|
No tiene la culpa Gabriel Orozco, cuando el Jornal
espírita de São Paulo ilustra en 1998 un artículo opuesto a los trasplantes
de órganos, con su obra de 1991, Mis manos son mi corazón (fotografía
de un acto en el que presionaba barro con las manos para formar un corazón,
semejante a los Corazones de América de barro y briznas que había
realizado el artista cubano Juan Francisco Elso en 1996).
Gabriel Orozco no tiene la culpa si el anónimo editor de la frívola revista
colombiana Gatopardo (núm 5, agosto 2000), lo incluye entre los
16 artistas más prominentes de Latinoamérica, y lo presenta de la siguiente
manera: "Gabriel Orozco es hijo del legendario muralista mexicano. Y,
al igual que Alejandro Dumas hijo, quiere escribir otra historia. Orozco
constituye la cabeza visible de un movimiento plástico que busca finalizar
con la hegemonía histórica que hace que, cuando se discute de arte mexicano,
se piense en muralismo, en Diego Rivera, en David Alfaro Siqueiros y,
por supuesto, en su papá"
Estos hechos se
inscriben, sin embargo, en la estrategia artística que Gabriel Orozco
desarrolló desde que, abandonando una representatividad aún presentes
en piezas de 1991 (como la Serpiente elaborada con piezas de maquinaria),
inició la larga serie de desviaciones a partir de lo real, cuyas primeras
manifestaciones fueron, aparte de "actos privados" como empolvar un baldío
con polvos de ladrillo, la Piedra que cede y Tono de marcar,
delirante reconstrucción de un directorio telefónico del que fueron recortados,
uno por uno, los números (ambas comisionada por el Museo de Monterrey
para una exposición de obras efímeras y autodestructibles, "Si Colón supiera",
en octubre 1992). En un ambiguo proceso de descentramiento de la teoría
del "aura" de Walter Benjamin, estas obras fueron luego reformuladas como
fotografías, cibachromes para su venta, o simples "documentos".
Esta estrategia consiste simplemente en perturbar (desarreglar, trastocar)
la percepción, dándole a los objetos, no un significativo, sino una función,
imprevista. En este sentido, la obra de Gabriel Orozco se inscribe en
una larga tradición que pasa por las intervenciones de Marcel Duchamp
hasta la fascinación surrealista por objetos encontrados, pero también
por las construcciones efímeras de Picasso, organizando en la arena de
la playa antiesculturas con algas y detritus que la marea se llevaba ante
los ojos desesperados de sus ávidos dealers. El mismo Picasso afirmaba:
"Yo no busco, encuentro". Asimismo, Gabriel Orozco encuentra y
provoca las obras. Ambas palabras tienen aquí un mismo sentido, ya que
estar atento a las variaciones de lo real visual, a las huellas de una
bicicleta después de la lluvia o la caída de una piedra en una azotea
encharcada, tiene resultados idénticos a colocar una caja de zapatos vacía
en un pabellón de la Bienal de Venecia, laminar un coche, destripar un
elevador o perseguir motos amarillas por las calles de Berlín. La única
diferencia está en el soporte último, en el mármol o en la foto.
Aunque peca de mecánico
y repetitivo, el procedimiento es divertido, y bien hace Gabriel Orozco,
en su envío del catálogo, al revelar estratégicamente que el origen de
estas estrategias se encuentra en los programas lúdicos de las "escuelas
activas" a las que fue sometido en su infancia. De alguna manera, este
hijo del pintor muralista Mario Orozco Rivera -que no tenía nada que ver
ni con Orozco, José Clemente, ni con Rivera, Diego, pero sí fue asiduo
discípulo y cercano seguidor de Alfaro Siqueiros, David, y educó por lo
tanto a su hijo en el más estricto estalinismo mexicano con todo y viajes
a Moscú, la Internacional y El Partisano en el patio del
Colegio Madrid y la impuesta militancia en las Juventudes Comunistas de
paliacate rojo que describe Gabriel Kuri-, comprende las implicaciones
políticas de estos deslizamientos en tanto que elementos desestabilizantes.
Las desviaciones de función y sentido de objetos comunes, anticlimáticas
en su negación de lo narrativo, que provoca/encuentra Gabriel Orozco en
sus obras, interpelan en muchas ocasiones a la economía (en sentido de
economía política), particularmente cuando trata de reescribir las reglas
del ajedrez o del billar, cuando interroga subrepticiamente "ídolos" nacionales
(la DS Citroën de los franceses, la Vespa de los italianos, la Inocencia
de los gringos), o cuando explicita una relación entre flujos financieros
y valor artístico de la economía postindustrial (Home Run, MoMA,
1993). Táctica inevitablemente silenciosa -puesto que la explicación invalidaría
el procedimiento-, recuerda la estrategia inquietante de Marie la muda,
el personaje de La novia del pirata (Nelly Kaplan, 1969) acumulando
en un baldío los suntuosos regalos de sus amantes, en un acto exasperado
de perversión de sus funciones y sentidos sociales de los objetos de consumo.
Sin embargo, el afán de no quedarse en un simple
plano metafórico-artístico, hace que muchas veces la estrategia titubea,
particularmente cuando se establece como metadiscurso de la propia obra
y/o construcción de "una vida para el arte". Si bien la intervención directa
alcanza cierta poética (por ejemplo, cuando fotografía, a la manera de
Tarkovsky, su propio vaho en la superficie de un piano), en la elaboración
de su persona se sirve de equivocas interferencias autobiográficas
-nunca "originadas" por Gabriel Orozco, como el mencionado esbozo biográfico
en Gatopardo, pero jamás desmentidas en la mejor tradición estalino-príista.
El catálogo de la muestra que mañana se inaugura en el Museo Tamayo es
claro ejemplo de ello: para este anunciado "retorno a la ciudad de su
infancia", Gabriel Orozco escogió para la carátula la imagen de su inocencia
mexicana, con caballito de madera y traje de charro. Asimismo, exigió
de tres de sus amigos de la adolescencia, Gabriel Kuri, Damián Ortega
y Abraham Cruzvillegas, la elaboración de textos panegíricos que, en sus
mismos excesos (la tira cómica simplona de Damián Ortega, burda imitación
de las de Ad Reinhardt y Rius, explicando Gabriel Orozco a los idiotas),
faltos de información y distorsiones históricas (la versión de Cruzvillegas
del arte de los ochenta) y arrogancia (Gabriel Kuri: "Con sus obras, y
el hilo que las conduce, [G.O.] regala a sus simpatizantes, compatriotas
u oponentes, a los que intentan fusilarlo en cada oportunidad, a aquellos
que creen haberlo descifrado, la moneda preciosa del asombro"), resulta
autodenigrante para estos mismos artistas. Habrá que dilucidar, asimismo,
por qué un teórico como Benjamin Buchloh invirtió tanto en defensa y promoción
de Gabriel Orozco, justo en el momento en que su revista, October,
entraba en una grave crisis ideológica que implicó un casi completo repliegue
de sus integrantes originales.
De todo ello, por
supuesto, Gabriel Orozco es inocente.
|