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Periódico:
Reforma,
Fecha: Lunes, 29 de enero 2001
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courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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El desconcierto
que provocan las inconsecuencias y la lentitud en precisar la nueva orientación
-si es que la hay- de la nueva administración cultural, ha desviado la
atención de algunas importantes exposiciones inauguradas en los últimos
días del año pasado, y que permiten apreciar ciertos aires de cambio que
no esperaron la ratificación electoral para mostrarse. Una de éstas es
la muestra que, siguiendo su tradición de experimentación, presenta el
Museo Carrillo Gil con el título Boutique. Preparada
y presentada por Ana Elena Mallet, curadora del museo, Boutique
podría considerarse continuación y antítesis de Erógena, la discutible
pero interesante exposición de arte erótico contemporáneo que organizó
Magali Arriola hace algunos meses, y viajó luego a Bélgica. Erógena
se enfocaba a representaciones actuales de la desnudez, trasvestida en
muchas de las obras por un uso provocador del maquillaje, si no por más
agresivas alteraciones y modificaciones físicas, incluyendo tatuajes y
todo tipo de perforaciones. Estas inscripciones en la carne constituyen
al cuerpo en soporte de signos visuales, e intentan trascenderlo al modificar
sus rasgos sociales. El discurso de la antropología social y las reivindicaciones
"primitivistas" del arte moderno permea muchas de estas obras contemporáneas
(en particular las fotografías de Francisco Toledo). Práctica social común
y señal de identificación de la generación del hip-hop, forma ahora
parte del sistema de la moda. A estas marcas indelebles que inscriben
el cuerpo en un devenir, Boutique opone -mejor dicho, yuxtapone-
lo efímero de las prendas intercambiables, el fetichismo de tejidos y
paños susurrantes que tanto alborotaron al joven Jacques Lacan por su
indudable poder de seducción, el erotismo de los velos que excitan a la
imaginación. Después de
varios meses de investigación, Mallet seleccionó a nueve creadores de
moda mexicanos, algunos ya conocidos y otros, muy jóvenes, que apenas
empiezan a destacar, pero se sitúan todos en la intersección del arte
contemporáneo, tanto por utilizar, como muchos artistas, signos sociales
que se inscriben en la cultura del cine y el comic, el rock y el pop,
como por una -quizás muy nueva- reflexión sobre la práctica de la moda.
La exposición inicia con tradicionales creaciones exclusivas de Macario
Jiménez y Néstor Osuna, que retoman un concepto de elegancia inspirado
en el glamour del cine de los años cuarenta y su fascinación por
la estilización y las líneas puras. Las hermanas Julia y Renata Franco,
más audaces, se inspiran de antiguas tradiciones orientales para elaborar
manualmente plisados muy complejos, que les permiten componer verdaderas
esculturas corporales. Más interesante, la sección de "experimentación"
en que creadores más jóvenes, y con una formación profesional menos sofisticada,
exploran las posibilidades y los límites de la moda. El regiomontano Eduardo
Villarreal organiza el aparato de mercadotecnia de "modelos teóricos",
que sólo existen en la imaginación de quien lee los anuncios o recorre
las páginas de Internet, mientras Maurico Olvera produce sofisticados
desfiles que parecen parodias de performances. El más sugestivo, sin duda,
es el proyecto de Héctor Mijangos y su World Wide Tribe. Ofrece a la generación
de backpackers que recorren el planeta ecológicamente amenazado
en busca de un posible paraíso, un traje-cama de inmaculados materiales
sintéticos: el modelo ideal para una noche de rave en playas el
Pacífico. A diferencia de los otros creadores de la muestra, Mijangos
envuelve su prototipo de un elaborado aparato conceptual muy próximo al
de un artista plástico. Sin evitar
del todo una presentación museográfica que recuerda la buscada espectacularidad
de los "cajones" desmontables de un salón de moda, Mallet logró trastornar
estos arreglos convencionales al develar, por ejemplo, los instrumentos
de trabajo, generalmente ocultos, de estos sastre del gusto, o al desvanecer
típica la vanidad de una profesión muy competitiva. Al solicitar a críticos
de moda la elaboración de las cédulas didácticas, inclusive pudo desviar
el discurso museográfico de la simple apología. Desde su
multitudinaria inauguración a mediados de diciembre, Boutique se
ha convertido en la exposición más exitosa del Carrillo Gil desde hace
muchos años. Atrae a diario a un renovado público, en su mayoría muy joven,
poco acostumbrado a visitar museos. Esta boga no se debe a la casi inexistente
publicidad, es consecuencia directa de una iniciativa descaradamente encaminada
a desacralizar el museo -que no hay que confundir con la dictadura de
las estadísticas denominada "ciudadanización". Boutique, de hecho,
es una exposición concurrente de una serie de experiencias o propuestas
curatoriales que están causando revuelo y levantan protestas en los Estados
Unidos, en particular la de Giorgio Armani en el Guggenheim y "Face to
Face: Shisheido and the Manufacture of Beauty", retrospectiva de esta
empresa japonesa de cosméticos, en la Grey Gallery. La inclusión
del diseño en el museo no es novedad: ya en los años 30, en el gran momento
del art déco, el Museo de Arte Moderno de Nueva York inició su departamento
de diseño, y creó colecciones de objetos que definen con precisión el
espíritu de lo modernidad. La crítica conservadora y el sector del público
que la acompaña, se preocupa por la contingencia en el museo de objetos
"industriales" y "comerciales", con obras de arte consagradas (como si
éstas no fueran comercializables). Estas iniciativas interpelan una supuesta
"pureza" del recinto museográfico que se creería resuelta desde los tiempos
de Andy Warhol. La polémica se dio, en México, la misma noche de la inauguración
de Boutique. Algunos auténticos artistas que prefirieron conservar
el anonimato, circularon entre los asistentes un manifiesto protestando
por esta transgresión a la integridad del museo -y posible desvalorización
de sus obras. El museo
como institución y plaza pública, espacio designado del debate cultural,
está cambiando, y debe hacerlo si quiere, no tanto sobrevivir como incidir
en el público y formar criterio -es decir, cumplir con su más tradicional
función educativa. Tiene que dejar de ser ciudadela misteriosa dedicada
a la muda contemplación del arte, y atreverse a revisar las expresiones
culturales en su amplitud, lo que significa rebasar lo meramente artístico,
sobre todo en un país que, como México, nunca respetó el rígido sistema
del high & low de los Estados Unidos. La exposición sobre el
art déco mexicano, que se presentó en el Munal, incluía numerosos artefactos,
muebles, telas y vestidos de fabricación industrial, y nadie entonces
protestó. Una exposición no convierte automáticamente el museo en un mall (sobre todo, porque aquí no hay nada a la venta, ni siquiera se promueve el prestigio de los creadores, examinados en un contexto por naturaleza crítico). Boutique revela, eso sí, las filtraciones de las prácticas del arte contemporáneo en otros circuitos. Sólo por ello, la exposición de Ana Elena Mallet marca un hito importante.
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