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Art # od036, "El Universo de Rufino Tamayo"

Por: Olivier Debroise

La Cultura en México, 29 de septiembre de 1982
by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

El universo, caos ultramarino, y una fisura como una llaga, a través de la que se vislumbra un abismo en el que se hunden, como en un hoyo negro, mundos cristalinos. En el firmamento, se forman se forman constelaciones con una precisión matemática. El universo como un cosmos en constante devenir, un espacio deshumanizado o incontrolable por el que circulan fluidos coloreados, morados, verdes opalinos, glaucos; el universo como translúcida visión mística, iluminada desde dentro.

A los ochenta y tres años de edad, Rufino Tamayo elabora una obra monumental de evidente carácter filosófico, un vitral desmontable que, como una bóveda celeste, termina en medio punto. Una obra que se puede interpretar como "la sensación de un fracaso": el artista demiurgo revela su imposibilidad de crear, de alcanzar la perfección o la armonía. El cosmos, regido por leyes inmutables pero azarosas, por una geometría inaprehensible, pone en jaque los deseos constructivistas y, sólo puede abordarse desde el punto de vista del místico, del visionario. En un mismo tiempo, el vitral de Tamayo, representa un ultimo esfuerzo, desmesurado y ambicioso, por llegar a las frontreras de lo inaccesible.

A principio de los años veinte, cuando Rufino abandona la academia, describe personajes intrascendentes, campesinas indígenas, rostros anónimos. El joven pintor oaxaqueño participa del "descubrimiento de México" que emprenden los intelectuales y los artistas del vasconcelismo. Pero Rufino Tamayo, educado en el campo, está más próximo del mundo indígena que la mayoría de los pintores del murales o de la naciente "escuela mexicana". Su visión no está marcada, como la de un Rivera o de un Rodríguez Lozano, por el simbolismo finisecular o por el expresionismo (dos tendencias que, cada una a su modo, reivindican el exotismo como una mística de la creación artística) Tamayo -y ésa es tal vez una de las principales razones de su éxito- representa el auténtico "primitivo" americano que nace al arte con la pureza, con la candidez que muchos artistas de la civilización quieren encontrar. En ese sentido, Tamayo puede ser considerado el antiGuaguin.

A los cuarenta años, Paul Cauguin abandona su vida pequeño burguesa y se vuelve pintor, pero asqueado por la comercialización del arte y por los "vicios de la sociedad", huye pronto a las islas del Pacífico Sur y crea obras deliberadamente desvinculadas. de los cánones occidentales. En Tahití y en las islas Marquesas, Gauguin abandona su vestimenta europea y vive desnudo, se despoja de su cristianismo, busca penetrara la religión de los isleños y comulga con el antiguo rito maorí, practica el "amor libre" e, inclusive, se deja seducir por otras formas de sexualidad; pocos meses antes de su muerte, adopta el punto de vista de los indígenas en sus luchas contra la administración colonial francesa y los defiende públicamente (un paso que el otro expatriado contemporáneo, Arthur Rimbaud, traficante de armas en Etiopía, nunca se atreve a dar, por el contrario). Sin embargo, la voluntad de liberación de Gauguin casi siempre cae en falso a pesar de la nobleza de sus ideales: la idea de fundar "un taller en el trópico" antecede su primer viaje y dirige la experiencia así como la obra. Gauguin lleva a sus últimas consecuencias un mito edénico pero ¿hasta qué punto vive la realidad de las ideas? ¿hasta qué punto deja de ser un desterrado voluntario?

1924, con la salida de Vasconcelos de la SEP, la "escuela mexicana" pierde su máximo apoyo y los pintores deben buscarse nuevos medios de sobrevivencia. Algunos se vuelven maestros de dibujo en las escuelas secundarias, otros diseñan escenografías para teatro lo para cine, otros emigran. En 1926, después de exponer un par de veces en la ciudad de México, Tamayo viaja a Nueva York en busca de otro tipo de reconocimiento. A finales de la década de los veinte y principios de los treinta, muchos pintores mexicanos se encuentran en Estados Unidos, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kahlo, Adolfo Best Maugard, Miguel Covarrubias, etc. Existen lazos estrechos entre los artistas de las dos naciones vecinas y Nueva York se ofrece, para los mexicanos, como la plataforma del reconocimiento internacional. Como todos, Tamayo busca asentarse en el medio artístico y, para lograrlo, reivindica su originalidad intrínseca, es decir, su origen: se vuelve el más mexicano de los pintores de la "escuela mexicana". En un mismo tiempo, se deja influir por el arte de las vanguardias, por la pintura abstracta de Bayer y Hartung. Paulatinamente, a lo largo de la década de treinta Tamayo abandona la figuración. El expresionismo desarticulado de sus primeras escenas de interiores, de aquellas discretas, humorísticas "instantáneas" de la vida cotidiana en las que acumula objetos para conformar composiciones cezannianas, se difumina. Las formas se liberan, atrevidamente, Tamayo sitúa algunos objetos sobre fondos neutros, muy texturizados, y elabora especies de bodegones modernistas en extremo sencillos. Al abandonar el expresionismo realista de su primera inspiración, Tamayo se vuelve aún más "primitivo" y sus figuras, simbolizadas por unas cuantas líneas, más parecen antiquísimos glifos o graffiti. Los colores irradian, desbordan los contornos, se disuelven en la pasta espesa: Tamayo trabaja sobre el plano de la tela, juega con los elementos y las materias, construye sus cuadros en base a geometrías descentradas y a líneas desdibujadas. Pero, aun cuando los temas de sus principales obras remiten a abstracciones filosóficas, Tamayo nunca deja de ser totalmente figurativo.

Rufino Tamayo es, al revés de Paul Gauguin, el indígena que, poco a poco, se occidentaliza, adopta rasgos del arte moderno europeo, y se deja compenetrar con el espíritu del modernismo. En realidad Tamayo expresa el deseo latente de muchos pintores mexicanos: a medio camino entre un localismo, un nacionalismo exacerbado y una extrema modernidad, reconcilia dos tendencias antagónicas. La pintura de Tamayo nunca pierde su sentido verdaderamente indígena, una forma de visión vernacular que se distingue por los recursos materiales. Y Rufino Tamayo abre un camino nuevo en la pintura mexicana que, en los años cincuenta, numerosos artistas han de explotar al volverse abstractos, geometristas, líricos, minimalistas y, también, surrealistas.

Paul Gauguin, con sus viajes al otro extremo del planeta, manifestaba una ansiedad, buscaba una respuesta existencial y un "sentido" a su vida: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Aunque por caminos opuestos, Rufino Tamayo coincide con él: El Universo que acaba de realizar expresa una misma angustia, un mismo asombro, el mismo horror. Es, tal vez, la obra más abstracta de Tamayo, si no en su aspecto formal, por lo menos en cuanto al tema que la inspira; en ese sentido, se trata tal vez de la culminación de una evolución.

 
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