|
Art
# od059, "Luis
Cardoza y Aragón con las cartas sobre la mesa"
|
|
La Cultura en México, 28 de septiembre de 1983 Por: Olivier Debroise |
|
by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
|
|
Insensiblemente le texto deja de ser el breve ensayo literario que el título del libro prometía (André Breton atisbado sin la mesa parlante, UNAM, 1982), y se convierte en otra cosa. En un recuento, en un panfleto, en una manera de poema ensayo y, también, en un ajuste de cuentas. Aparentemente desestructurado, conformado por recuerdos personales cotejados siempre por recuerdos ajenos, por cortas, pero vigorosas, disertaciones colaterales al tema central, por una mezcla de citas y de acotaciones, o por citas asumidas de repente como propias (y entonces vuelan las comillas: "La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre", p. 111), el texto de Luis Cardoza y Aragón emerge como una especie de "escritura automática". Una escritura automática que reconoce en cada oración su carácter reflexivo: detrás del fluir constante de palabras se encuentra una mente, preocupada por la razón, razonando sus memorias. Cada adjetivo, cada metáfora, están deliberadamente seleccionados, pero el ritmo sincopado de las frases sacrifica muchas veces la sintaxis. La aparente espontaneidad de la prosa de Luis Cardoza no impide un control del sentido. Aflora siempre el vigor primigenio, "adolescente", del que descubre y se regocija por la altercación de dos palabras: rasgo eminentemente surrealista que, desde Luna Park hasta este último ensayo, marca toda la escritura de Luis Cardoza y Aragón. Las frases desenvueltas, impactantes como exabruptos, otorgan a sus ensayos sobre artes plásticas -desde La nube y el reloj hasta sus más recientes apuntes sobre Malevich- una frescura que traduce, mejor que muchos análisis, el deslumbramiento de los sentidos ante un cuadro. Como aquellos, este texto sobre André Breton parece escribirse fuera de la voluntad del autor, a un ritmo desenfrenado próximo al de un pensamiento hiperactivo: oraciones breves, inconclusas a veces, apuntes a tontas y a locas, furibundas metáforas escatológicas, exclamaciones, onomatopeyas, coq-à-l’âne. Sin embargo, en el último momento, el sentido se restablece, la lógica interviene, y la Idea brota... Luis Cardoza y Aragón escribe como un surrealista sobre el surrealismo. Desde las primeras páginas rinde tributo al movimiento en el que se formó como escritor, en el París de los años veinte. El ensayo íntegro confirma esta filiación del poeta guatemalteco. Reconocimiento de una deuda. André Breton aparece como un mero pretexto para extenderse sobre la historia, literaria y política, del surrealismo. Breton es el centro, y hacia él convergen todos los hilos. Pero el verdadero protagonista del ensayo de Luis Cardoza y Aragón es, sin duda, el propio Luis Cardoza y Aragón. Cardoza analiza, paso por paso, su itinerario al lado, y luego en contra de, los surrealistas franceses. Se observa a sí mismo retrospectivamente -y, también, en presente- y busca desenmascarar sus actitudes literarias y políticas en el transcurso de medio siglo de actividades surrealistas. El libro se vuelve entonces una entrañable colección de retratos de los amigos devorados por el tiempo: Breton, Louis Aragon, Artaud, Éluard, Tzara, etc. Al margen, Cardoza y Aragón apunta coincidencias, reconoce el talento específico de cada uno, subraya las diferencias. con los años, los lazos de los surrealistas de la primera hora se degradan, cada uno adopta posiciones individuales, más o menos cercanas a la de Breton, y confiesa credos ideológicos divergentes. El primero en separarse estrepitosamente es Antonin Artaud, en 1926 ¿Dejó por ello de ser surrealista? El caso más sonado, y más patético, tal vez: la actitud de Louis Aragon, y la respuesta de Breton. La exacerbación casi patológica de sus pugnas lleva a Aragon a la militancia en el Partido Comunista francés, y a declararse, contra Breton, ferviente estalinista. Mientras, Breton, a raíz de su ruptura con el PCF, intenta lidiar con la IV Internacional, y termina confesándose visceralmente anticomunista. Ambos se condenan virtualmente. Ante estas posturas extremas, Luis Cardoza intenta definir largamente su propia posición, que se resume en pocas palabras: con una lealtad inquebrantable, declara ahora como en la juventud "Pienso(si esto escéptico) que no me encuentro tan seducido por el socialismo cuanto exacerbado por la iniquidad del capitalismo". (p. 15) Explica, sin buscar nunca justificarse, ciertas afinidades partidarias y un estilo de vida. El libro se convierte entonces en un brillante panfleto: "Servimos a los demás en la medida en que nos diferenciamos y en que somos para los otros. No me arrebaño ni porto cencerro pendiendo de mi gaznate; mi democracia se opone a la uniformidad. Cada yo no es una célula, sino un destino. El pueblo ha de erigir cada uno de estos". (p- 61). La silueta de André Breton, por supuesto, atraviesa estas páginas. Papa del surrealismo, chef de file de, tal vez, el más importante movimiento artístico del siglo XX, descubridor de talentos, falsificador de apócrifos, instaurador de mitos, gran Inquisidor y pequeño Stalin de la Internacional surrealista, en André Breton todo empezó, en torno a André Breton, todo se destruyó. Menos el surrealismo, porque el surrealismo empezó antes de Breton y seguirá después de él (prosigue en las artes y en las letras, en la vida misma -Luis Cardoza como prueba fehaciente de su vigor). Luis Cardoza y Aragón, con su letra surrealista, celebra y aborrece a André Breton. Celebra el que abrió de par en par las puertas de la literatura, y permitió a un sinfín de jóvenes autores lanzarse a escribir "como si nadie hubiese escrito antes". Las palabras al desnudo con su sentido resplandeciente, se presentaron ante los ojos de Luis Cardoza y Aragón, reveladas, y con ellas escribió Luna Park y Maelström, largos "prosopoemas" influidos por Apollinaire y Cravan, por Tzara, por Breton, por Pessoa tal vez (Pessoa menos la furia, pero, con ese mismo misticismo pagano ambivalente). Aborrece las actitudes sociales, la mentalidad de capilla, las complacencias pequeñoburguesas de André Breton. Luis Cardoza no desmiente, sino que ahonda su toma de posición antibretoniana de 1940. Ya, en una de sus reseñas de la Exposición Internacional del Surrealismo en la Galería de Arte Mexicano, en enero de 1940, escribía: "¿¡¡Imaginaos esa náusea, una academia del surrealismo!!? bazofia tonta, aburrida y lamentable, y más prosa, mucha más prosa (¡cuánta existe!) que la académica prosa tradicional." [1] Breton despojé a numerosos surrealistas del surrealismo, buscó quitarles las posibilidades de seguir siendo surrealistas renovándose, como una manera de preservar la pureza del movimiento. La Revolución surrealista tenía que ser la más absoluta, y de ninguna manera podía ser "permanente". Otra vez el caso Aragón: ¿Acaso no siguió siendo surrealista, aun en los días de sus más virulentas declaraciones estalinistas? Según Luis Cardoza, esa actitud de Aragon, en sí tenía algo de surrealista. Breton-Robespierre, payaso luminoso, dando pataletas en el vacío para salvaguardar el surrealismo en contra de la actitud surrealista. Y el surrealismo acabó siendo una estática utopía, contra la vida. Cayeron las cabezas: Artaud-Danton, Aragón-Saint Just, Éluard-Desmoulins. El único traidor fue Breton, pero la traición obedecía a un afán irreconciliable de sobrevivencia. De cualquier modo, el surrealismo ya se le iba de las manos, ya andaba "como un fantasma, recorriendo el planeta". Y aquí está Luis Cardoza y Aragón, como la prueba contundente de la existencia del surrealismo enérgico de la primera hora (en contra de los insípidos avatares edulcorados, del surrealismo de salón que prolifera después del término de la Segunda Guerra Mundial). Para Luis Cardoza y Aragón, el surrealismo tiene una estructura circular y funciona de alguna manera, como una tautología: André Breton nunca es más surrealista que cuando es surrealista, y la actitud surrealista es el mismo surrealismo. Esto puede explicar, tal vez, la actitud de André Breton: el surrealismo se nutre de sí mismo y, por ende, no puede salirse de sus rieles: "¡¿No es el colmo del surrealismo legislar sobre el surrealismo?!" (p. 72). Desde ahí, los malentendidos, las rupturas, la exacerbación de la idea misma de surrealismo. Luis Cardoza y Aragón no puede, legítimamente, perdonarle a André Breton haberlo despojado del surrealismo (¿dónde quedaron las ilusiones adolescentes?), no puede perdonar al inteligente amigo la inconsciencia ante la misma realidad del suirrealismo. Y, sin embargo, Luis Cardoza se atiene a su verdad, y reconoce los lazos amistosos, imborrables a pesar de las diferencias, en honor a la memoria de sí mismo. Con las cartas sobre la mesa, Luis Cardoza y Aragón a la vez destroza y reivindica a André Breton, con las tripas y con el cerebro, con el corazón y con sus recuerdos.
[1] Luis Cardoza y Aragón, "La exposición surrealista", El Nacional, 28 de enero de 1940. |