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Art
# od021, "Cha cha cha con nube de hielo seco"
Por: Olivier Debroise |
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La
Cultura en México,
21 de julio de 1982
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Postulados del cine mexicano: la vida es azarosa, y los caminos del destino llevan del reconocimiento social al oprobio, de la felicidad a la desgracia, de la ingenuidad al cinismo, del castigo, al perdón, de la pasión al odio: la diosa arrodillada, suma de cualidades etéreas, al transformarse en objeto, sexual deseable, debe emigrar al cabaret de puerto tropical, antesala de la cárcel donde agoniza "la otra", la perjura, la usurpadora; el incesto revelado conduce obligatoriamente al muelle desolado; la pérfida y la pecadora han de terminar solas, abandonadas: el amor sólo redime cuando se comparte, o cuando se mantiene secreto; los golpes del destino son arbitrarios, si no definitivos, porque así lo manda el Azar (¿Dios? ¿la moral social?); la vida es bella en sus azares pero la gente es mala y el final, siempre sórdido. El cine mexicano como desviación pequeño burguesa de la moral romántica, como exacerbación distorsionada de los estereotipos del melodrama norteamericano y, asimismo, como reencuentro con la tradición novelística naturalista, extrapolación del alma romántica; el melodrama a la mexicana como un discurso amoroso amoralmente moralizante (y en extremo maniqueo): la culpa siempre tiene que ver con la sexualidad y se lava, o en la sangre, o en la plata: "vende caro tu amor, aventurera", Lupita Tovar, Esther Fernández, Dolores del Río, Ninón Sevilla, María Feliz, María Antonieta Pons, Rosa Carmina, la rumbera es, en los cuarenta y en los cincuenta , una figura pública de la vida mexicana; con Lupe Vélez, el melodrama irrumpe en la vida cotidiana a través del rito, también sórdido, que efectúa en un camerino hollywoodense, anticipación del gran final de Marilyn Monroe. El cine no es todavía un arte, pero las proposiciones visuales de la pantalla y de la literatura cinematográfica, determinan los patrones estéticos de una época. El exotismo de ciertas producciones norteamericanas ambientadas en el trópico se convierte en México en un exotismo de los bajos fondos y de las vecindades populosas, de los burdeles de barriadas y de los cabarets porteños, en una estética nacional de lo sórdido, comúnmente aceptada por su estilización que sitúa esa Zona del Mal en un espacio imaginario, fantasmal (cuando Buñuel, en Los Olvidados, intenta resquebrajar el esquema, su visión hiperrealista de la miseria, escandaliza). En el otro extremo de la pirámide social "filmable", el mundo de los ricos, Zona del Bien, se representa mediante un estilo art déco extemporáneo, pero de indudable elegancia plástica (véanse las escenografías de Günther Gerzso). Ahora el cine es una de la bellas artes. Ahora las convenciones del melodrama, el sentimentalismo exacerbado, el falso tono moralizante, han perdido fuerza y sólo despiertan las carcajadas de un público que observa al cine mexicano como un fenómeno camp descontextualizado. La cachondería tropicalísima,de las películas de rumberas, desprovista ahora de su carga moral negativa, es lo único que permanece intacto. Sin embargo, la estética impuesta por el cine en los cuarenta (última variante del mexicanismo de los años veinte) se sigue reproduciendo. Juan Pablo Braham se inspira en el cine mexicano y elabora composiciones expresionistas en base a imágenes míticas en si, y que se insertan deliberadamente en la estética del cine de los cuarenta: Lupita Tovar/Santa en éxtasis, Resortes en un baile inverosímil, Lupe Vélez, NinónSevilla como La Aventurera, Las abandonadas de Emilio Fernández. Paradójicamente, la inspiración de Braham lo sitúa en una contracorriente de la plástica mexicana actual Antes de derivar hacia otros rumbos (plásticos y geográficos), Ricardo Regazzoni, intentó trabaja sobre fotogramas de películas mexicanas. Eso fue a principio de los setenta. El mismo afán de modernidad y de internacionalización que impulsó a una generación hacia el surrealismo y a otra hacia la pintura abstracta, lleva los pintores actuales a reivindicar formas y estilos "inventados" por las neovanguardias norteamericanas. En los últimos años, algunos jóvenes redescubrieron el expresionismo, y lo practican de manera muy personal sin subrayar, sin embargo, sus posibles nexos con la tradición expresionista, tal vez la más original y auténtica de la plástica mexicana: Arístides Cohen, Carolina Flippo, la obra gráfica del cineasta Claudio Isaac, las excelentes ilustraciones, muy cinematográficas, de Carlos Herrera, etc. Braham recupera para sí las innumerables, y poco explotadas proposiciones visuales del cine mexicano y, a través de ellas, una veta abandonada, una estética del México urbano brillantemente inaugurada en los primeros años veinte por Abraham Ángel y paulatinamente relegada cuando la escuela mexicana y la idea misa de mexicanidad "se fueron pa1 rancho" (el expresionismo campirano persiste en la obra de Francisco Toledo y de sus seguidores). Los dibujos de Braham podrían haber sido realizados en los cuarenta, pero nunca los hubiese expuesto. Sus siluetas femeninas, sensualmente dístorsionadas, recostadas sobre paredes chillantes, recuerdan las putas de la "Casa de lágrimas" de Orozco o aquella "Changuitas" del Corzo Ruiz; tratadas con nostálgica ternura (así como se acarician los sueños infantiles o los fantasmas más secretos), se apartan de las torturadas formas expresionistas. El trazo ligero, sintético de Braham, tiene la gracia de ciertas caricaturas de Covarrubias. La yuxtaposición de colores muy vivos, contrastados atrevidamente, rosas con verdes, negros con amarillos, rojos con azules, retorna cierta armonía cromática aún visible en la arquitectura provinciana, pero que prácticamente ha desaparecido en las ciudades con el imperialismo del color impuesto ha desaparecido en las ciudades con el imperialismo del color impuesto por los medios de comunicación. ¿Qué significa el vestido arrumbado de una rumbera desaparecida? Los dibujos de Juan Pablo Braham seducen por su discreta sobriedad. por la aparente fragilidad de su trazo. Bocetos inacabados (pero ¿qué es lo acabado?), formas que se desvanecen, líneas a punto de quebrarse, desequilibrios; despiertan inciertos reminiscencias de imágenes que, de una manera u otra, cada quien lleva en su conciencia. Los veinte primeros cuadros de Juan Pablo Braham, autodidacta muy joven aún, com- prueban la vigencia actual de una opción mexicana, de una estética desaparecida. La nostalgia es tal vez el medio de esa reivindicación. |
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