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Art # od026, "El diario de un feday"

La Jornada, 22 y 23 de abril de 1987

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Entre 1967 y 1984, Jean Genet vivió casi secretamente en Medio Oriente, en Bagdad, en Beirut y en los campos de refugiados palestinos de la orilla oriental del Jordán. Casi nadie en Europa, ni siquiera sus propios editores, sabían donde encontrarlo. Fiel a su promesa del año de 1968, Genet no escribía más, ya no frecuentaba las estaciones de trenes de París ni los bares que se llamaban gay. Había abandonado también a las Panteras Negras de Eleridge Cleaver, con quienes convivió en los días álgidos de 1966 a 1968, cuando apenas se definía el perfil de lo que sería el movimiento de liberación de los negros.

¿Qué hacía Genet entonces en lo que fuera Palestina? No se encontraba ahí en calidad de reportero, enviado por algún periódico y -no obstante las presiones de los dirigentes palestinos- tampoco preparaba algún libro.

¿Qué hacía? Vivía. Extraño, incómodo, lugar para vivir.

Muchos años más tarde, sin embargo, decidió narrar, en un último libro, esta experiencia. (Escribo experiencia, pero no creo que él lo hubiese sentido así). El libro se llama El cautivo enamorado. Genet murió mientras revisaba las últimas galeras, en un cuarto de hotel de París, en 1986. Es decir que el libro apareció como un libro póstumo, pero no fue concebido como tal, estrictamente hablando. Aunque se sabía enfermo y llevaba un buen montón de años a cuestas, Genet no tenía la pretensión de escribir un texto definitivo, digamos su autobiografía, "la suma de sus experiencias". Tampoco quería un ensayo político, aunque la política marca innumerables páginas, ¿Qué es entonces? Un libro de Genet, ni más ni menos. Un libro extemporáneo, divergente, del mismo autor del Diario del ladrón y de Milagro de la rosa.

Me explicó: aquí, como en sus anteriores textos, el protagonista único es Genet, y alrededor de sus exacerbados sentimientos, de esa característica acumulación de sensaciones, gira todo lo demás. Genet vive una aventura poco común y se sitúa como un observador -pero un observador que vive las cosas en carne propia, se conmueve con ellas, por ellas-. Nada más lejano a la crónica o a la tarea periodística, esa manera de aprehender los acontecimientos desde el exterior, para concluir rápidamente y servirlos calientes al consumidor. De hecho, ese último libro de Genet aparece cuando la OLP, la Organización para la Liberación de Palestina, casi moribunda, exilada en Libia, ya no tiene actualidad. Genet tuvo que abandonar apresuradamente Beirut en 1982, junto con los fedayines embarcados a la fuerza rumbo a Libia y a Túnez, ante la mirada de los ejércitos protectores de Italia, Francia y Estados Unidos. Sin embargo, no se trataba tampoco de dejar un testimonio para la historia, grandes o pequeña.

De qué se trata entonces? ¿O de qué trata el libro?

La respuesta, quizá, no se encontrará entre las páginas de El cautivo…, sino en otra parte. Genet anuncia, al final de la primera página de este largo texto, que la realidad no se encuentra en estas líneas, sino entre ellas, en los momentos no descritos, no dichos. Entre las palabras… "Lo demás es indecible" decía ya en 1943, en la última página de Milagro de la rosa.

Recojo, en Milagro de la rosa, esta contundente declaración: "Educado en la soledad hiperbórea de la riqueza, mi alma no hubiese podido desarrollarse, porque no quiero a los oprimidos. Quiero a los que quiero, que siempre son hermosos y algunas veces oprimidos, pero de pie en la rebelión".

El ladrón, el reo, el criminal, se volvió Jean Genet, el escritor traducido, celebrado por Cocteau y por Sartre. En los años cincuenta, que fueron los de la posguerra, coqueteaba con su nuevo estatus: de perdedor se había vuelto un ganador (Sartre analizó detenidamente este fenómeno). La fama le permitió acceder al teatro, montar sus obras más virulentas. El balcón y, sobre todo Los biombos, la más subversiva, que trataba de la colonización francesa en Argelia, y se estreno en plena guerra de descolonización. Una escena, sobre todo, sacudió a la sociedad francesa: una madre árabe, cuyo hijo había sido descuartizado por los franceses, se cagó en el rostro de un general preso diciéndolo: "Para que veas lo que se siente estar en la mierda". Entonces Genet cultivaba el escándalo: desde que había, ganado el juicio de Nuestra Señora de la flores (gracias a la intervención de numerosos intelectuales), se sentía -y era- impune; aprovechaba con un placer no disumulado su impunidad.

Pero los años de cárcel habían creado a un monstruo (desde el pacto de vista de la burguesía, por supuesto), y el monstruo no se podía adaptar. El coqueteo no borraba la., culpa. Una primera vez, en 1961 o 1962, poco después de la publicación de Querelle de Brest, declaró que no escribiría más que teatro. Luego, en 1967, que no iba a escribir nunca más. Gritos en el cielo. Obviamente, para los intelectuales que reivindicaban al ladrón, esto sonaba a traición. En el fondo, no reivindicaban al ladrón, sino al ladrón convertido en intelectual, cosa que Genet no podía aceptar del todo: de algún modo le quitaban la mitad de su vida, lo mutilaban. Lo sociedad exhibía con orgullo al que perdonaba.

Hay que suponer que Genet no se sentía del todo bien en esta etapa del perdón. Su breve militancia al lado de las Panteras Negras entre 1966 y 1968 era destinada al fracaso. Cleaver y sus seguidores también lo aceptaron porque era Genet-el-escritor, el defensor de los oprimidos, y porque la presencia de ese blanco a su lado realzaba su movimiento. Pura propaganda. El era un autor celebrado, rico, y su voz tenía la suficiente fuerza como para mover una opinión pública sensibilizada en estos años setenta a los mensajes que provenían de los "otros mundos". Con los fedayines, no cayó en esto. No usó su voz, se quedó callado. Y luego había cosas que Genet no podía, legítimamente, avalar: no digamos las prácticas terroristas, esto era lo de menos y la violencia está en el centro de las reflexiones de Genet, sino cierto tipo de organización interna del grupo, y algunas consignas: como hombre blanco que al fin y al cabo era, no le correspondían. Entonces sucedió el milagro. Genet narra la historia en la primera parte de El cautivo.

Genet se encontraba, en el verano de 1967, en Túnez y se ligó a un botones del hotel en que residía. El chavo lo llevó una tarde a una extraña reunión a unos 40 kilómetros de Túnez, en un crucero de caminos camelleros en el desierto. No había nadie cuando llegaron, en jeep traqueteado, pero poco a poco se fueron juntando más y más chavos. A las seis de la tarde, sacaron un radio de pilas y, muertos de la risa, escucharon el discurso del presidente Bourguiba. ¿Que, hacen?, les preguntó Genet. "Nos encanta. oírlo gritar en el desierto", le contestaron.

Estos chavos militabas secretamente en un oscura y desconocida organización parareligiosa y paramilitar, El Fatah, y en este verano de 1967, recorrían enormes distancias a pie a través de los desiertos, desde Mauritania, Argelia, Marruecos, Libia y Egipto, para llegar a las riberas del Jordán. Tenían entre 16 y 20 años; ningún periódico, ninguna cadena de televisión se ocupaba de ellos.

Genet los vio. los quiso y fue con ellos. Entre 1968 y 1973, vivió en los campos de refugiados de la OLP. Vio nacer una guerra.

La OLP no era entonces lo que fue a partir de los alentados de Munich en 1972. En 1967, los militantes de otras re-giones árabes venían a defender los campos de refugiados palestinos de las constantes presiones de Israel, de Jordania y de las milicias cristianas libanesas. Empotrados en una estrecha franja entre el río y Jordania, amenazados por todos lados, su única escapatoria era, entonces, hacia Beirut, y de allí, hacia Bagdad. Por ahí llegaban los víveres, las armas y el parque.

Los muchachos peleaban de noche, dormían de día. ¿Pero qué hacía Genet? Tenía más de 70 años y era un anciano entre tantos chavos. Entonces deambulaba de un campo a otro. Se la pasaba con las mujeres: las acompañaba mientras lavaban la ropa, mientras cocinaban o se ocupaban de sus hijos. En las noches, discutía con los muchachos. Ellos no sabían quién era Jean Genet, sino un extraño simpatizante. No lo dice, pero tal vez les enseñó algunos de los viejos trucos que servían a los presos de las cárceles de Francia para burlar al enemigo. Así pasó cuatro años.

En 1973, cuando empezaron los feroces ataques del ejército jordano en contra de los campos (con beneplácito de Francia y de Estados Unidos, sobra decirlo), Genet fue declarado indeseable y tuvo que abandonar apresuradamente las escondidas las riberas del Jordán. No pudo volver, sino hasta 1982, poco después de la masacre de los campos de Sobra y Chatila a manos del ejército israelí.

Mientras Beirut caía en ruinas, Genet fue por última vez a Líbano, penetró la zona prohibida. Habían pasado diez años y los muchachos que había conocido ya eran hombres o estaban muertos. Con esto termina.

Hay otra historia detrás de esta, como inscrita en filigrana: una historia de amor inconclusa que henet callao, o mejor dicho, ahoga entre tantas disgresiones. Este, como sus demás libros, se construye lentamente, casi orgánicamente, a partir de asociaciones de ideas, de recuerdos entrelazados: el tiempo carcelario borra los límites del anecdotario, y todo se confunde. La historia de amor, el objeto del amor, se desvanecen en la ruina del libro. Cuando Genet llega al último campo de refugiados no encuentra las tiendas de campaña ni el río que susurraba al pie de la colina, sino, una verdadera ciudad, y el río fue canalizado; ahora es un desagüe. El objeto, el feday de ojos risueños es un obrero en Alemania, casado, con hijos.

Hay otros temas entremezclados en la narración, los temas habituales de Genet, la muerte, la violencia, la traición. Pero sobre todo una amarga mirada sobre el espectáculo de ese mundo.

La escena transcurre una noche, bajo una tienda de campaña, a la luz de las antorchas. Los fedayines se sientan en el piso alrededor de una mesa, y Genet junto con ellos. En el centro, los jugadores, tensos. La apuesta vale la pena. Sacan una baraja de tipo español y empieza el juego, una especie de póker. Todos los asistentes participan con comentarios, con sus exclamaciones. Y Genet describe el juego. El caso, es que los juegos de baraja están prohibidos en los campos porque fomentan la ociosidad. Lo que pasa es que los muchachos juegan sin naipes, inventan el juego de principio a final, y todos los demás les acompañan en el simulacro.

La baraja sin naipes. Genet se aferra al leitmotiv: los fedayines pelean por ideas que no son, por una tierra que no les pertenece y mueren por nada, por estar jugando sin naipes. El simulacro deviene tragedia. Asimismo, Genet, enamorado sin objeto en el silencio de las noches levantinas, atento a los disparos que matan, uno por uno, a los que pudieron ser sus amantes y no lo fueron.

¿Qué perseguía Genet? Desde el inicio manifestó sus reticencias con respecto al fanatismo político-religioso de los militantes de la OLP, así como ante el fanatismo de Israel y el de los falangistas cristianos de Líbano. Porque la legítima defensa de los campos de refugiados pasaba por la preparación de una utopía , la leva se ejercía por medio de la fe en los designios de Palestina: un esquema que no difiere del que empleó Israel desde antes de su fundación en 1948, con los resultados de sobra conocidos. Esos simulacros perversos y trágico. recrudecieron a partir de 1970 o 1971, cuando la OLP empezó a tener mayor presencia en la prensa occidental: el terrorismo anárquico de los inicios fue sustituido por una sofisticada organización jerárquica más que nada encaminada a impresionar a los periodistas; de la noche a la mañana estos pobres diablos muertos de sed y de hambre, se creyeron héroes. Con sus flamantes uniforme , alzando su kalashnikov, competían en garbo con los militares israelíes, y además encarnaban al Mal. Los fotógrafos los camarógrafos occidentales crearon una mitología; los fedayines, que sabían jugar baraja sin naipes, fueron víctimas de su garbo. Murieron por salir en la televisión. Genet, enamorado insaciable del asesino más guapo que la aurora, fue sensible al mensaje.

Hay que convencerse entonces: Genet, el fracasado, sólo quería estar en la cárcel otra vez: esa era la única manera en que podía vivir entre los hombres violentos, hermosos y trágicos (o hermosos por trágicos). Inventó su propia cárcel en las márgenes del Jordán.

En E1 condenado a muerte y en Milagro de la rosa, expresa su pasión por sus hermanos que han de terminar en el cadalso, y cuya presencia trágica. como muertos en vida, se impone a todos los presos. Páginas escritas en forma de lamento. Sólo para decir la envidia que le causan los que mueren jóvenes, y que adora. Pero Genet no fue capaz de morir en el cadalso ni fue capaz de morir joven, y llegó con su carga de recuerdos y de muertos en la memoria. En París o en Nueva York la gente no quería morir: entonces el asesino fracasado fue a Palestina para concluir su obra con, más y más jóvenes cadáveres que caían, disfrazados de héroes, en el polvo del desierto, como había caído Abdallah el enamorado marroquí que se suicidó, según dicen, porque Jean Genet lo cautivaba, y al lado del que descansa ahora, sin vergüenza, en el ecmenterio francés de Larache, en Marruecos, frente al mar, como un marinero exiliado en tierra firme. Pero eso es poseía barata.


[1] Texto leído en el bar El taller para conmemorar el primer aniversario luctuoso de Jean Genet.

 
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