escalonamiento de los planos dentro de un espacio planimétrico, los volúmenes (frutas o grupos de frutas) pintados individualmente como elementos yuxtapuestos en la verticalidad, recuerdan, por su presentación, la tradición del bodegón.

Luego viene el cambio. Sorprendente. Inesperado. Olga Costa deja fluir su imaginación directamente, sin impedimentos conceptuales o literarios previos a la obra, sin intelectualizar ni remitirse a sus maestros. Abandona los trucos, la voluntad perfeccionista, las convenciones y hasta los buenos modales de una pintura "bien hecha": Olga Costa se vuelve más pintor. Deja de lado la facilidad de recurrir a la figura del indígena o a la representación de la naturaleza como reflejo de lo mexicano, abandona los verdes y anaranjados a "lo Rivera" los amarillos, ocres y morados "a lo Tamayo"; Olga Costa se vuelve más mexicana en la medida en que pinta directamente las texturas y las formas de la tierra, las asperezas de las rocas, las calidades del cielo, la sutileza de la luz del Bajío donde se retiró a vivir.

Poco a poco, como antaño en la obra de Turner, los horizontes descienden hasta el extremo del marco, el ciclo y la atmósfera invaden todo el espacio, la luz inunda la superficie del cuadro, recortada por volúmenes erguidos: lomas ásperas, rocas, muros y paredes. Simultáneamente la representación de la figura humana va desapareciendo, pero el Hombre se vuelve más presente en filigrana, a través de sus construcciones, de las transformaciones que impone a la naturaleza: arquitecturas, calles, carreteras y cultivos (Casa azul, Casa Roja, Follajes azules, Pueblo minero de noche, etc.) Estas huellas humanas en la superficie terrestre son el tema principal de una obra que abandona la representación -expresionista o realista- para acercarse cada vez a una forma de abstraccionismo figurativo. Descubriendo el paisaje, Olga Costa descubre las posibilidades plásticas de los volúmenes depurados. Asume cierta artificialidad como medio de expresión formal de una idea "filosófica": la posibilidad para el Hombre de transformar la naturaleza vista como una subversión casi sacrílega: "Antes me gustaba mucho pintar gente, pero ahora, con esta superproducción -masas que se te vienen encima- da horror Las multitudes me aterran verdaderamente, me matan los sitios llenos de gente. Es la fuerza bruta de la masa que invade todos los sitios y va destruyendo la naturaleza como hormigas... y sus ruidos y sus radios. Me he puesto a pensar muchas veces por qué dejé de pintar gente y en realidad hay cierto rechazo." [1] De esa agresión surge la manifestación pictórica de una artista solitaria, aferrada a una tierra que nutre una obra muy personal que no corresponde a ninguna de las características, modas o corrientes pictóricas actuales.

Salta a la vista el paralelo entre la obra de un Cézanne, aislado en un voluntario exilio campestre, y aferrado a crear sin impedimentos una obra clave, en la infinita repetición de los mismos paisajes, vistos no como elementos de inspiración, sino como instrumentos de un análisis con el fin de lograr una "absoluta perfección" formal. Así Olga Costa, voluntariamente marginada depura formas y trabaja incansablemente "las puras atmósferas del Bajío", los volúmenes erguidos en el espacio hasta culminar en la plasticidad tangible, palpable, densa de los muros de su Pueblo minero de noche, sólidamente construido por medio de colores violentos y audaces.

Sorprende aún más la última obra de Olga Costa (1978-1979). Sus cuadros (Ladera y Niebla) se abren sobre espacios ilimitados que traspasan la barrera del marco. Los volúmenes anteriormente muy elaborados, aquí se deshacen, se diluyen, borrando formas para volverse atmósfera pura, límpida, diáfana; la vibración de la luz, la irradiación del color, cubre la superficie de la tela. El ojo recorre sin detenerse, preso de una magia colorida, la extensión de estos horizontes inmensos en que la huella del hombre sólo se manifiesta en los cultivos geométricos escalonados: formas puras, abstractas en las laderas. Olga Costa -como también lo hizo e maestro de Aix- lora en sus últimos cuadros la maravilla de un espacio que se abre sobre el infinito de la imaginación.




[1] Olga Costa en una entrevista con Elena Urrutia, unomásuno, jueves 28 de junio de 1979.

 
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