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Art # od107, "Alto protocolo, táctica equivocada"

Periódico: Reforma, 6 junio 2001

Por: Olivier Debroise y  Por: Cuauhtémoc Medina

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

De espaldas al abortado (y obviamente improcedente) proyecto de la "ciudadanización", la presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA) y el Secretario de Relaciones Exteriores (SRE) convocaron, con sólo tres días de diferencia, a sendas reuniones informales --aunque altamente protocolarias-- con un grupo selecto y casi idéntico de dueños de galerías, directores de museos, promotores culturales (sic) y artistas plásticos. No obstante leves variaciones en los menús (salmón del Atlántico diversamente aderezado), en ambas reuniones la dinámica y el tono fueron los mismos. Las "culturas milenarias de México" fueron de nuevo sepultadas bajo el polvo de los siglos como acatando los chistes racistas que pronunció el pintor de todos los regímenes pasados y presentes, Juan Soriano, en un acto en el MAM (REFORMA, 17 de mayo del 2001). También fueron enviados al calabozo del priísmo desahuciado todas las manifestaciones de matiz "folclórico", empezando por el ballet del mismo nombre. La palabra "cambio" se posó delicadamente sobre los mismos labios, trazando un nuevo proyecto de cultura oficial. Aunque comportándose como ejércitos enemigos que se disputan el mismo objetivo con las mismas tácticas, el CNCA y la SRE declararon enfáticamente a la "comunidad" artística : la cultura de México será contemporánea o no será...
Obra de Gabriel Orozco

La coincidencia de conceptos en estos discretos eventos deja bien claro que, por encima de la retórica de democratización, el aparato cultural ha recibido ya una línea desde las oficinas de la Presidencia de la República. El régimen de Vicente Fox se dio cuenta, aunque a destiempo, que su imagen requería de acompañamiento cultural, particularmente sus performances en el extranjero. Debió cundir el pánico cuando, a contrapelo de las consignas anteriores, el aparato cultural se vio obligado a sacudirse el sopor de 30 siglos para ofrecerse descaradamente en el altar de lo alternativo, las vanguardias, lo independiente, confundidos todos con la contemporaneidad (es decir, el arte en tiempos de globalización). En las inventivas mentes de los ideólogos de esta nueva ola, despuntan los ejemplos más inverosímiles: como a principio de los años 20 Lunatcharsky convocaba de nuevo a Mayakovski y a la vanguardia rusa en San Petersburgo, y Vasconcelos mandaba traer a Diego Rivera y Roberto Montenegro a un acuerdo trashumante que los llevó hasta Mérida. Hasta aquí con las comparaciones con que se seduce a los nuevos funcionarios. Una cosa es que Gabriel Orozco permita que su Rueda de la fortuna se integre en la banalidad del relato "de los olmecas a Volkswagen" del Pabellón de México en Hannover 2000, pero cuesta trabajo imaginar que la nueva oficialidad pueda decorar las visitas de Estado de Fox con los brutales performances en que Santiago Sierra tatúa espaldas de prostitutas heroinómanas, las caminatas con una pistola comprada en el mercado negro de Francis Alÿs o las acciones globalifóbicas de Minerva Cuevas. Lo que es de esperar es que el estado exporte otra versión distorsionada, coloreada y edulcorada "de-lo-de-hoy". Pues la recién descubierta afición del aparato cultural y diplomático oficial por "lo contemporáneo" no es ni más ni menos que del intento de "capturar" (aunque la palabra "usurpar" quizá sea más sugestiva) "proyectos culturales" más o menos independientes para llenar su lagunas conceptuales, sus carencias ideológicas y su evidente desorientación.


Esta nueva concepción de un "mexicanismo de exportación" no toma en cuenta, por supuesto, que el ejercicio del arte y la creación rara vez esperan un impulso de esta índole: lo "contemporáneo" sólo pasa por ratificaciones oficiales cuando se le requiere explícitamente. Ninguno de los artistas o curadores que, sin recurrir a los trampolines oficiales, han participado en años recientes en el intenso debate global en torno a las artes en la red cada vez más competitiva de bienales y otros foros públicos, fueron invitados o consultados. Los tímidos esfuerzos por crear un nuevo concepto cultural con las migajas de lo que no lograron absorber los anteriores regímenes, están condenados al fracaso, pues los artistas y curadores que vieron con sorna la indiferencia oficial del priísmo tardío cometerán difícilmente el error táctico de dejarse absorber en la simulación de inclusividad del panismo naciente. El riesgo está en los efectos a mediano plazo: la corrupción de la escena artística local. Habrá, por supuesto, artistas que hubieran podido ser buenos y caerán en la seducción de un par de boletos de clase turista y la impresión de un catálogo con un ensayo grandilocuente. Como el aparato cultural diplomático desconoce cómo abrir puertas a los verdaderos centros de exhibición de arte contemporáneo, se enfocarán a crear "casas de México" que volverán a confinar a un ghetto deslucido a los artistas que así "exporten". Como los funcionarios y su presidente jamás fueron consumidores de cultura contemporánea, no podrán percibir las carcajadas que críticos y artistas lanzarán en las exposiciones así inauguradas. A nivel local, el efecto será restaurar las caravanas de "artistas" haciendo antesala para que les conceda una exposicioncita. Mientras los curadores y directores de museos que tienen reconocimiento pronto se enterarán de que no tiene caso tratar de salvar un proyecto equivocado de raíz, los neófitos, que apenas ayer celebraban la mediocridad de hace medio siglo, tendrán el dudoso honor de hacer rodar por los suelos la endeble reputación que México se ha ganado como un centro periférico de arte emergente. Eso, claro, en afán de convertirse en nuevos "Gamboas"...


El desinterés cultural también engendra monstruos: si bien las pasadas administraciones de cultura acabaron por abrir resquicios --más por supervivencia que por real e intrínseca necesidad-- a la multiplicidad de discursos y a ciertas revisiones históricas, la actual parece creer que las prácticas se modificarán en un flujo de entusiasmo que se autodefine como "revolución pacífica". Que se nos entienda bien: no estamos haciendo un llamado de principio a la abstención curatorial, sino a replantear el sentido de la nueva política antes de que se vuelva catastrófica. Lo único que tendría sentido es orientar al aparato cultural a servir las iniciativas que espontáneamente surgen entre individuos e instituciones a nivel global, es decir, cambiar la orientación entera de una burocracia cultural acostumbrada a dizque "generar" proyectos en lugar de simplemente facilitarlos. En materia de arte contemporáneo, el Estado sólo debe ser un proveedor de recursos económicos y un distante colaborador: solícito, gris, tolerante y hasta, si se quiere, escéptico. Ni el funcionario es la patria, ni la patria es primero. Una vez más hay que preguntar con todo oportunismo, y caso por caso, si en un proyecto el Estado sirve al arte, o si por el contrario se nos quiere seducir tramposamente a servir al Estado.

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