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Periódico:
La Jornada,
11 de
julio de 1990
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courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Con el título sugestivo de Postmodern-Postmortem, la nueva Galería Azzul (sic) que se encuentra frente al parque España en la colonia Condesa (Nuevo León 22) presenta la obra reciente de Jesús Agustín Castro López, fundador de un excéntrico (en el sentido geográfico) Taller de Pintura de Azcapotzalco (TPA) que reune a seis artistas deliberadamente al margen de la corriente dominante actualmente (llámese neomexicanista o postconceptual), y ofrece otra opción figurativa. Una opción que contrasta por ser en extremo urbana: Castro López retrata a señores de traje gris, corbata de seda, peinado de raya, a mujeres de sonrisa estereotipada, como pintada sobre la cara. Asisten a un sepelio: el ataud cargado en hombros cruza el horizonte, un cielo gris oscuro, la línea quebrada de algunos edificios de estilo modernistas, tristes como nubes al aproximarse la tormenta. Las figuras agrupadas, casi arrinconadas en una esquina del cuadro, parecen presas del delirio: una danza sicalíptica, contorsiones y deformaciones que recuerdan a la vez el José Clemente Orozco de Catarsis, el mural del Palacio de Bellas Artes, y los cuerpos en extasis de Francis Bacon. Una danza macabra también, de muertos burócratas vivientes, extraños sobrevivientes en el apocalipsis de los valores de su aventura moderna. ¿Acaso sea este el sepelio de las imágenes? ¿De los objetos? Una lata de coca-cola apachurrada, las llaves del vocho junto con las de la oficina, pequeños libros rojos que alguna vez fueron manifiestos, el rubikube de los ocios matemáticamente calculados, referencias a la pintura pop o del hiperrealismo de los sesenta, como rastros de una etapa agotada, que Agustín Castro López contrapuntea irónicamente con los rostros descarnados, los ojos desorbitados, de esa burocracia de sombras entregada a la pornografía cotidiana, extasiada ante su propio falo escondido entre carnes adiposas e incapaz ya de cualquier erección. El universo ya tiene nueva patrona afirma Castro López. Pero la dama vestida de prostituta (a menos que sea lo contrario, la prostituta trasvestida como dama) es lo menos cachondo imaginable. Una niña de vestido azul, sentada solitaria en el asfalto, e indiferente a la multitud de formas en latente estado de descomposición que amenaza con pisotearla, recuerda de alguna manera una imagen semejante, recurrente en la pintura de Enrique Guzmán. Agustín Castro López es quizás uno de los pintores jóvenes que más cosas tiene que decir sobre nuestro mundo actual, y en un lenguaje pictórico de una excepcional madurez. La maestría en el dibujo, los elegantes recursos compositivos gracias a los que equilibra numerosas rupturas de escala, la mezcla de técnicas desde el fotografismo hasta el neoexpresionismo figurativo y una vigorosa gestualidad del acabado final le permiten configurar brillantes, ácidas, metáforas visuales. Un artista que hay que observar y seguir.
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