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Art
# od103, "Toledo: El ahogado zumbido de una jungla"
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La Cultura en México, 26 de marzo de 1980 Por: Olivier Debroise |
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Para Federico Ángulo † Allá tú, ibas prevenido pero no hiciste caso. Ingenuo como siempre eres, te metiste a la sala pensando que podías echar sólo un vistazo, recorrer la exposición y sacar dos o tres notas con, las que luego armarías un rollo más o menos coherente. Total, ya empiezas a tener la suficiente práctica; se te está volviendo cada vez más fácil agarrarte de los volúmenes y de los efectos de perspectiva, de los luces y de las texturas, de las "formas significantes" y elaborar con todo eso una paráfrasis relativamente literaria (asumiendo, por supuesto, las limitaciones que implica trasladar lo estrictamente visual a un lenguaje formulado). Tu mirada se incrustó en la superficie mineral, rasgada y cruel, de un primer cuadro. Poco después descubriste la etiqueta: Serpientes en el aguaje. Tenías la impresión de haberlo visto ya. Impresión fugaz. Las piedras afiladas hirieron la palma de tu mano citadina que se ampolla cada vez que tomas un martillo. Una, visión marítima, el romper silencioso de una ola sobre la arena reseca, un fluido laberinto que te empuja hacia las afueras del pueblo, ahí donde el polvo se mezcla con el aire en rápidas tolvaneras que te dejan la piel crispada, metálica. Aire inquieto. La voz chillante de una turista americana extasiada te sacó de una maraña de sensaciones: "0h, this one was brought from New Jersey". Recordaste a lo que habías venido. Había una vaca. Una vaca parecida a una vaca ocre rojiza, con su cabeza triangular de vaca, sus ojos redondotes de bestia, su cuerpo y sus patas de vaca. Adelante había una cabra que se parecía extrañamente a la vaca. Yia estabas empezando a sacar tu brillante conclusión numero uno: "todos los cuadrúpedos de Francisco Toledo son parecidos entre sí y tienen cabeza de vaca". El problema era que la cabra tenía una cabeza de cabra y no de vaca; el burro, sonriente con dientes de calaca, tenía una cabeza de burro; los peces, cola de pescado; las serpientes, cuerpos ondulantes de serpientes (hubieras deseado que tuvieran cabeza de falo). Luego había un conejo que se parecía a un conejo, sólo que era transparente y se le veían unas tripitas seguidas por un pitito parado de conejo. Precioso y sobre todo muy útil para elaborar tu segunda conclusión: "Francisco Toledo superpone varios planos relacionados que, a manera de filigrana, se transparentan, se integran unos a otros y conforman la composición del cuadro (La señora de los conejos); incluye así varios tiempos en un sólo espacio". El problema era que no había tiempos. Inclusive dudaste un momento de que hubiera espacios. Conforme recorrías la sala, apuntabas las fichas de realización de los cuadros. Tenías en mente elaborar una cronología del pintor, aislar sus distintas "épocas". Te diste cuenta de que existían dos cuadros del mismo año totalmente diferentes y de que, por el contrario, dos cuadros realizados a casi diez años de distancia se parecían extrañamente. Tercera hipótesis (ya empezabas a dudar de tus "conclusiones"): "Los cuadros de Francisco Toledo pertenecen al mito y no a la historia". Y ya estabas pensando en que estante habías dejado tu Roland Barthes. No sabías muy bien a qué mitos te estabas refiriendo. ¿Serían mitos las múltiples rendijas de los cuerpos, abiertas a toda clase de penetraciones, de metidas y de devoraciones?, ¿las obsesiones zoofílicas?, ¿el cunilingus?, ¿la coprofágia?, ¿el fetichismo de las boludas pantorrillas y de los zapatos negros de tacón alto? Ya estabas pensando en desenterrar tus vagos conocimientos freudianos, pero la obviedad de los "símbolos" te desarmó. Por supuesto, un sapo se parece a un zapato. Una máquina de coser tiene cara de avispa sonriente. Las tortugas ponen sus huevos en la arena durante las noches azul añil. Al fin, descubriste un cuadro "explicable" y empezabas a moldear gustosamente tu frase: tenía un horizonte, una perspectiva descentrada, yuxtaponía dos momentos de una secuencia en un solo plano... y la vaca troglodita cargada en hombros se te quedo viendo con su mirada triste de vaca adormecida. Querías sacar algo de tu habilidad para fabricar analogías: "las formas, infinitamente repetidas de los animales de Francisco Toledo crean arquetipos. Así como existe un gallo-chucho-reyes, existen una tortuga/un sapo/un lagarto/un conejo/un gato-francisco-toledo. O más elaborado aún: "Mientras Antoní Tapies rasga la superficie encalada de sus telas y crea graffiti abstractos, parece que Francisco Toledo transporta a sus telas una rebanada de la caverna de Altamira." Verborrea poco convincente, repetición de tus propios lugares comunes. Y el color muy "mexicano", el color al estilo Tamayo. Ya sabías -gracias a Cézanne y los fauvistas- que se pueden lograr ciertas vibraciones color yuxtaponiendo dos tonos complementarios. Pero lo que todavía no sabías era que se podía crear un color sin recurrir a otros. Veías un gris que no era gris porque era beige o rosa o verde, o véte tú a saber qué cosa. Había un cuadro verde verde que se transformaba en ocre y luego desaparecía entre una multitud de puntos arenosos de amarillo crudo. Y aquel que de cerca viste rojo, después se volvía azul grisáceo. Cuidado con Francisco Toledo, artista de la confusión. Desafiaba tu imaginación; tus intentos de adjetivar su obra. Anulaba tus metáforas, tu blablablá semiculto. Y te quedaste viendo y viendo y viendo. Te sentaste en el piso cuidadosamente encerado. Apoyado cómodamente en una columna, estiraste tus patas. Esperaste que el guardia se alejara, te fuiste acercando. Tu mano deslizó sobre la superficie, tu uña se hundió entre las gravas. Acariciaste con voluptuosidad la masa ¿Gris? de ¿un conejo? Pegaste tu oreja en el espeso carbón, recogiste en tus labios el semen con olor a trementina de un lagarto. Sentiste un millón de piquetes de avispas en tu mejilla. Te sonrojaste con deleite. Oíste el zumbido ahogado de una jungla (luego descubriste que ese ruido provenía de los tubos de neón, pero qué más da.) Perdiste tu libreta y tu lápiz. No apuntaste los títulos de los cuadros y, se te olvidaron. Te escondiste en un lago de serpientes (?), sentiste la cosquilla eléctrica de una diminuta mutilación. El mismo ruidito rechinante que ahora se difunde por tus miembros, recorrió entonces tu columna vertebral. Huiste para que no te atrapara un cuadro y caíste en brazos de otro. Qué susto: era diferente. Lo descubriste con violencia, de perfil. Sin que el cuadro te viera, lo sorprendiste de reojo. Te volteaste varias veces, discretamente. Por fin te dirigiste hacia el, de frente, agresivo. Observaste sus curvas, sus volúmenes. Le diste la vuelta. Acariciaste una bola de cerámica, lisa y rítmica. Pellizcaste una textura brillante. Acercaste tu nariz para olfatear las entrañas abiertas, el culito-olor-a-aguarrás de un conejo. Querías llevarte un cachito, un pellejito de óleo resinoso, arenoso, limpio, pero todavía respetabas a la "obra de arte". Dejaste de preguntarte si era feo o bello, maravilloso u horrendo. De todos modos no tenía importancia. Saliste en tal estado. de excitación (tal cual, prosaicamente, con una erección a triunfal que se te olvidó recoger el catálogo. Pero ya te valía la biografía de Francisco Toledo. Ay, pero sí, como diría Lola, te diste una gozoneada de veras, pero de veras sabrosa. |