Art # od013, "¿Continuidad o discontinuidad?"
Por: Olivier Debroise
Periódico: Reforma, Fecha: Lunes, 15 de enero 2001
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Con la concentración en un bloque homogéneo de casi todas las componentes políticas en acción en el país, Plutarco Elías Calles resolvió discursivamente, en 1929, los dilemas dominantes durante la etapa de "reconstrucción" posrevolucionaria. Más allá de las ideologías, hacía suyo -y volvió dogma del partido único- el concepto de "mestizaje cultural", introducido desde mediados de los años 10 por el antropólogo Manuel Gamio y refinado a partir de 1925, desde la misma Secretaría de Educación Pública, por Moisés Sáenz, con su teoría de la "integración" indígena. La construcción de esta "nación mestiza" fue generalmente aceptada en el siglo 20 mexicano, porque era sencilla, poética inclusive, y llenaba las necesidades de definir lo que es nacional en un país construido sobre las ruinas de un número considerable de grupos lingüística y étnicamente diversos. En términos estrictamente políticos, este concepto permitía encubrir el centralismo irrestricto con la coartada, por todos supuestamente compartida, de una cultura nacional, pero anulaba profundos matices históricos y culturales. Desde los años treinta, el programa de integración -o de mestizaje- se fue disolviendo en una idea de continuidad, que diseñaron sucesivamente el filósofo Samuel Ramos, el psicoanalista Santiago Ramírez , el más grande de sus teóricos, Octavio Paz, y se prolonga hasta nuestros días en el esencialismo soterrado de proyectos "museográficos" como México: Esplendor de 30 siglos y México eterno, cuyo último avatar es la serie de televisión coproducida por CONACULTA y Televisa, y presentada por Carlos Fuentes, El alma de México, que inicia con una serie de rostros de mexicanos, desde cabezas olmeca hasta Carlos Monsiváis pasando por caballeros águila, los muralistas, Sor Juana, Octavio Paz, Emiliano Zapata y Frida Kahlo, morfeados unos en otros en clara expresión de esta poética de la continuidad.

El discurso de integración y de continuismo cumplió, en la época posrevolucionaria, una función política discutible, quizás, pero probablemente necesaria a las circunstancias históricas; su ciclo -su siglo- se agotó -se está agotando- porque este México hermoso y conmovedor es absolutamente ficticio geográfica y socialmente, porque el mito de las particularidades étnicas no puede perpetuarse fuera del ejercicio dominante de un estado-nación sólido, porque el concepto de "cultura nacional" está profundamente debilitado por las embestidas de la globalización y su consecuencia inmediata, la aparición de discursos alternos, de reivindicaciones étnicas, religiosas y sociales que desafían y amenazan el extenuado proyecto integrador.

Este reto provoca, es natural, considerable malestar, sobre todo en la clase intelectual cuya tarea consiste justamente en el estudio de estos fenómenos. Carlos Fuentes en su editorial del pasado lunes 8 en Reforma, "Proyección de México", revela las intenciones de Jorge Castañeda, en consulta con un grupo de asesores -entre estos, Héctor Aguilar Camín y Carlos Slim-, de crear un "Instituto Mexicano de Cultura", modelado sobre el British Council, el Goethe Institute alemán o el Instituto Cervantes español. El discreto nombramiento, a mediados de la semana pasada, del director saliente del INBA, Gerardo Estrada, en la dirección de cultura de la Secretaría de Relaciones Exteriores, parece indicar que algo grande se está cociendo.

Durante décadas, los servicios culturales de la SRE -incorporados hace algunos años a un Instituto Mexicano de Cooperación Internacional-, han atendido las demandas culturales de las embajadas mexicanas y, más recientemente, de los centros o institutos creados para difundir las artes de México en capitales de Europa y ciertas grandes ciudades de los Estados Unidos, facilitando económica y administrativamente tanto la exportación de piezas artísticas, como el traslado de grupos teatrales, músicos, conferencistas, ciclos de cine, etc. (aun cuando una buena porción de la producción cultural independiente nunca transita por esta vía). En los últimos años, sin embargo, la SRE ha influido muy poco en la definición y organización de programas culturales, sea porque respondían a necesidades -o caprichos- particulares de las embajadas, sea porque fueron diseñados desde CONACULTA (como en el sonado caso de la exposición México eterno/Soles de México, en París, a principios del 2000) o por organismos efímeros creados desde la misma presidencia de la República (como se acostumbra en ocasiones de ferias internacionales como las de Sevilla o de Hanover).

De confirmarse la creación del "Instituto" propuesto por Fuentes, se podría correr el riesgo de un apuntalamiento, inoportuno quizás, y a destiempo, del viejo proyecto integrador. Recurrir, en un país como México -postcolonial en muchos aspectos-, al modelo de las agencias europeas de penetración cultural, brazos activos de los imperialismos del siglo 19, sin reformular su función y propósito, afectaría un genuino interés en la heterogeneidad de la producción cultural en México, en particular en los países de habla hispana del continente, que legítimamente lo interpretarían como una imposición. El impacto local de los Institutos dependientes de los ministerios de asuntos exteriores de Europa, no reside estrictamente, además, en la difusión cultural y científica, sino en una labor pedagógica, que incluye el aprendizaje o el perfeccionamiento de lenguas. Nos guste o no, hace ya tiempo que Emilio Azcárraga creó deliberadamente redes televisivas en los Estados Unidos, Centro y Sudamérica, recalcando que se trataba de una "defensa del idioma español", del habla mexicano en especial, como punta de lanza de su peculiar nacionalismo y de su idea de una "proyección de México" (véase El Tigre, de C. Fernández y A. Paxman, entre numerosas referencias, la p. 278).

La posible creación de un Instituto de Cultura dependiendo de la SRE, pero sobre todo las cavilaciones de la nueva administración de CONACULTA y la paradoja que implica el nombramiento en puestos claves de funcionarios entrenados en el pasado régimen (la excepción es Sari Bermúdez), pone claramente en evidencia la dificultad de elaborar ahora un discurso cultural verdaderamente alterno, que represente el profundo cambio de mentalidades, del imaginario y de la concepción del propio país, que sí existe, y no sólo desde julio del año pasado, y ya tiene, aquí como en el extranjero, sus cronistas, sus teóricos e incluso sus historiadores.

Una "proyección de México", interna primero, y luego hacia el exterior, debería pasar ahora por el examen preciso, limpio de aspectos totalizantes, de divergencias, rupturas, disidencias, diversidades, discontinuismos y asincronías, que articulan la rica complejidad de una región en su perpetua transición.

 

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