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Art
# od053, "La Virgen en el Centro de Arte Contemporáneo"
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La Jornada, 27 de enero de 1988 Por: Olivier Debroise |
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La imagen se reproduce, sin cambios aparentes, de cuadro en cuadro: la misma actitud, la misma pose, el mismo gesto, la misma mirada de compasión dirigida hacia la tierra de los hombres; los mismos colores, inclusive, de la tez, del vestido y del manto renacentista. Por su esencia divina -no es obra humana, se "pintó a sí misma" en la tilma de Juan Diego-, que la diferencia sustancialmente de las reproducciones de santos terrenales, la Virgen de Guadalupe puede ser (tiene que ser) la imagen menos distorsionada de la iconografía cristiana. A través del tiempo, los copistas modificaron la periferia de la imagen, su entorno, con las representaciones variables de las cinco apariciones o vistas del Tepeyac, o con "signos de los tiempos": santos que se colocan bajo su protección, ángeles y querubines que cantan sus loas, escenas que podríamos llamar costumbristas y revelan sus Intervenciones en el Mundo, en los ex-votos anónimos. Llenan, en el auge del barroco, un cuadro de grandes dimensiones; enmarcan al icono impoluto. Ninguno de los copistas puede (debe) alterar su figura; Ella, atemporal, rodeada de rayos dorados, permanece intacta. Vista en esta perspectiva, la exposición resulta un alarde de erudición: y los eruditos se detienen a observar tal o cual detalle, qué indica la mano de algún discípulo de Villalpando o de Cabrera. Vista en esta perspectiva, museográficamente, la exposición es un tedio (recuerda, curiosamente, alguna exposición de Andy Warhol: imágenes seriadas idénticas entre sí, hasta el cansancio). ,¿Cómo ver, entonces, la exposición? ¿Con los ojos del cristiano, imbuido de una devoción que transfigura a las imágenes?, ¿de un fervor que las sublima? ¿Y las distingue? El museo se ha convertido en un espacio aparte. No un templo, stricto sensu, sino una extensión del espacio de devoción, fuera del siglo y de sus realidades. El museo, espacio privilegiado de la vista ("favor de no tocar", reza el letrero), consagrado a la Belleza, se sitúa (mediante sofisticadas técnicas de preservación) en los márgenes de las contaminaciones mundanas. Ahora -y está no es la menor de las paradojas- acoge una de las más antiguas y arraigados devociones. Muy pocas, entre todas las imágenes de la Virgen de Guadalupe, habían sido consideradas como " obras de arte": meras copias del original conservado en la Basílica, tenían una función exclusivamente votiva -que, en numerosa, ocasiones, borraba sus eventuales defectos formales (muchas son obras de artesanos o de aficionados). Al penetrar en el recinto museográfico, a su estatus religioso se sobrepone un valor como obra de arte; paralelamente, su valor como objeto de devoción diviniza el recinto. La confusión es plena. Cabe preguntarse ahora qué motivó al Centro Cultural/Arte Contemporáneo a realizar una exposición de este índole. Se trataba originalmente -y en la perspectiva de una revaloración posmoderna de ciertas manifestaciones para-artísticas que ha marcado diversas exposiciones de la Fundación Cultural Televisa, como la de los textiles mexicanos- de revisitar a la Virgen de Guadalupe a la luz de su reciente valoración como símbolo, no sólo religioso sino sentimental, nostálgico y nacional, iniciada por ciertos artistas chicanos. Un fenómeno que se inscribe, como lo apunté en otra parte, en el malestar causado por diversas crisis que obliga a volver los ojos a los elementos más cargados de sentido. La Virgen que asistió a los independentistas retorna al campo de batalla desde las trincheras del arte moderno. Pero la ambición de los organizadores de la muestra se vio rebasada: en vez de resaltar eventuales modificaciones del icono, como se podía esperar de un centro cultural dedicado al arte contemporáneo, se limitaron a presentar un amplio, y sin duda interesante, panorama histórico. La sección dedicada al siglo veinte, y las aportaciones más originales del momento actual, la exposición de esta vitalidad del culto guadalupano, fueron literalmente sacrificadas en aras de una visión histórica exclusivamente religiosa. Hay que notar, sin embargo, que estas imágenes sustentan -¡y de qué manera! ¡y con qué ímpetu!- las proposiciones recientes, relegadas en la última sección de la muestra; demuestran además la actualidad de una mitología que rebasa y con mucho la simple devoción, se vuelve punto de convergencia de credos diversos y contradictorios. Este nuevo templo reúne adoradores opuestos entre sí, pero Ella, atemporal, intocable, permanece intacta. |