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Art # od050, "La cultura de la catástrofe"

La Jornada, 20 de mayo de 1986

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Entre otros efectos secundarios, los sismos del año pasado parecen haber dotado a los capitalinos de una nueva e imprevista conciencia cívica, de un sentimiento solidario de la convivencia urbana. En muy pocas horas, los días 19 y 20 de septiembre, el trauma colectivo se extendió de las zonas más afectadas al conjunto de una ciudad repentinamente paralizada, y el día siguiente, el amanecer amargo, no termina aún: fragmentos aparentemente intactos se siguen desmoronando entre nubes de polvo y bruscas caídas de concreto y acero. El nuevo perfil, la geografía postsísmica de la ciudad de México, todavía no se estabiliza.

La destrucción del paisaje, la irrupción de la muerte entre los vivos, la ruptura de la rutina, modificaron un estado de las cosas: la catástrofe precipitó a una población fuera de la normalidad y, no obstante las consignas oficiales y los intentos difusos de retornar a la cotidianeidad, durante varias semanas, nadie pareció desear el retorno a lo de antes. Casi de inmediato, el sismo fue considerado como un hito, como un parteaguas en la historia del país, y empezaron a circular rumores de cambios aún más drásticos y radicales. A la paranoia colectiva se fue agregando una curiosa expectación, algo así como el deseo latente de acabar de una vez con los males heredados del pasado, de volver a empezar desde cero. Hay que comprender este fenómeno, por ambiguo que parezca, como un formidable impulso vital, inédito en México desde los remotos tiempos de la Revolución. Se expresó, en primera instancia, por una verborrea desenfrenada, por la repetición invariable y mitificante (en el buen sentido de la palabra) de las mismas, terribles, abominables, historias. A las estadísticas anónimas de la muerte colectiva, el sentido común opuso las muertes privadas, las anécdotas personalizadas, mucho, muchísimo más crueles: manera de delegar las culpas, de seguir viviendo entre ruinas físicas e imaginarias (las de tantos proyectos individuales rotos de tajo). A esto se debe el éxito inaudito de las crónicas inmediatas de Carlos Monsiváis, Cristina Pacheco, Humberto Musacchio y, sobre todo, Elena Poniatowska, así como de los suplementos fotográficos editados por los diarios: fueron los primeros en alimentar un sentimiento de catástrofe perpetua que puede, en cualquier momento, invertirse y transformarse en esperanza de regeneración. Nuestros cronistas nacionales asentaron las premisas de una futura "cultura de la catástrofe" definitivamente localizada en la área metropolitana (lo que ha de ocasionar nuevos y variados choques con la provincia), que quizá se puede definir como un paradójico mesianismo para nuestro próximo fin del siglo.

Muy pronto, las historias de vida consignadas en las crónicas han sido sustituidas por expresiones metafóricas que, tal vez, carecen del impacto brutal de los ejemplos de la realidad, pero introducen una valoración en segundo grado, lírica aunque descarnada. A las discretas evocaciones de la ciudad derrumbada insertas en las películas de Alberto Cortés y Diego López, premiadas en el Concurso de Cine Experimental, se contrapone, por ejemplo, la fallida alegoría de la destrucción de la capital que, con bastante oportunismo, ofrece Jorge Prior en El ombligo de la Luna. Sin querer valorizar una película defectuosa, burda y aburrida imitación de los Mad Max futuristas y posnucleares, hay que notar, sin embargo, esa violentísima reacción que pasa, por un lado, por la utilización agresiva (y bastante molesta) de las "escenografías naturales" producto de la destrucción; y por el otro, por una extraña recuperación de las mitologías jipitecas, de un rico aztequismo trasnochado al que se mezclan elementos estéticos high-tech, y el ya habitual tremendismo pandillero, pesadilla de las clases medias. La intención era interesante y, además, reveladora de un estado mental, con todo y contradicciones; la realización, desgraciadamente, deja mucho que desear.

Resulta asimismo elocuente la gran cantidad de cuadros con temáticas sísmicas recibidos en el último Encuentro de Arte Joven celebrado en Aguascalientes el pasado mes de abril. Rubén Ortiz, quien despunta desde hace algunos meses como uno de los más dinámicos e imaginativos pintores de una generación nacida en los años sesenta, mandó una tela impactante, un edificio en pleno derrumbe contrapuesto a un poste de luz que se sostiene como por milagro entre las piedras caídas (una de las cuales adopta la forma de una cruz). El cuadro, titulado El fin del modernismo, se contrapone con otros dos, una paráfrasis de la Mujer llorando de Picasso, contemporánea del Guernica, que Roy Lichtenstein ya había parodiado hace unos veinte años; y una como estampita de primera comunión ampliada y pintada en limón ácido, dorado y plateado, titulada Y el hombre hizo a Dios. Varios pintores (entre ellos Mario Rangel Faz y Diego Toledo) parecen seguir esa misma línea, y entrelazan imágenes de destrucción con una iconografía religiosa. Unos cuantos ejemplos, aparecidos en los últimas semanas, de una cadena de manifestaciones que han de caracterizar, quizá, esta media década, y se suman al ya largo catálogo de literatura telúrica mexicana.

 
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