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Art # od018, "Astrid Hadad: Heavy Nopal"

Por: Olivier Debroise


by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

En los días de 1933 en que Lázaro Cárdenas se lanzaba a la presidencia de México con un aparato electoral nunca visto antes, de aspecto, valga decirlo, "soviético" -tren especial pertrechado de panfletos y banderas, toneladas de alimento para los más pobres, esperanzas para todos- reviviendo así, por lo menos para algunos, los tumultos de 1915, se dejo escuchar una voz quebrada que gritaba a los cuatro vientos: "Yo soy tequilera...."

Lucha Reyes (1906-1942) salía de las carpas de arrabal, de las modestas giras por los teatros pueblerinos. Había intentado alguna vez triunfar "al otro lado" y en el Berlín de los cabarets también, días antes del incendio del Reichtag. Sin resultado. Quizás la recordaban los asiduos al Teatro Esperanza Iris, donde formaba parte del coro Limón. Como muchos de sus colegas, asedió las puertas de la XEW, La Voz de América Latina... Sin resultados.

En los días de Lázaro Cárdenas, la voz de Lucha reyes empezó a conmover al público mexicano. Su estilo, en efecto, coincidía con esa "revisión" y esa mitificación de la revolución armada que ofrecía el cardenismo con su dosis de populismo, sus deseos de construir una "mística nacional": Lucha retomaba el corrido popular -esa saga o balada épica a la mexicana- que describía héroes fanstásticos un poco ridículos, tal vez, en sus hazañas, en sus destinos trágicos (recuérdese Rosita Aranda).

Lucha Reyes modernízó los arreglos, agregando elementos jazzíssticos filtrados por el teatro de revista e instrumentos nunca oídos en el campo de batalla. Luego, conformó un repertorio de canciones que llevaban a sus extremas consecuencias algunos rasgos arquetípicos del sentimiento mexicano: la burla, el autoescarnio, la conciencia trágica, la apasionada sumisión, etcétera...

"Yo me muero donde querrá..." la vez itinerario sentimental, descripción de la pobreza ineludible, destino... y burla alegre de toda esta miseria.

Como manifestación cultural de un momento preciso de la historia de México, Lucha Reyes resolvía de una peculiar manera las tensiones entre campo y ciudad, sociedades arcaícas y sociedades modernizadas, búsqueda de arraigo en las tradiciones locales y ampliación de los horizontes mentales, que caracteriza este periodo.

La XEW hizo el resto.

Astrid Haddad se erige deliberadamente como heredera de Lucha Reyes. No sólo porque incluye varias de sus canciones en su propio repertorio y le rinde frecuentes homenajes, sino porque recrea en el escenario, la atmósfera -el concepto- de aquellas "veladas revolucionarias", cuando circulaba el tequila y los espectadores entonaban a coro los refranes por todos sabidos, interpelaban a la cantante...

Pero Astrid no es una simple "intérprete" nostálgica a la manera de los programa de Saldaña. Crea, con los elementos codificados por Lucha Reyes (y algunas de sus seguidoras, Elvira Ríos, Chelo Silva, Lola Beltrán) un nuevo género. Para empezar, al lado del (legítimo) homenaje establece una distancia crítica, que impide la mitificación. Sus espectáculos obligan a una lectura analítica sin dejar de ser divertida, de aquel repertorio intrinsecamente mexicano. Porque Astrid Haddad lleva a sus últimas consecuencias los temas musicales, trata las canciones al pie de la letra, distorsiona sus sentidos, evidencia las cargas sexuales o políticas de las letras que "forjaron la nación". Tratése del papel de la mujer, a la vez objeto de todos los deseos y objeto del escarnio, o del machismo implícito en todo corrido, o de los discursos de la pasión amorosa...

Porque Astrid Haddad no es sólo la voz (por lo demás excelente). El "concepto" Astrid Haddad proviene de una escuela teatral (concretamente, la de Jesusa Rodríguez y sus Divas); esto hace que el cuerpo "encarna" las letras de estas canciones) transformándola en representación el tiempo del espectáculo. Astrid actúa la canción en sentido concreto: los movimientos, los gestos, no sólo acompañan la letra, sino que la reinterpretan- y muchas veces la desconstruyen.

Al establecer un diàlogo en contrapunto con los músicos (sus músicos, Los Tarzanes), por ejemplo, Astrid Haddad tensa las relaciones entre la manera tradicional y nostálgica de cantar y su propia interpretación. Es parte del asunto: Los tarzanes, bien seriecitos y convencionales, intentan restablecer el sentido normal de las canciones, mientras Astrid Haddad lo explota -y lo hace explotar. Astrid se sirve asimismo de referencias icónicas, no sólo como escenario (los telones con volcanes pintados, los reflectores en forma de nopales, el caballo de madera, el metate, etcétera) sino sobre su propio cuerpo transformado a su vez en escenario -si no en relicario: desde la pechuga "inflada" de globos hasta los trajes/sorpresa en extremo complejos, multiusos, y los incontables adornos, escapularios, rosarios, cananas, Guadalupes, íconos y lugares comunes de la "esencia de México". Mujer-orquesta, Astrid lleva sobre sus hombros el bagaje de mitos, ritos e imágenes completo del mexicano, como aquellos sacerdotes errantes chichimecas llevaban en sus hombros un cacaxtli, un paquete sagrado, con las imágenes y los ídolos de la tribu o como Benito Juárez cargando con el Archivo General de la Nación ante la llegada de los franceses. Alguien comentaba con envidia que Astrid era como un Museo Ambulante de Culturas Populares. Tanto los trajes como las actitudes forman parte de esta deconstrucción paródica -aunque muy seria- que pasa también por la lectura in-mediata de las canciones.

Voz y cuerpo son aquí, por lo tanto, indisociables, porque lo que no dice la voz, lo expresa el cuerpo y viceversa. Valiéndose de estos mínimos recursos escenográficos con fuertes connotaciones culturales, Astrid Haddad reiventa una tradición, y la lleva a los tiempos del México de todas las crisis posmodernas.

En su inmensa mayoría, las letras de canciones por todos conocidas en México hablan del cuerpo, aunque sea veladamente, subliminalmente. "Mi amor es un cheque en blanco", por lo tanto, debes firmar mi cuerpo... La lectura de Astrid Haddad evidencia, como pocas veces, esa "economía" de las pasiones, los sentimientos y los deseos: dominación, entrega, trueque, devolución, de órganos y de miembros. Esta reiterpretación devela y actualiza, les da un nuevo aire, una dimensión conceptual, a una serie de textos inmersos en el trasfondo cultural de México.

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