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Art # od02, "El arte del siglo 20" Centro
de la Imagen |
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Periódico:
Reforma,
Fecha: Lunes 24 de julio y 7 de agosto del 2000
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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En su creación
hace siete años, el Centro de la Imagen se perfilaba como una institución
abogada a la defensa, promoción, difusión y preservación de la fotografía
en México. Tomaba entonces el relevo de un Consejo Mexicano de Fotografía,
asociación civil fundada al calor de los primeros encuentros latinoamericanos
de finales de los años setenta, por fotógrafos conscientes del papel que
jugaba la fotografía entre las artes plásticas, pero irritados por lo
que consideraban reiterado desprecio hacia su medio de expresión. El Consejo
(que sólo recibía un apoyo financiero muy modesto del INBA) logró lo imposible
en los ochenta: organizar varios simposios, ofrecer en sus salas de la
colonia Roma exposiciones diversas, tanto de sus agremiados como de invitados
extranjeros, producir y supervisar concursos y bienales. Fue desalojado,
una mañana, y aunque consiguió otra sede temporal, perdió su dinamismo.
Con recursos
ampliados, una verdadera dirección y amplias salas de exposición (aunque
no del todo adecuadas a la preservación de objetos tan frágiles como las
fotografías), el Centro de la Imagen recogió casi todas las iniciativas
del moribundo Consejo, y les agregó algunas otras, en particular, la organización
de Fotoseptiembre, un festival dedicado en exclusiva a la fotografía,
que desbordó muy pronto la propia sede del Centro, para infiltrarse durante
un mes al año (o cada dos años) en museos, galerías comerciales, centros
culturales, asociaciones civiles, bazares, cafés y restaurantes. Si bien
la iniciativa original era darle a la fotografía una visibilidad, separarla
de tal manera de las demás artes plásticas y exponerla de manera tan cuantiosa,
y en recintos tan variados, acabó en una "ghettificación". La misma variedad
de los "salones" de exposición, su improvisación, volvió a colocar a la
fotografía en el rango de "pariente pobre", medio si no deleznable, lo
suficientemente barato como para que "cualquiera" lo usará, para que se
exponga donde sea y como sea. El Centro
nunca tuvo vocación de museo: demasiado chico para albergar una "exposición
permanente", tampoco posee las infraestructuras de conservación necesarias,
bóvedas especiales, centro de restauración, laboratorios, etc. Andando
el tiempo, se hizo, sin embargo, de colecciones de impresiones recientes
(un fondo Álvarez Bravo, en particular), pero, respondiendo a su nombre,
se preocupa más por la imagen -el contenido- y relativamente poco
por las cualidades intrínsecas del medium, las características técnicas
inseparables de su auge y aceptación como forma artística en sí. Abogando
por una fotografía expresión del arte contemporáneo, privilegió las aportaciones
del arte neoconceptual, la manipulación digital y otras formas críticas
(los resultados de las últimas tres bienales de fotografía, al respecto,
son elocuentes, al grado de que se tuvo que crear una nueva "Bienal de
Fotoperiodismo" para satisfacer la demanda del sector menos "artístico"
de la comunidad fotográfica). Existen otras
instancias encargadas de la preservación del patrimonio fotográfico: le
incumbe al Sistema Nacional de Fototecas (SINAFO) del INAH, y en particular
a la Fototeca de Pachuca elevada en 1977 sobre la adquisición del fondo
de negativos en vidrio de la familia Casasola y la captación de otros
archivos privados. Discreto, el SINAFO se dedica a la conservación, catalogación
y análisis de estos negativos, y de un fondo relativamente corto de impresiones
originales de época: necesaria y fascinante, aunque poco ostentosa labor
de hormiga. El SINAFO abarca ahora una veintena de archivos fotográficos
en el país, y es el abastecedor esencial del imaginario nacional. Ahí
se surten las revistas Luna Cornea (apéndice del Centro de la Imagen)
y Alquimia (órgano del SINAFO que dirige José Antonio Rodríguez)
así como otras publicaciones y numerosos historiadores. Desde hace
ya una década, la Fototeca de Pachuca implementó la digitalización de
su acervo, con el fin inicial de ya no tocar los delicados originales
sin dejar de cumplir con su labor de difusión, y fueron abiertos, hace
algunos meses, los dos primeros centros de consulta digital (uno de ellos
en la sede del INAH, en Córdoba 45, colonia Roma). Esta transferencia de las imágenes a un nuevo soporte implica, sin embargo, una mutación en la percepción, recepción y comprensión de las imágenes fotográficas, y sobre todo, del contexto social, cultural, pero sobre todo, técnico, en que fueron creadas. La ya ineludible marejada digital, que no sólo interviene las prácticas artísticas, sino la conservación, la reproducción y la difusión de las imágenes, y transforma también la experiencia cotidiana (son cada vez más comunes las agencias fotográficas que ofrecen un CD con digitalizaciones selectas de las instantáneas de las pasadas vacaciones, sin contar con el próximo abaratamiento de las cámaras "sin rollo") nos obliga, creo, a una redefinición de la fotografía como un arte específico del siglo veinte y, sobre todo, a una conciencia (de ninguna manera nostálgica) de la muy cercana desaparición de complejos procesos, de esa "alquimia" en la tranquila oscuridad del laboratorio, de la fascinación por las gamas tonales, los sistemas de zonas, los papeles preparados a mano para recibir gomas bicromatadas, sales de platinio, gelatinas argentadas; ese ejercicio voluptuoso, misterioso, ya comparable retrospectivamente con la destreza del grabador, la precisión del pintor. Seguirá existiendo, sin duda, como un artesanado cuando los fabricantes dejen de producir masivamente químicos y papeles sensibles. Mientras tanto nos quedamos sin el recinto donde apreciar y discernir las mutaciones del que fuera el medio visual "democrático" del siglo veinte.
A mediados
de los años veinte, el muy joven Manuel Álvarez Bravo, entonces apenas
fotógrafo aficionado, acostumbraba visitar el mercado del Parían, donde
adquiría "por unos cuantos centavitos", daguerrotipos, "cartes de visite",
transparencias en vidrio, estereoscopías de paisajes del mundo o de actrices
en boga. Compartía esta devoción con su mentor, el ingeniero Ferrari Pérez
y con el historiador y bibliófilo de origen español Felipe Teixidor, amigo
de Edward Weston y Tina Modotti, quien le inculcó esta fascinación por
las imágenes abandonadas por las propias familias, rescatadas de los embargos,
las demoliciones o del mismo bote de la basura, y expuestas a pleno sol
en el cajón. Ferrari, Weston, Álvarez Bravo y Teixidor se hicieron entonces
de colecciones de fotografía únicas, que se volvieron, al paso del tiempo,
fundamentales. En un época
en que la fotografía aún no gozaba de respeto, los mismos fotógrafos,
en su búsqueda de una definición de su práctica, empezaron a organizar
la historia de la fotografía, y el rescate de las imágenes. Ya, en 1926,
Edward Weston escribió una breve nota sobre daguerrotipos en la revista
Forma de Gabriel Fernández Ledesma, cuyo hermano, Enrique, echó
mano de la colección Teixidor para "componer" un libro precursor, casi
inverosímil en su momento, La gracia de los retratos antiguos (1950).
En diversas ocasiones, Manuel Álvarez Bravo y su primera esposa Lola,
presentaron ejemplares notables de su propia colección en pequeñas exposiciones
o en revistas-sin mucha resonancia. Toda su vida,
Álvarez Bravo ha coleccionado fotografías. Desde que hiciera un primer
"cambalache" con Henri Cartier-Bresson, en 1935, intercambió con sus colegas,
mexicanos y extranjeros, copias finas de sus mejores imágenes. Acostumbró
visitar a coleccionistas y anticuarios en Francia, Holanda o Estados Unidos.
Consiguió ejemplares muy raros, "incunables" casi, de Bayard, Atget, Abbott
o Nadar (por algún motivo, que quizás hay que rastrear a sus años de formación,
siempre le interesó la fotografía francesa, además de la mexicana). En enero
de 1973, Álvarez Bravo entregó al Museo de Arte Moderno, entonces bajo
al dirección de Fernando Gamboa, 886 fotografías de su colección personal,
entre las cuales sólo 78 del siglo veinte). Pero el MAM tiene asignado
el arte mexicano moderno, y esta donación extemporánea permanece desde
entonces en cajones. Deshacerse de este lote no significó el fin de la
pasión: en 1980, Álvarez Bravo acordó con Emilio Azcarraga Milmo la creación
de un Museo de Fotografía, para el cual se habilitó la que fuera casa
de Marga López, en Periférico y Altavista, y se le ofreció, a través de
la Fundación Cultural Televisa, fondos para adquirir obras de calidad
irreprochable, en un momento en que el mercado de fotografía apenas despegaba.
El acervo del Museo de Fotografía llegó al millar. Muy pronto, sin embargo,
diferencias personales entre el mecenas y el fotógrafo, acabaron con este
ambicioso proyecto; cerrado al público durante varios años, el Museo fue
inhabilitado en 1986 y la colección entera, trasladada al recién creado
Centro Cultural/Arte Contemporáneo cuando, por uno de estos caprichos
que distinguen el patrocinio privado a la cultura y las artes en México,
Azcarraga decidió de la noche a la mañana retirarse del Museo Tamayo,
e instalar "sus" colecciones en lo que fuera el centro de prensa del Mundial
de fútbol. Aparte de
las exposiciones temporales, organizadas bajo el cuidado muy severo de
Álvarez Bravo en el Museo del Periférico, la colección se presentó en
una sola ocasión, en 1983, en el Tamayo, junto con una selección de las
fotografías mexicanas de la donación al MAM. En el CC/AC, la curadora
de fotografía Victoria Blasco se dedicó durante casi una década a la preservación
de la colección, que se fue ampliando mediante donaciones y, sobre todo,
con la adquisición de fotografías contemporáneas. En 1995, con el título
"Luz y Tiempo", la colección Álvarez Bravo se expuso en su integridad
en la amplitud del recinto; se publicaron asimismo tres volúmenes de un
catálogo organizado, a falta de otro criterio, por orden alfabético. Luego,
en 1997, el CC/AC cerró sus puertas, tan rápida y sorpresivamente como
había sido creado. La colección fotográfica pasó a ser custodia de Casa
Lamm, centro cultural pluridisciplinario cuya vocación después de cinco
años de existencia, no queda aún clara, y no posee ni infraestructuras
de conservación, ni salas de exposición adecuadas para la protección de
esta colección, guardada por el momento en bodegas por el rumbo de Santa
Fe, cuyas pésimas condiciones de humedad han sido extraoficialmente reportadas.
Los directivos de Casa Lamm confiesan, además, que los inventarios fueron
inadvertidamente "borrados" de las computadoras al cierre del CC/AC Antecediendo
una rumorada escisión de la colección, su encargado, el curador itinerante
Victor Zamudio Taylor, organizó hace poco una exposición de la sección
contemporánea en el MARCO de Monterrey. La colección
de Felipe Teixidor corrió mejor suerte. A su muerte, en 1980, ingresó
a la Fototeca del INAH, en Pachuca, donde se conserva en las mejores condiciones
posibles en el país; durante muchos años "patito feo" del llamado Fondo
Casasola, abogado casi exclusivamente a la difusión de imágenes de la
Revolución, las 5,000 tarjetas de visita, postales, delicadas impresiones
en papeles albuminados de William Henry Jackson, Guillermo Kahlo, C. B.
Waite, Briquet, Maler, Brehme, los extraños álbumes de personajes del
Imperio, la Reforma, de literarios, obispos y presos, de construcciones
del Porfiriato, ya están catalogados y, aunque rara vez expuestos, pueden
consultarse digitalmente en el Modulo del SINAFO (que no se encuentra
en la calle de Córdoba, sino en Liverpool 123, Col. Juárez). Han surgido
pocos coleccionistas de fotografía en México desde los tiempos de Álvarez
Bravo y Teixidor. Los que más, Carlos Monsiváis y Francisco Toledo, han
adquirido puntualmente lo que, a través de contactos personales y visitas
a anticuarios, han dejado en el país los compradores extranjeros, agentes
espontáneos o asociados a importantes museos de Estados Unidos (el Getty,
en primera línea), que descubrieron, cuando la diseñadora de modas Susie
Tompkins adquirió en 165,000 dólares las Rosas de Tina Modotti,
de que existía, en México, un patrimonio barato, fácilmente exportable.
Porque la fotografía mexicana, en particular la del periodo 1920-1930,
ya fue incorporada al mercado internacional del arte. Mientras
tanto, aquí nos quedamos sin el recinto donde apreciar las obras claves
del que fuera el medio visual imprescindible a la comprensión de nuestro
siglo veinte.
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