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Art # od020,Cortázar: el placer de la expresión pura Por: Olivier Debroise |
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La
Jornada,
27 de noviembre de 1985
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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Roberto Cortázar expuso por primera vez en 1981 una serie de grandes dibujos que llamaron la atención de José Luis Cuevas. Buen conocedor de la pintura clásica, dotado de un evidente talento de dibujante, Cortázar se veía influido en aquel momento por el arte conceptual (una corriente que nunca acabó de llegar a México, donde se confundió a menudo con un surrealismo trasnochado). Sobre hojas que parecían arrancadas de una enorme libreta, Cortázar trazaba volúmenes definidos, obvios fragmentos de cuerpos distorsionados, formas delicadamente trabajadas con la punta del lápiz y violentamente rasgadas en la superficie (en el último momento). A estas composiciones descentradas, a estos cuerpos arrinconados, Cortázar agregaba elementos ajenos (cuadrículas, finas rayas que penetraban los cuerpos y parecían mantenerlos en tensión, objetos varios arbitrariamente colocados, no tanto para requilibrar las composiciones, sino para crear acertijos) que "personalizaban" su dibujo académico y servían para disimular (con cierta pudibundez desplazada) el objeto principal, el verdadero motivo de los cuadros: el deleite mórbido por la carne. Aquellos dibujos recordaban las extrañas composiciones de Arturo Rivera, aunque sin la apabullante frialdad de las "planchas anatómicas", de los cadáveres congelados en una morgue; pero Cortázar se afirmaba de entrada como uno de los dibujantes más minuciosos de una generación de pintores que erradicó deliberadamente la representación- "del natural" para entregarse al placer de la expresión pura. La precisión de su trazo, y algunos estiramientos sofisticados próximos a la manera del Rivera poscubista o de Baz Viaud, impartían a veces un tono medio dulzón a ciertos dibujos que hubiesen merecido más fuerza. No obstante esta maniera surrealistoide se fue borrando. De repente, Cortázar abordó el retrato: un paso que no tendría importancia en sí, de no haber tenido consecuencias directas en su producción más reciente. Los rostros "asimismo trabajados, como masas vivas de carne, con protuberancias significativas, expresión de un terror mezclado de pasión" invadieron la. superficie de las hojas, desbordaron el marco. El rostro ocupó el centro del cuadro: Cortázar, en realidad, sólo sacrificaba a una tradición, pero al volver al desnudo tuvo que abandonar los elementos superfluos y dedicarse a dibujar de una manera más depurada esos puros volúmenes expresivos. Por razones que se deben atribuir a la política de las galerías, durante varios años Cortázar sólo expuso dibujos, y guardó telas al óleo infinitamente más ricas en todos los sentidos. No sólo porque la materia misma le permite un trabajo "en profundidad", juegos de transparencias que resaltan su obsesión por la carne viva, sino porque, liberado de la necesidad de significar algo, Cortázar se entrega ahora, con pasión, al único, al imprescindible motivo de sus cuadros. Lo que parecía amanerado o petrificado en los dibujos en blanco y negro desaparece en el regodeo con la pintura. Las masas emergen voluptuosamente de los claroscuros; las excrecencias, los tumores grasientos, las deformaciones estilizadas y artificiosas que producen las musculaturas y los órganos en función, se desparraman sobre la tela. Por su misma untuosidad, por su transparencia, por esa ductibilidad orgánica "bien lo sabe.Francis Bacon", el óleo permite sobreponer y confundir las masas. El dibujo, aunque siempre presente, se desvanece bajo las repetidas capas de pigmento. Obsesionado por la representación de la vida en sus aspectos más descarnados, Cortázar resucita la fascinación por el cuerpo desnudo "metáfora de la corruptibilidad" que se valía en el pasado de lecciones de anatomía, de temas religiosos (Descendimiento de la Cruz, San Sebastián), históricos o literarios (Sardanapale, La masacre de Chio, los círculos infernales de Dante): un patetismo del cuerpo tránsfugo de la vida a la muerte, una mística de la carne perecedera, que encuentra en Roberto Cortázar una de sus expresiones más sensuales, desprovista ahora de cualquier referencia externa, aun cuando las reminiscencias a cierta pintura ‘"de género" permanecen intactas. |
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