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Art
# od044, "Henri Cartier-Bresson "
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Por: Olivier Debroise La Cultura en México, 8 de octubre de 1980 |
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El nacimiento de la fotografía coincidió con la elaboración por Michelet del moderno concepto de Historia. Cuando el mundo occidental toma conciencia de su "devenir histórico", necesita de de un medio de reproducción "fiel a la realidad" con el que ratifica su existencia y comprueba su propia importancia. A lo empírico, a la subjetividad fuente de todos los errores, la burguesía opone la tecnología infalible. Hasta no ver, no creer: para vivir diariamente la Historia hay que ser testigo ocular de ella. Entonces nace un nuevo personaje "histórico" el reportero gráfico, cronista de una Historia que se está haciendo. Él ve por nosotros, descubre paisajes inverosímiles, asiste a guerras y a revoluciones, presencia atentados y manifestaciones, penetra en palacios inaccesibles, frecuenta a los grandes y a los olvidados. En 1946, Henri Cartier-Bresson y un grupo de fotógrafos norteamericanos fundan la agencia Magnun y lanzan un periodismo gráfico destinado a suplantar definitivamente la palabra impresa. La Historia, ahora realidad cotidiana de "las masas" se transforma en un espectáculo magnífico y terrible, y el fotógrafo se vuelve imprescindible. El desarrollo, cada vez más rápido, la multiplicidad y la simultaneidad de los hechos históricos obligan a la fotografía a industrializarse; nuestro ojo-trotamundo se institucionaliza. Hoy, las mismas imágenes que fueron divulgadas por innumerables revistas, entran, debidamente enmarcadas, en el Museo. "Lo que ayer era noticia, ahora es Historia". esta segunda visión y la perspectiva del tiempo imparten a la fitografía un nuevo matiz; el fotógrafo se ha vuelto historiador, la antigua "foto de la semana" es una pieza de museo. Henri Cartier-Bresson, reportero, no pretende hacer "obras de arte", no deslumbra por su maestría técnica, por su efectos o sus rebuscamientos. Consciente de que su trabajos es ante todo informativo, periodístico, prefiere una foto elocuente a una demostración de su talento: el valor documental suple las carencias formales. Una "buena" foto no es necesariamente la que responde a los criterios en vigor en la pintura -luz, composición, textura, etc.- pues la fotografía no nace de una necesidad artística. Hay "algo más" en la fotografía que la caracteriza e impide su análisis exclusivamente formal y obliga a considerarla desde múltiples puntos de vista. La sociología, la historia del arte, la semiótica, el psicoanálisis revelan lo que Roland Barthes llama "el continuo roce de la fotografía con realidad". [1] Henri Cartier-Bresson es uno de los primeros fotógrafos que asume plenamente cm función fotográfica y se opone a la generación de Edward Weston, Paul Strand y Laszlo Moholy-Nagy que, para revalorizar su trabajo, recurrían a una plasticidad tal vez exagerada. Henri Cartier-Bresson no vacila en exponer una foto borrosa, desenfocada, de encuadre convencional. Esas audacias no irritan sino que imparten a sus imágenes un sentido de lo vivido poco común. "Tomar fotografías significa reconocer -simultáneamente y en una fracción de segundo- tanto el hecho como la rigurosa organización formal que lo valoriza. Es poner el celebro, el corazón y el ojo en un mismo eje", explica Cartier-Bresson. [2] No importa entonces que la figura de Alberto Giacometti se mueva, que las sombras de los árboles de las Tullerías sean todas paralelas o que la mexicana enrebozada esté fuera de foco, si eso es lo que le da sentido a la foto. Los retratos de Henri Cartier-Bresson son tal vez sus obras más intelectualizadas. Observador voluntariamente imparcial, se vuelve inconscientemente cruel y fija la mueca de Colette, la desfachatez del joven Truman Capote, la vejez despiadada de Ezra Pound. Hay que descubrir a Faulkner transformado en personaje de una de sus novelas; insmiscuirse en el sórdido cuarto del viejo Bonnard, rodeado por sus cuadros; o volver a ver el célebre retrato de Jean Paul Sartre, bajo la lluvia de un Parrís convencional con una colilla entre los labios. En sus escasos paisajes -algunos tratados en un estilo semi-impresionista-, Cartier-Bresson insiste en los juegos volumétricos. Sin embargo, existe siempre un elemento que altera el natural y vuelve humano al paisaje. Así, una línea de árboles que bordean una carretera de Francia o las mujeres de Shrinagar que elevan su plegaria hacía el majestuoso paisaje de montañas barridas por la luz. Pero, testigo de la vida de su siglo, Cartier-Bresson prefiere detenerse en los hombres que cruzan su camino. Su cámara vagabundea y sorprende a los parisino en su descanso dominical, así como a las alegres prostitutas de Estambul, el borracho de la Bowery neoyorquina o el pomposo académico francés con su traje de opereta. La diversiones de los obreros soviéticos a la hora de la comida o la ira de la deportada de Dachau. Ecléctica, la obra de Cartier-Bresson prueba que no hay tema, despreciable o sujeto que, por su misma trivialidad, no sea digno de verse, aislado de su cotidianeidad por la fotografía. Perdidos en el gran parque vacío los hombres de negro juegan bolas, los ingenieros de la edad atómica se mueven en una escenografía de ciencia ficción mientras los obreros del Quai de Javel, cubiertos de cemento, aparecen como sombras fantasmales entre las bolsas. Henri Cartier-Bresson es actualmente uno de los más cotizados fotógrafos de un recién creado "mercado de la obra fotográfica" paralelo al del arte [3] que sigue divulgando la noción, ya obsoleta, de que la fotografía es un Arte y solamente eso. Las cuantas obras que se exponen en el Palacio de Bellas Artes demuestran que, además de su calidad pictórica, la fotografía encierra otros elementos cuyo impacto es aún imprevisible. A la vez retratos de una época, testimonios de un cronista que escribe con su cámara, objetos informativos y visiones de un artista, las fotografías de Henri Cartier-Bresson prueban una vez más que Fotografía e Historia son dos cosas estrechamente ligadas. [1] Roland Barthes, la Chambre claire, Le Seuil, Les cahiers du cinéma y Gallimard editores, París, 1980. [2] Henri Cartier-Bresson, "L'imaginaire d'aprés nature", texto publicado en facsimile y en inglés (sin traducción al español) en el catálogo de la exposición de Cartier-Breisson que se presenta en el Palacio Bellas Artes bajo el patrocinio de la American Express Company, 1980 [3] Katia D. Kaupp, en una encuesta publicada por Le Nouvel Observateur ("La photomanie", n. 821 del 8 de agosto de 1980) apunta que el más caro de los fotógrafos es André Kertesz (4,500 francos), inmediatamente siguen Cartier-Bresson (3,000) Álvarez Bravo y Marc Riboud (1,000 francos). Sin embargo la resistencia del público a comprar una imagen que pueden adquirir en reproducción mecánica es notoria, Salvo en los casos de fotografías muy antiguas o de primeras copias no se dan casos de especulación. |