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Art # od033, "El Salón de pintura 1988"

Por: Olivier Debroise

La Jornada, 2 de septiembre de 1988

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Setenta y siete obras en la sala baja de la Galería del Auditorio Nacional, seleccionadas de un total de 794: un récord, las cifras más bajas de la aún joven historia de los salones anuales de pintura organizados por el INBA. Los premios otorgados por el jurado, compuesto por los pintores Gilberto Aceves Navarro, Susana Sierra, Raquel Tibol y Magda Carranza (organizadora esta última de exposiciones mexicanas en el Centro Cultural/Arte Contemporáneo) figuran decorosamente, por no decir otra cosa, en medio de tanta armoniosa mediocridad. Premiados, Miguel González Casanova, con un políptico en tela que recuerda demasiado el Estudio Rojo de Matisse, sin la precisión compositiva; Estela Carmona y Luciano Spano Tancredi, con buenas y rigurosas obras neoexpresionistas; un interesante, aunque nada novedoso, manejo de las materias, y formas que se remiten inevitablemente a Arshile Gorky (Carmona) y a Francis Bacon (Spano). Un segundo grupo de ganadores, formado por Alejandro Rodríguez, quien mandó un tríptico neofigurativo, y por Mario Núñez y Boris Viskin, también neoexpresionistas (lo que revela, como sucede casi siempre, las inclinaciones particulares del jurado: Tibol como Aceves Navarro han sido y son los defensores de la libre expresión en los años ochenta).

Memorables, las obras de Perla Krauze, por primera vez en formato grande; de Castro López, inspirado por el montaje cinematográfico y quien maneja los espacios con habilidad; de Jazzamoart, cada vez más elegante y menos violento a priori en su trazo; de Roberto Parodi, sobre todo, que se perfila como uno de los más sólidos pintores de su generación.

¿Pero, había algo más que premiar en este salón? Es de dudarse. Incluso, me parecería que los jurados fueron, una vez no es regla, algo benevolentes, lo que no significa faltos de rigor.

Hace diez años, la Dirección de Artes Plásticas del INBA, que ocupaba entonces Oscar Urrutia, decidió revivir aquella discutible (por obsoleta y poco democrática) costumbre de los salones de pintura, con todo y premios, jurados, comités de selección, fanfarrias inaugurales, etcétera.

La iniciativa tuvo éxito, entre los pintores sobre todo, porque existía una generación de artistas que, tanto por su radicalismo estético como ideológico (eran los tiempos de los llamados Grupos), no había penetrado el, por lo demás raquítico, mercado del arte mexicano. Siguiendo el ejemplo de una efímera Bienal Domecq, el Salón Anual de Pintura se instituyó en 1979, en medio de violentas polémicas encabezadas por Raquel Tibol. En sus versiones siguientes, fueron acompañados o seguidos de discusiones, se convirtieron en foros polémicos, y a ello debieron su éxito.

Si se puede hablar de una generación 1970-1980 de pintores mexicanos, se debe en gran parte a estos salones: sirvieron de aglutinantes; confrontaron a los artistas unos con otros. Los sacaron de sus estudios, los enfrentaron a la crítica y a la autocrítica, a la discusión, y por ende, a la reflexión. Al sentir que formaban parte de un verdadero movimiento, muchos pintores se afirmaron, se consolidaron. Los salones no sólo permitieron a la crítica y a los mismos artistas descubrir(se) afinidades, que se volverían tendencias; favorecieron también la explosión de nuevas y más dinámicas galerías de arte, alternativas primero, luego, comerciales (o ambas cosas a la vez), de revistas... El espacio de discusión abierto a partir de los salones tenía que seguir...

Andando el tiempo, los salones han sido rebasados por el mismo dinamismo que habían fomentado. Resulta más fácil para el artista ir directamente a la galería; sobre todo, a sabiendas de que los vendedores de arte están mucho más atentos a las nuevas proposiciones (su oficio, y el nivel de competitividad que hemos alcanzado los obliga); o a crearse un mercado cautivo de "compradores volantes" (desde el tristemente célebre "dealer de cajuela", hasta los parientes ricos). Por supuesto, la seguridad (algunos dicen "trayectoria") que han alcanzado muchos de los artistas que pasan de los treinta o treinta y cinco años, les permite prescindir de foros definitorios, polémicas iluminadoras, etcétera. Los mismos museos del INBA, otrora dedicados a consagrar lo que se suele llamar "valores seguros" (i.e.: pintores en el final de su carrera), se han abierto bajo la presión de las nuevas oleadas, y ofrecen sus locales a quien así lo desea (de todos modos, la crisis impone sus reglas: como en cualquier galería "alternativa", el artista debe traer sus marcos, la pintura para colorear sus mamparas, su catálogo con el debido sello del INBA e, inclusive, los bocadillos que ofrecerá a sus invitados el mediodía glorioso de la inauguración).

Las galerías (i.e.: la clientela potencial, renovada, ampliada en estos años de crisis y excedentes de liquidez) han modificado la recepción de la obra de arte. Y los salones han dejado de ser el foro privilegiado, el botón de muestra anual de lo que sucede en el país. Los más viejos (no se rían, los que tienen ahora más de veinticinco años) han dejado de mandar o, por un acto de rigor profesional que les honra, mandan "fuera de concurso", dignamente, como Roberto Parodien este Salón 88, quien expone una obra sobresaliente, solitaria por su austeridad y el aliento que la inspira: Eva y el árbol de la ciencia.

Los llamados "valores seguros", que ya han pasado por "éstas" prescinden del foro, pero el foro no puede prescindir de ellos: los que mandan ahora, casi todos nacidos en los años sesenta, esperan justamente una confrontación que los impulse a seguir creando, y quizás a renovarse, y quizás a pelear ciertos derechos con sus mayores. Pero, tal y como se ve ahora, el Salón Anual de Pintura se convirtió en la versión metropolitana del Encuentro de Arte Joven de Aguascalientes, reservado a menores de treinta años, a los que aún estudian en las escuelas de arte o se lanzan desde la afición. Hay que reconocer que los premios otorgados por el INBA (tres millones, y uno y medio millón respectivamente) están por el momento subvaluados con respecto al valor de mercado de cualquier obra de un artista mínimamente reconocido: de ahí que el "premio de adquisición" sea resentido como un regalo.

En un acto que colinda con la desesperación, Raquel Tibol quiso este año organizar un contra salón con las obras de pintores rechazados por ella misma. Sin consultar a los demás jurados, le pidió a Tomás Parra realizar una selección de 31 obras, que fueron expuestas una sola noche en el Foro de Arte Contemporáneo, la víspera de la clausura definitiva (administrativa) de este memorable local de la colonia Roma. Tibol pretendía, sin duda, revivir la polémica, reactivar el interés por los salones; por ello, tal vez, su manera de proceder no fue del todo elegante. Nadie protestó, nadie comentó, nadie dijo nada. Más allá de la anécdota, esto evidencia el poco interés que suscitan ahora los salones, foros abiertos que se cierran sobre sí mismos, no sólo para el público, sino para los mismos artistas y promotores del arte.

 
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