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Periódico:
Reforma,
Fecha: Lunes,
18 de septiembre del 2000
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Junto con Helen Escobedo,
Felipe Ehrenberg, Ulises Carrión, Lourdes Grobet y, like it or not,
Sebastián, Marta Palau es una de las precursoras del arte conceptual en
México, y una de las primeras en defender géneros "abiertos", lo que en
los años 60 aún se llamaban "ambientaciones". En su uso de materiales
orgánicos, objetos-fetiches inspirados por culturas animistas entrelazados
con signos industriales, Palau proponía una crítica de la sociedad contemporánea
y una poesía muy personal, anclada en el reconocimiento y la defensa de
un territorio cultural específico, que antecede, por citar un caso, los
montajes "ecologistas" de Yolanda Gutiérrez. En el catálogo de la primera
versión de "Cinco continentes y una ciudad" Marta Palau justificaba su
propósito de una manera que recuerda su postura como artista conceptual:
"La pintura es un ejercicio que acompaña al hombre desde sus albores:
petroglifos, pinturas rupestres y jeroglíficos -predecesores de los caracteres
de la escritura- se repiten en las diferentes culturas de los cinco continente.
Volver nuestra mirada a la fuente de donde todo brota, la pintura, es
inevitable [] Es necesario atender a las fuentes más que a las modas."
Esta última frase,
quizás, revela la apuesta de Palau al organizar tanto el Salón de Estandartes
como "Cinco continentes": demarcarse de las tendencias dominantes, de
formas de arte determinadas por los centros hegemónicos (ahora las bienales
internacionales) y el auge de una diplomacia cultural sin fronteras (es
decir, mundializada como cualquier empresa que se respete en tiempos de
postindustrialización). La misma selección de curadores, conocidos todos
por sus posiciones, si no siempre radicales, enraizadas en territorios
determinados, en África y Asia, en Latino América o la comunidad de origen
mexicano de los Estados Unidos, apunta en esa dirección. Pero, para hacer
valer esta propuesta a contracorriente, para legitimar su disconformidad,
Palau y sus patrocinadores se vieron obligados a utilizar la práctica,
las formas y estructuras ya bien probadas en los organismos institucionales
que intentan impugnar, desde compromisos con galerías comerciales y museos
(aunque es notable la ausencia de patrocinadores corporativos) hasta el
acarreo de curadores y artistas o la publicación de suntuosos catálogos
bilingües de formato preestablecido. Las paradojas tienen
un costo, en este caso más constitutivo que económico, como se deja entrever,
por ejemplo en la disociación de las propuestas de cada uno de los curadores,
en las tres versiones del salón, que no fueron nunca reunidos para analizar
juntos el proyecto. Palau infiere con esto una supuesta autonomía, si
no una total disociación continental, que se basa en una etnología pretérita
y asume lo arcaico (o lo "primitivo") en cada región como expresión de
su autenticidad. No se trata, por supuesto, de lograr un innecesario consenso
curatorial que modere la diversidad de propuestas -al fin y al cabo, uno
de los logros de este salón, particularmente en un contexto mexicano aún
muy cerrado sobre sí mismo-, sino de articular las aportaciones regionales
con el fin de romper agrupamientos museográficos "continentales", y entablar
más sabrosos y enriquecedores diálogos visuales que reflejen los incesantes
intercambios culturales de hoy. Más grave, quizás:
cada quien a su modo, interpela lo que Gerardo Mosquera llama "algo tan
fuera de moda como la noción de pintura" desde posiciones retóricas curiosamente
muy similares, marcadas además por la ironía, pero con propuestas concretas
que no podrían ser más diversas. El que más, el nigeriano Olu Oguibe,
se saca la espina invocando la pintora mítica Asele, madre de las artes
en África Occidental, quien decoró el cuerpo de una serpiente con motivos
decorativos, convirtiéndola en animal sagrado. Valgan lo que valgan las
connotaciones freudianas del mito, Oguibe sí logra reinscribir la práctica
de la pintura en el presente, desembarazado de purismos "étnicos" y perfectamente
situados, no obstante, en una geografía cultural. Para la selección
mexicana -que, a pesar de las reticencias del curador, constituye de manera
absurda, la mitad de la exposición-, Víctor Zamudio Taylor trata de adaptar
un género pictórico ese sí bastante pasado de moda, el paisaje, a las
contingencias del arte contemporáneo. Si bien las piezas de Thomas Glassford,
Luis Felipe Ortega y Claudia Fernández se ajustan literalmente al género,
y uno de los videos de Silvia Gruner cumple por su ritmo la promesa contemplativa
implícita en la idea de paisaje, ninguna obra, de los nueve artistas mexicanos
restantes, ni la del argentino arraigado en Nueva York -aunque muy presente
en la escena mexicana- Miguel Ángel Ríos, y menos aún la de Jimmie Durham
-quien vivió brevemente en Cuernavaca a principios de los 90- no tienen
el más remoto vínculo con paisajes, ni con "sus ecos". A menos que la
instalación de calzones y brassieres intervenidos de Abraham Cruzvillegas
o que los paños empañados de fluidos orgánicos humanos de Teresa Margolles
puedan ser considerados malévolos guiños de ojo al "paisaje" de Manuel
Álvarez Bravo, Las lavanderas sobreentendidas Al elegir, además,
obras ya vistas en otras exposiciones, Zamudio Taylor anula toda posibilidad
de sorpresa en la ciudad. Entre las únicas novedades, hay que destacar
un muy logrado ensamblaje metálico de Glassford, los videos cada vez más
distanciados y "objetivos" de Gruner y los mosaicos de Fernández. La noche de la inauguración, Marta Palau anunció que se retiraba del proyecto dejándolo huérfano, justo en el momento en que su contrapropuesta curatorial, con todo y -o justamente a causa de- sus paradojas, se vuelve más que nunca necesaria.
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