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Art
# od022,"De Chirico en México"
Por: Olivier Debroise |
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La
Jornada, 14 de septiembre de 1988
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Giorgio De Chirico es probablemente uno de los pintores europeos del siglo XX que más ha marcado la pintura mexicana. Su influencia se inicia, hacia 1926-1927, con Rufino Tamayo. En una entrevista publicada en 1928, el oaxaqueño repasa mentalmente lo que vio en su primera estancia en Nueva York, y comenta: "de los jóvenes [sic], me interesa Chirico". Poco después, en una exposición organizada por Contemporáneos, expone escenas de interiores, naturalezas muertas, rigurosas composiciones con objetos. Una alcoba con un balcón de hierro forjado es un espacio suficiente en el que se acumulan reminiscencias secretas. La acumulación de objetos en las telas de Tamayo del periodo 1928-1940 es abrumante: no sólo las sillas, las mesas y los estantes, los manteles y las frutas, las guitarras o las mandolinas de la naturaleza muerta convencional, los relojes del memento mori, un sin fin de objetos disparatados, fetichizados por la recurrencia: ropa tirada, focos colgados de un alambre, opacas bolas de vidrio pendientes de un hilo, apagadores de luz en la pared, fotografías en sus marcos, mazorcas, cajetillas de cigarros, barajas, caracoles, helados... siempre enmarcados por telones, encortinados, ventanas semiabiertas, enrejados. Una parafernalia teatral. Rufino Tamayo no pintaba la naturaleza ni las frutas tal y como deberían de ser, en un intento desesperado, cezaniano, de capturar sus formas esenciales; representaba, por el contrario, imágenes de las cosas, un teatro de los objetos parecido al de Giorgio De Chirico, aunque sin ese deliberado toque enigmático que define a la pintura metafísica. María Izquierdo retomaba -a partir de las aportaciones de Tamayo-, en 1930, algunos elementos de la pintura de De Chirico: el espacio teatral con sus pianos perfectamente diferenciados y una acumulación de objetos simbólicos. Algunos, sin embargo, provienen probablemente de su lectura directa de la obra de De Chirico (las de la colección Barnes, que conoció probablemente en un viaje a Nueva York en 1929): las arquitecturas greco-romanas, los arcos y los muros en brusco escorzo, las columnas truncas y caídas al suelo, fragmentos de estatua, etcétera. José Gorostiza quiso ver en ello recuerdos de su infancia pueblerina, un ambiente típicamente mexicano; quizá tenga razón, sin embargo, estas reminiscencias tienen un implícito contenido metafísico como evocaciones de un mundo en ruinas, de un mundo en el que el tiempo se detuvo. La desolación quizá el rasgo más evidente de la pintura de Izquierdo, mucho más importante que su supuesto mexicanismo, se expresa además mediante una serie de elementos iconográficos tomados de la mitología griega y de la astronomía: cielos cargados de nubes, planetas desorbitados, antiguas ciudades abandonadas, vestales que huyen desnudas cuando el fuego sagrado se apaga. Agustín Lazo entrevistado en París por el reportero de El Universal Ilustrado en 1928, declaraba: "Creo que (el surrealismo) ha perdido con De Chirico a su mejor pintor." En su periodo europeo (1922-1930), Lazo realizó varias obras declaradamente metafísicas: unas botellas en una mesa, algunas escenas tratadas pictóricamente como si fueran bajorrelieves antiguos, la teatralidad de las escenas de interiores, sobre todo en las acuarelas de los años treinta y cuarenta. Pero lo que más vincula a Lazo con De Chirico es esa constante reivindicación del oficio, que pasa muchas veces por la recuperación (en algunas ocasiones paródica) de técnicas desusadas y de viejos estilos. Así, a su regreso a México, Lazo abandona cierto hieratismo poscubista, art-déco de sus figuras, y ensaya brevemente el neoclasicismo. La factura de estos cuadros, de pasta gruesa y fina pincelada, recuerda indudablemente el aspecto pulido de las obras de De Chirico posteriores a 1929. Alfonso Michel convivió con Lazo en París en los años veinte; sus naturalezas muertas, composiciones con botellas, platos con restos de comida, viejos guantes, floreros, etcétera, están tratadas con la misma materia espesa, pinceladas precisas. En estas vanitas modernas, adopta asimismo la composición escorzada, la estilización de De Chirico. Gabriel Fernández Ledesma realizó también, en los años treinta, una serie de naturalezas muertas descentradas, en las que aparecen objetos significativos, y Carlos Orozco Romero retomó, en su primera etapa, las arquitecturas greco-romanas, los ambientes nocturnos de ciertas composiciones de De Chiríco. De Chirico inventó una manera de representación subjetiva, atribuyendo a los objetos valores metafóricos quizá incomprensibles pero que, por su contingencia, volvían visible el enigma. |
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