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Art
# od037, "Gabriel Fernández Ledesma: recorrido
breve"
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Por: Olivier Debroise La Cultura en México, 5 de mayo de 1982 |
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courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Desde hace más de treinta años, Gabriel Fernández Ledesma vive a espaldas del Tepeyac, en la Villa de Guadalupe. Su casa es una de esas antiguas construcciones organízadas alrededor de un patio y que mantienen algunos rasgos del habitat prehispánico -tal vez el más adecuado al clima de México. La casa de Gabriel Fernández Ledesma, como todas las del antiguo suburbio, se cierra sobre sí misma; en ese mundo interior preservado casi milagrosamente, se conservan reliquias de un pasado no tan lejano, cartas autógrafas de Antonio "El Corcito" Ruiz, de Enrique Fernández Ledesma, de Roberto Montenegro, copias originales de Tina Modotti y Edward Weston, fotos de la filmación de ¡Que Viva México! (pero ya no están allí los dibujos de Eisenstein que Gabriel Fernández Ledesma donó alguna vez a la Cineteca para que se exhibieran en el lobby de la sala Fernando de Fuentes), carteles coloreados del grupo ¡30-30!, muebles michoacanos amorosamente pintados por el mismo Fernández Ledesma, a la usanza antigua, juguetes ingeniosos, tallados en madera o tejidos con carrizo, cuadros, dibujos, placas de grabados y, en el comedor oscuro, las sillas multicolores, las sillas bajas en que uno se sienta para disfrutar un tradicional chocolate batido o un té preparado según el ritual británico (la tetera calentada, el agua que hierve, las cucharadas medidas, el olor discreto). Gabriel Fernández Ledesma ocupa ese desorden acumulado por años y que lo representa, tal vez, mucho más que un breve recorrido por las salas del Palacio de Bellas Artes en las que se exponen sus trabajos. En una serie de dibujos, de acuarelas, de grabados y de óleos, Gabriel Fernández Liedesma reconstruye un rincón de una sala con una mesa desequilibrada, una silla, una ventana abierta que descubre un trozo de cielo iluminado. Pero la luz del exterior no penetra en el cuarto: los objetos, cuidadosamente colocados sobre la mesa y en aparente desorden, se relacionan entre sí pero no tienen vínculos con el espacio que los rodea. De un cajón abierto emerge un guante negro; la mano invisible dejo la huella de su vida ern el material muerto, tela o cuero. El guante erecto sugiere una presencia. Las tereas, las tazas, aun las cabezas de mármol, copias en yeso de esculturas clásicas, como el guante abandonado, sugieren el paso de un ser desaparecido. Hay alguien en esta pieza o alguien acaba de pasar y movió algo de la composición, desequilibrándola. La presencia externa al cuadro anula lo absurdo de la naturaleza muerta artificialmente elaborada: en realidad estos dibujos son instantáneas; Gabriel Fernández Ledesma organiza cuadros deliberadamente situados en un tiempo preciso. Esa intimidad con objetos cotidianos les imparte una vida propia que la presentación pictórica busca resaltar. Los desequilibrios, digamos, cezannianos, con ángulos muy marcados, y las masas muy delineadas, casi recortadas, de los objetos, recuerdan, ciertas composiciones de la tendencia metafísica de la pintura italiana de los años veinte. Hasta aquí con la comparación. Las construcciones de De Chirico, los paisajes vacíos de Carrá, significan una ausencia, una desesperación, el horror al vacío. Gabriel Fernández Ledesma vive, por el contrarío, muy cerca de sus objetos. Reiteradamente, aparecen en sus cuadros pero no son enigmáticos; su misma cotidianeidad justifica su elección como materia plástica. Para su gusto personal, Gabriel Fernández Ledesma fotografía o dibuja juguetes artesanales de madera, de cartón, de mimbre o de lámina. En la revista Forma, que dirige hacia 1926, reproduce estas intrascendentes creaciones. La relación de Gabriel Fernández Ledesma con estos objetos populares es muy distinta de la de Diego Rivera o de Frida Kahlo con los judas de Carmen Caballero o los retablos sobre lámina que adornan las paredes de la Casa Azul de Coyoacán. Gabriel Fernández Ledesma no percibe el objeto folklórico, la manifestación del "genio" nato del pueblo mexicano: su trato es mucho más directo y casi sentimental. Establece un diálogo imaginario con el juguete, que sigue siendo un juego -y el contacto con la materia es primordial. En una doble página de la revista Forma, Fernández Ledesma contrapone una escultura en hierro forjado de José de Creft y un jinete de petate mexicano: "valor 50 000 francos- valor 50 centavos". Más allá de la ironía, lo que le importa es la elaboración del caballito de petate "tejido de una sola pieza", Gabriel Fernández Ledesma gusta del trabajo manual, del contacto con las materias; por ello, tal vez, aparece como uno de los mejores grabadores mexicanos; la libertad con la qué ensaya el grabado en metal, en linóleo o madera supera en mucho el casi académico Taller de Gráfica Popular. En sus grabados diversamente inspirados, Fernández Ledesma alcanza una expresividad poco común y que recuerda algo de la expresividad del Blaue Reiter. As formas desarticuladas e, inclusive, cierta textura particular del trabajo con el buril se organizan para conformar obras a veces toscas y violentas, otras minuciosas y delicadas, per siempre elocuentes. |
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