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# od045, "Historia verídica de un fabulista pre-anti-posmoderno"
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Por: Olivier Debroise La Jornada Libros, 26 de septiembre de 1987 |
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Manuel Fernández Perera. La especie desconocida. fotografías de Lola Álvarez Bravo. Quinqué. Dice la historia -pero tal vez se trata de una fábula- que monsieur Jean de La Fontaine, el moralista francés autor de algunos centenares de fábulas, se levantaba muy temprano por la mañana, ingería rápidamente algún alimento sólido y salía a herborizar. Cual ocioso dieciochesco, paseaba por la impoluta campiña francesa recogiendo, aquí, un farolillo color malva que insertaba entre sus dientes; allá, al borde de los viñedos que cubrían las lomas con su precisa geometría, un racimo de jugosas uvas. Su silbido acompasado no desentonaba entre los cantos de los pájaros, los susurros del viento entre las ramas. Cerca del mediodía, el fabulista se recostaba en el musgo verde, a la sombra de un sauce centenario. Los animales silvestres, la zorra y la liebre, el cuervo del mal agüero, el venado de delicadas facciones, la diminuta tortuga europea, no se molestaban con su presencia, seguían sus banales ocupaciones. El fabulista los observaba, estudiaba sus actitudes, sus movimientos; los comparaba con los de los animales del corral -el gallo, los pavos, el burro. Divertido, les encontraba extrañas similitudes con sus coetáneos, aquellos parisienses imbuidos de su persona, asiduos cortesanos, y con los comerciantes que ya para entonces (nos lo comprueba Fernand Braudel) se habían vuelto los mandamás de la gran ciudad. Pero esto es una mentira: La Fontaine -que no era un buen traductor- imitaba con la impunidad que le otorgaba la distancia de los siglos, a los insignes y nunca superados fabulistas antiguos, Esopo y Ovidio. No hay castillos, no hay parques A nuestro fabulista, Manuel Fernández Perera, le tocó crecer y vivir -cuestión de tiempos históricos- en la urbe gigante de finales del siglo XX. Aquí no hay castillo ni parque que lo rodee, en el que deambulen libremente los venados y las liebres; no hay corrales en los que ejerza su dominación el gallo vanidoso, sino toldos de lámina alumbrados día y noche, en los que trabajan, como buenas obreras, las ponedoras. Los animales de tan instructivas costumbres -y los hombres también- han sido domesticados. A Manuel Fernández Perera no le quedó más recurso que visitar el zoológico de Chapultepec. ¿Iría también al de San Juan de Aragón? El crítico de arte inglés John Berger explica en un brillante análisis por qué los zoológicos no les gustan a los niños del siglo XX. Desde los años treinta, míster Walt Disney nos acostumbró a ver los animales brincar, saltar, perseguirse reiteradamente. Los gatos (Tom o Silvestre) establecen relaciones sadomasoquistas con los ratones y los pájaros (Jerry y Piolín); el coyote idiota quiere impedir las fulgurantes carreras del pájaro corredor. Variantes y fugas sobre un mismo tema: el mito de David y Goliat, y el débil gana siempre la batalla... Los excelsos documentalistas de la BBC aguardan meses enteros en la jungla (esa insistencia sobre sus precarias condiciones de vida y las dificultades de trabajo) en espera del momento propicio en que el tigre de Bengala devore al tierno venado, en que la furibunda serpiente asalte al roedor como en una célebre narración de Kipling, en que las aves de vistoso plumaje inicien una danza amorosa. Esos son los momentos que nos entregan, como a cuenta gotas: una imagen de la naturaleza en constante movimiento, una orgía infinita. Nada de esto sucede en los zoológicos: ningún bicho persigue a otro, ningún león devora a su guardia, y las aves parecen adormiladas. Tan sólo los changos... Los animales viven echados, boquiabiertos, papando moscas. De vez en cuando, se acarician. El león apenas abre un ojo cuando lo interpelan; el jaguar va y viene frotándose contra las rejas; la serpiente enroscada se confunde con una rama. Sólo quizá la llegada puntual del guardia con un trozo de carne.. . Por eso, dice Berger, a los niños no les gustan los zoológicos que desmistifican la naturaleza hiperquinética. Los zoológicos fueron construidos por los adultos, con base a una idea preconcebida de la naturaleza, y de la niñez... Ir a donde las cosas suceden Insatisfecho cazador de anécdotas, Manuel Fernández Perera dejó el tedioso zoológico en el que no tenía nada que aprender y, en vez de buscar en la naturaleza desnaturalizada, fue a visitar las antesalas de secretarías de Estado, los restaurantes de moda, las salas de redacción. Ahí sí sucedían cosas. Ahí sí había movimiento. Los jefes establecían relaciones sadomasoquistas de eterna dependencia con sus subalternos; los empleados se pavoneaban delante de sus secretarias... ¡Cuánto movimiento! ¡Cuántos burros, cuántas zorras, cuántas jirafas, serpientes, gallos, ratas y gatos...! Ningún fabulista había soñado un bestiario tan activo. Pero eso no era todo. El gato quería ser el rey de la casa; la mula estudiaba leyes, la vaca se disfrazaba de torito, el ganso fingía demencia, el perro se hacía más tonto de lo que en realidad era, la burra quería ver su nombre en letras de neón en la marquesina del teatro, el loro democrático recababa votos. En estas antesalas del poder, todos querían llegar a la cumbre, aunque ninguno sabía a qué cumbre llegarían. Todo se paga; vanitas vanitatum, y vanas ganas de metamorfosearse. Más cerca de Ovidio que de Esopo y La Fontaine, Manuel Fernández Perera describe ese impreciso pero constante vaivén, ese movimiento ascendente que termina siempre abajo; paradoja de la grilla. Sus bestias viven obnubiladas por una misma cosa, ser lo que no se es, e imitan a sus congéneres o a sus rivales. Animales travestíes. Moraleja: aunque la mona se vista de seda... |