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Art # od065, "Los surrealistas y México"

La Jornada, 18 y 19 de julio de 1986

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

En París, en los primeros años veinte, el surrealismo fue grito de rebeldía, intento místico de remontar hacia los orígenes de las pulsiones creativas, revalidación de todos los brotes desenfrenados que la Razón -civilizadora, normalizante-desterraba. El fantasma del doctor Freud recorría Europa en aquellos años falsamente alegres de la posguerra: las formidables revelaciones del psicoanálisis alimentaban y renovaban la poesía, permitía observar de nuevo el mundo, no como una sucesión de fenómenos relacionados, sino como un todo dinámico, un enredijo de sutiles fuerzas que pugnaban en las sombras. Los demonios aguardaban entretelas: la Revolución Surrealista, en un desesperado acto de reivindicación política en contra de todas las normas a las que se sujetaba la civilización occidental, acariciaba sus quiméricas cabezas, su pelambre leonina en la que chispeaban las estrellas del porvenir.

¿Qué orfebre de la lengua no ha soñado alguna vez con in ventar una palabra mágica, el sésamo milagroso que encubriría todas las realidades y sobre todo lo innominable? El gran Linneo se había visto compelido a forjar una clasificación adyacente, no exactamente una rama desprendida de su genealogía, más bien una especie de raro retoño con características propias. Entre aquellos "monstruos" figuraban todos los marginados de la Creación, varios eslabones perdidos y casos dudosos, bichos rezagados que nunca se decidieron por ser insectos o mamíferos, y algunos productos del bestiario medieval. Era una tipología imprecisa, turbia, que no lo explicaba nada, pero todo lo contenía. Entre 1920 y 1924 un grupo de poetas y pintores que se desprendían del dadaísmo moribundo, pero se declaraban igualmente en contra, inventó a este fin una rúbrica nueva que debía reunir, sin calificar ni descalificar, las divergencias de toda índole, los fenómenos que no pertenecían a la lógica cientificista de la edad moderna, a las nomenclaturas habituales, prefijadas y pequeñoburguesas.

Palabra mágica, última carcajada del nominalismo, triunfo de lo innominable -pero presente-: todo cabía en el surrealismo, sin necesidad de explicaciones ni carnet de identidad. Andando el siglo, se fueron acumulando en el desván surrealista todos los monstruos y todas las quimeras, casos dudosos, piezas olvidadas, y el surrealismo se convirtió en una tautología perfecta, arquetípica del proceso nominalista: surrealista es lo que es surrealista.

Desde el año de 1925, México figura en el mapamundi surrealista: ocupa un buen espacio entre un Canadá inmenso y un raquítico Cono Sur, una Europa limitada a París, un Tíbet gigantesco proporcionado con China, que abarca medio planeta. En el escudo del surrealismo, aparece el temible escorpión de las costas del Pacífico, pariente del unicornio de nuestros deseos.

Antonin Artaud fue el primero. Ya se había separado del grupo encabezado por André Breton y, equivocando el camino, se embarcó hacia el Tíbet legendario y acabó persiguiendo un inverosímil dalai-lama tarahumara. Quizá buscaba un destino mítico como el de Arthur Cravan, dadaísta, perdido supuestamente en el Golfo de México el año de 1921, pero salvó el pellejo. Breton llegó dos años más tarde. Quería visitar a Trotsky después de la fallida alianza del surrealismo con el PCF. La leyenda del surrealismo recoge entonces esta anécdota típica del proceso de apropiación empleado por Breton. Mandó hacer un mueble con un artesano michoacano y se le entregó tal y como lo había dibujado, en perspectiva; algo así como un ready-made cubistoide inutilizable. Entonces, en una conferencia en la Galería de Arte Mexicano, Breton pronunció aquel improperio verídico o mítico: México será el país surrealista. "Una parte de mi paisaje mental -y por extensión, creo, del paisaje mental del surrealismo- colinda con México" (Breton, "’Recuerdos de México", mayo de 1939).

En viaje de estudios antropológicos, llegaron Wolfgang Paalen, Alice Rahon y Eva Sulzer. Aquí les sorprendió el inicio de la guerra mundial que también deshizo las filas del surrealismo parisiense. Mientras el grupo intentaba reorganizarse en Nueva York alrededor de Breton y Duchamp, en México se instalaban César Moro, Katy y José Horna, Benjamin Péret y Remedios Varo, "la dama oval" Leonora Carrington, Edward James, Luis Buñuel. Con la excepción de Péret, ninguno de ellos formaba parte de la cúpula surrealista (desde tiempo atrás, Buñuel manifestaba ciertas reticencias a participar directamente en el movimiento). Los seguidores de Breton, de cualquier modo, quisieron jugar el papel de apóstoles en América. Pero el surrealismo no renació en México; se convirtió en un lugar común.

El surrealismo, considerado como una mística de la liberación, como el instrumento antiautoritario de apreciación de los "desacomodos de los sentidos", no ha fracasado. La "revolución surrealista" se llevó efectiva, multitudinariamente, acabo (a pesar, o en contra, de algunos postulados iniciales que amenazaban con restringir su campo de acción). Como forma de expresión de una sensibilidad de época, tiene en el siglo XX la misma importancia que el romanticismo en el siglo XIX (las afinidades entre uno y otro movimiento son, además, más profundas de lo que aparentan).En ese sentido, la manera surrealista de ver, de comprender el mundo en su variedad poética, desborda las consignas, abarca incontables procesos de definición y de reivindicación, reúne "otredades" a priori opuestas. Por su misma imprecisión y los efectos de la tautología surrealista, el "espíritu surrealista" semodifica constantemente, se adapta a las circunstancias, se trasciende a sí mismo. No existe -no puede existir- algún "postsurrealismo"; entre todos aquellos llamados movimientos de vanguardia, es el único que sobrevive yprolifera. .

Este es, probablemente, el sentido que quisieron dar Luis Mario Schneider, Ida Rodríguez y Juan Somolinos a la exposición Los surrealistas en México: no sólo proporcionar una descripción lineal, histórica, de la presencia en el país de un nutrido grupo de escritores y pintores afiliados a los propósitos de Artaud, Breton y Soupault, y definir sus lazos con los intelectuales mexicanos, sino recrear "el espíritu surrealista de México" el "paisaje mental" que entusiasmó a Breton en su viaje de 1938. Desde la primera sala, el gran ojo de la mirada surrealista recibe al espectador, y lo introduce en esa particular visión que permitió comprender -si no entender- al país desde una perspectiva eurocentrista. Las salas de exposiciones temporales del Museo Nacional de Arte están atiborradas de objetos, no sólo cuadros y esculturas, libros y papeles de los más importantes miembros del grupo y de los epígonos residentes en México, sino calaveras de azúcar y de cartón, juguetes de lámina, de madera o de barro, tapices y telares que se remiten a la exposición organizada por Breton a su regreso a Francia en 1938. Esta confusa yuxtaposición de objetos de diversas procedencia expresa al fin y al cabo la confusión misma del surrealismo, espacio equívoco, por ende espacio de todas las equivocaciones.

Extraviados en este bazar –como extraviados en el surrealismo-, Agustín Lazo, María Izquierdo y Frida Kahlo, Manuel Alvarez Bravo, Octavio Paz y Alberto Gironella pierden su verdadera dimensión (la de ser los verdaderos surrealistas mexicanos) y se confunden. con aquellos que, como Roberto Montenegro, Guillermo Meza, Antonio "El Corcito" Ruiz, Manuel Rodríguez Lozano, el dudoso caso de Julio Castellanos, Günther Gerzso primera época y Raúl Anguiano, coquetearon alguna vez con las ideas surrealistas. ¿Por qué no incluir entonces la participación, artificial y grotesca quizá, pero significativa de una actitud deliberadamente polémica, de Diego Rivera en la Exposición Internacional del Surrealismo de 1940? ¿Y por qué no confrontar los puntos de vista de aquel imprescindible "compañero de ruta" que fue Luis Cardoza y Aragón con los de César Moro primero, y luego de Octavio Paz? Cabían perfectamente, también, los curiosos experimentos de algunos "Contemporáneos", notablemente los de Xavier Villaurrutia, cuyas actividades complementan las de Agustín Lazo -el primer surrealista mexicano declarado. Puesto que se trataba de mostrar la "visión surrealista" de México, quedó fuera un largo e interesante capítulo de las investigaciones antropológicas y arqueológicas de los años treinta a sesenta, complemento indispensable de la revalorización de las llamadas "artes primitivas" que emprendieron, junto con Roland y Valentine Penrose, Wolfgang Paalen, Alice Rahon y Eva Sulzer, y marcó indeleblemente los trabajos de Miguel Covarrubias.

Llevar hasta sus últimas consecuencias, hasta la apertura total y de la manera más surrealista la propuesta museográfica de revivir el "espíritu surrealista" de México (tal y como se insinúa en el final de la muestra) significaba abrir las puertas y las ventanas del desván hacia las calles del centro de la ciudad, jugar a fondo con el éxito increíble del término, aceptar la confusión absoluta de géneros, y no sólo quedarse con una visión envejecida, situada en un tiempo y en una geografía precisos que el surrealismo mismo intenta expulsar.

 
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