De
espaldas al abortado (y obviamente improcedente) proyecto de la "ciudadanización",
la presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA)
y el Secretario de Relaciones Exteriores (SRE) convocaron, con sólo
tres días de diferencia, a sendas reuniones informales --aunque altamente
protocolarias-- con un grupo selecto y casi idéntico de dueños de galerías,
directores de museos, promotores culturales (sic) y artistas plásticos.
No obstante leves variaciones en los menús (salmón del Atlántico diversamente
aderezado), en ambas reuniones la dinámica y el tono fueron los mismos.
Las "culturas milenarias de México" fueron de nuevo sepultadas bajo
el polvo de los siglos como acatando los chistes racistas que pronunció
el pintor de todos los regímenes pasados y presentes, Juan Soriano,
en un acto en el MAM (REFORMA, 17 de mayo del 2001). También fueron
enviados al calabozo del priísmo desahuciado todas las manifestaciones
de matiz "folclórico", empezando por el ballet del mismo nombre. La
palabra "cambio" se posó delicadamente sobre los mismos labios, trazando
un nuevo proyecto de cultura oficial. Aunque comportándose como ejércitos
enemigos que se disputan el mismo objetivo con las mismas tácticas,
el CNCA y la SRE declararon enfáticamente a la "comunidad" artística
: la cultura de México será contemporánea o no será...
Obra de Gabriel Orozco
La coincidencia de conceptos en estos discretos eventos deja bien claro
que, por encima de la retórica de democratización, el aparato cultural
ha recibido ya una línea desde las oficinas de la Presidencia de la
República. El régimen de Vicente Fox se dio cuenta, aunque a destiempo,
que su imagen requería de acompañamiento cultural, particularmente sus
performances en el extranjero. Debió cundir el pánico cuando, a contrapelo
de las consignas anteriores, el aparato cultural se vio obligado a sacudirse
el sopor de 30 siglos para ofrecerse descaradamente en el altar de lo
alternativo, las vanguardias, lo independiente, confundidos todos con
la contemporaneidad (es decir, el arte en tiempos de globalización).
En las inventivas mentes de los ideólogos de esta nueva ola, despuntan
los ejemplos más inverosímiles: como a principio de los años 20 Lunatcharsky
convocaba de nuevo a Mayakovski y a la vanguardia rusa en San Petersburgo,
y Vasconcelos mandaba traer a Diego Rivera y Roberto Montenegro a un
acuerdo trashumante que los llevó hasta Mérida. Hasta aquí con las comparaciones
con que se seduce a los nuevos funcionarios. Una cosa es que Gabriel
Orozco permita que su Rueda de la fortuna se integre en la banalidad
del relato "de los olmecas a Volkswagen" del Pabellón de México en Hannover
2000, pero cuesta trabajo imaginar que la nueva oficialidad pueda decorar
las visitas de Estado de Fox con los brutales performances en que Santiago
Sierra tatúa espaldas de prostitutas heroinómanas, las caminatas con
una pistola comprada en el mercado negro de Francis Alÿs o las acciones
globalifóbicas de Minerva Cuevas. Lo que es de esperar es que el estado
exporte otra versión distorsionada, coloreada y edulcorada "de-lo-de-hoy".
Pues la recién descubierta afición del aparato cultural y diplomático
oficial por "lo contemporáneo" no es ni más ni menos que del intento
de "capturar" (aunque la palabra "usurpar" quizá sea más sugestiva)
"proyectos culturales" más o menos independientes para llenar su lagunas
conceptuales, sus carencias ideológicas y su evidente desorientación.
Esta nueva concepción de un "mexicanismo de exportación" no toma en
cuenta, por supuesto, que el ejercicio del arte y la creación rara vez
esperan un impulso de esta índole: lo "contemporáneo" sólo pasa por
ratificaciones oficiales cuando se le requiere explícitamente. Ninguno
de los artistas o curadores que, sin recurrir a los trampolines oficiales,
han participado en años recientes en el intenso debate global en torno
a las artes en la red cada vez más competitiva de bienales y otros foros
públicos, fueron invitados o consultados. Los tímidos esfuerzos por
crear un nuevo concepto cultural con las migajas de lo que no lograron
absorber los anteriores regímenes, están condenados al fracaso, pues
los artistas y curadores que vieron con sorna la indiferencia oficial
del priísmo tardío cometerán difícilmente el error táctico de dejarse
absorber en la simulación de inclusividad del panismo naciente. El riesgo
está en los efectos a mediano plazo: la corrupción de la escena artística
local. Habrá, por supuesto, artistas que hubieran podido ser buenos
y caerán en la seducción de un par de boletos de clase turista y la
impresión de un catálogo con un ensayo grandilocuente. Como el aparato
cultural diplomático desconoce cómo abrir puertas a los verdaderos centros
de exhibición de arte contemporáneo, se enfocarán a crear "casas de
México" que volverán a confinar a un ghetto deslucido a los artistas
que así "exporten". Como los funcionarios y su presidente jamás fueron
consumidores de cultura contemporánea, no podrán percibir las carcajadas
que críticos y artistas lanzarán en las exposiciones así inauguradas.
A nivel local, el efecto será restaurar las caravanas de "artistas"
haciendo antesala para que les conceda una exposicioncita. Mientras
los curadores y directores de museos que tienen reconocimiento pronto
se enterarán de que no tiene caso tratar de salvar un proyecto equivocado
de raíz, los neófitos, que apenas ayer celebraban la mediocridad de
hace medio siglo, tendrán el dudoso honor de hacer rodar por los suelos
la endeble reputación que México se ha ganado como un centro periférico
de arte emergente. Eso, claro, en afán de convertirse en nuevos "Gamboas"...
El desinterés cultural también engendra monstruos: si bien las pasadas
administraciones de cultura acabaron por abrir resquicios --más por
supervivencia que por real e intrínseca necesidad-- a la multiplicidad
de discursos y a ciertas revisiones históricas, la actual parece creer
que las prácticas se modificarán en un flujo de entusiasmo que se autodefine
como "revolución pacífica". Que se nos entienda bien: no estamos haciendo
un llamado de principio a la abstención curatorial, sino a replantear
el sentido de la nueva política antes de que se vuelva catastrófica.
Lo único que tendría sentido es orientar al aparato cultural a servir
las iniciativas que espontáneamente surgen entre individuos e instituciones
a nivel global, es decir, cambiar la orientación entera de una burocracia
cultural acostumbrada a dizque "generar" proyectos en lugar de simplemente
facilitarlos. En materia de arte contemporáneo, el Estado sólo debe
ser un proveedor de recursos económicos y un distante colaborador: solícito,
gris, tolerante y hasta, si se quiere, escéptico. Ni el funcionario
es la patria, ni la patria es primero. Una vez más hay que preguntar
con todo oportunismo, y caso por caso, si en un proyecto el Estado sirve
al arte, o si por el contrario se nos quiere seducir tramposamente a
servir al Estado.