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Art # od105, "Sylvia Navarrete: Miguel Covarrubias, artista y explorador "

Por: Olivier Debroise

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Miguel Covarrubias, artista y explorador, se llama el libro de Sylvia Navarrete que festejamos esta tarde. Aunque este binomio, artista/explorador pretende ofrecer una imagen sintética de los intereses de Covarrubias, se queda, creo, por debajo de la verdad. De hecho, Miguel Covarrubias fue muy poco artista -por lo menos, si nos atenemos estrictamente a los matices que esta palabra ha adquirido en nuestro siglo, si lo comparamos con la definición del estatus de artista que nos ofrecieron paralelamente, figuras de la talla "artística" de los inevitables Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o, para centrarnos en la misma generación de Covarrubias, Rufino Tamayo, Manuel Rodríguez Lozano y otros. Si nos atenemos estrictamente al peso de las palabras, Covarrubias fue más bien un artífice en el sentido renacentista. Caricaturista, en una época en que la caricatura era aún considerada un arte menor, no obstante el incremento extraordinario de la prensa y la extrema difusión de sus obras en esto medios -que de hecho, coloca a las ilustraciones de Covarrubias en el terreno del "arte público" sin necesidad de retórica ligitimadora. Práctica en los confines del arte, que nuestra mirada retrospectiva o, si prefieren, posmoderna, encabalgada en los géneros, recupera ahora despreocupadamente.

Dotado, desde la extrema juventud, de un lápiz extraordinario, podría parecer que Covarrubias se vio forzado a convertirse en ilustrador, en caricaturista, y en mantenerse al margen de lo estrictamente "artístico". Entregado, durante una buena parte de su existencia, a cumplir -con buen humor, por cierto- los encargos, las tareas que le eran asignadas. Al celebrar una década de ejercer este oficio, con el éxito conocido, Covarrubias lo abandonó paulatinamente -sería difícil, en su caso, hablar de una ruptura estricta. Llama la atención, sin embargo, que no fuera, como podría esperarse, para dedicarse a actividades más "artísticas", para iniciar, ahora sí, una trayectoria. Sin formación académica previa, se convierte entonces en etnólogo, primero en las islas del océano índico, en Bali, notablemente; luego en su patria, en México. Cabe apuntar de paso, porque creo que este dato revela algo, que no le interesa cualquier México: en los años de su itinerancia antropológica y de sus investigaciones arqueológicas, le interesa sobre todo "el sur de México", es decir, las culturas del istmo de Tehuantepec, el territorio en el que el México central -mejor dicho, el centralismo mexicano- volcó sus ideales exoticistas.

La labor de Covarrubias en los terrenos de las ciencias antropológicas y arqueológicas, no obstante su poca preparación, van a resultar abrumantes, y así como en el México de los años veinte se convierte en el parangón del caricaturista en un Nueva York que se descubre a si misma "capital del mundo moderno", se vuelve en pocos años el experto que todos consultan cuando se trata de describir y calificar y comprender y situar las culturas de Mesoamérica.

El éxito de Covarrubias en estas y en otras ramas, se debe, creo, a un agudo sentido de observación: el mismo que el permite detectar en sus congéneres el detalle curioso, el elemento característico a partir del cual elabora una caricatura, eliminando lo superfluo, borrando las marcas sociales impuestas, lo lleva a discernir, en una estatuilla prehispánica, el rasgo que revela, más allá de las formas siempre repetidas, la pertenencia a una u otra cultura, a una u a otra nación. Con esta lógica sencilla, gracias a este sentido común, y desembarazado, en este terreno como en otros, de andamiajes teóricos y de la pomposa retórica científica, Covarrubias identificó los rasgos de la cultura madre mesoamericana, "inventó" la cultura olmeca.

Existe, sin embargo, una línea de continuidad en la trayectoria aparentemente laberíntica de Miguel Covarrubias, y que merece, creo, un estudio pormenorizado: su interés por las culturas primitivas, que no se inicia, como podría parecer, con el primer viaje a Balí en compañía de su esposa, en 1930-31, sino que arranca mucho antes, en los días memorables del vasconcelismo, de la preparación de la primera exposición de arte popular mexicano de septiembre de 1921, que prepararon febrilmente, el Dr. Atl, Roberto Montenegro, Jorge Enciso, bajo la suave ferula de Manuel Gamio. Como asistente de Montenegro, Miguel Covarrubias hizó ahí su aprendizaje de coleccionista, y se inicio a los safaris de objetos exóticos. Integrante desde el primer momento del "renacimiento mexicano" de los años veinte -movimiento de definición cultural basado en reivindicaciones étnicas-, llega a Nueva York en 1923, en los albores de un movimiento paralelo (que merecería, además, compararse con el nuestro), el "Harlem Renaissance", movimiento cultural no carente de esnobismo que arranca en el descubrimiento de la música afroamericana, y cuya iconografía ligada al art-déco como derivado del primitivismo picassiano, fue codificada inmediatamente por Miguel Covarrubias, como lo comprueban las innumerables imitaciones que van a pulular en afiches y portadas de discos. El "Renacimiento mexicano" como el "Harlem Renaissance" se basan en un declarado "desclasamiento" cultural, en muchos rasgos semejante al que vivimos actualmente en el campo artístico. En todos los casos, la revindicación se basa en una mirada antropológica. La participación de Covarrubias en ambos "renacimientos" anuncia sus intereses posteriores por las culturas primitivas del oceano índico y del sur de México, su validación de las culturas arcaícas de Mesoamerica, y en particular, el acento que pondría en la cultura Olmeca y en las esculturas de Tlatilco, desviando la insistencia hasta entonces común por comprender y explicar las grandes civilizaciones tardías, maya o azteca.

Me atrae, me seduce la conducta dilettante de Miguel Covarrubias; la pasión, el entusiasmo, la curiosidad, el buen humor, el gusto que lo impulsan hacia adelante, le impiden detenerse en algún punto, porque siempre hay algo más que descubrir, algo más que gozar. Covarrubias actúa como coleccionista: en su intento interminable de comprender el mundo, recoge aquí y allá, elementos, imágenes, ilustraciones, fotografías, objetos, datos, que conforman un universo cultural impar. Los gustos del dilettante, del insaciable curioso, en su acepción renacentista, son eclécticos por definición. Ningún objeto es capaz de retener su atención, sino que, en tanto que dato cultural, elemento informativo en una larga cadena de pistas, remite inmediatamente a otro, obliga a seguir adelante, buscando otro. Miguel Covarrubias, quizás el verdadero humanista del sigo XX mexicano, no escapa a la regla.

Lástima, en ese sentido, que sus colecciones se dividieran: de existir, en algún lugar, un Museo Covarrubias que reuniera estos objetos, estas ilustraciones, tendríamos quizás el museo ideal que muchos en este país hemos soñado alguna vez. El gabinete de las maravillas completo. El libro de Sylvia Navarrete, en ese sentido, puede acaso darnos una idea de lo que este museo hubiese sido.

 
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