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Art # od010, "Omisiones y desequilibrios en "Escultura mexicana"" Escultura mexicana, Palacio de Bellas Artes Por: Olivier Debroise |
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Periódico:
Reforma,
Fecha: Lunes,
27 de noviembre del 2000
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by
courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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La exposición de
escultura mexicana cuya primera parte se expuso en tres salas del Museo
del Palacio de Bellas Artes a principios de este año, ha sido reestructurada
en tres secciones por la actual directora Alejandra Peña -quien tomo el
relevó de Agustín Arteaga en la consecución del proyecto. El ciclo entero
busca configurar la historia de un medio supuestamente "desdeñado". La
primera versión intentaba trazar algunas líneas de continuidad, establecer
relaciones entre los artistas y no dejar fuera a ninguno de mediana relevancia.
Si resultó banal y poco imaginativa, se debió en primera instancia a la
calidad de las obras, "proyectos" para piezas monumentales (realizadas
o no), destinados a espacios públicos, y por lo tanto, sujetos a lineamientos
oficiales y consideraciones políticas. Permitió apreciar obras poco o
nada conocidas de algunos inconformes -como Germán Cueto, aunque mal representado,
y de algunos surrealistas excéntricos-, así como percibir interesantes
tendencias retóricas que habría que analizar en la perspectiva de una
crítica de los programas ideológicos de los regímenes posrevolucionarios
-como la reiteración del tema de la maternidad en salsa indigenista. La segunda parte
se presenta actualmente en el mismo recinto, y cubre el periodo 1950-1979.
Los organizadores aplicaron cortes históricos definidos por los historiadores
de la pintura mexicana, pero quizás no válidos estrictamente para otros
medios artísticos. Incluye, por lo tanto, obras creadas después de la
llamada "ruptura" con la "escuela mexicana" y hasta la aparición de los
"nuevos formatos". Tal y como se presenta, inicia, en realidad, con remanentes
tardíos y lamentables de un indigenismo escultórico, sigue con la aparición
de los geometrismos derivados del op art y del arte cinético de
los sesenta, y concluye con piezas recientes de artistas que también se
inspiran en la escultura prehispánica, pero dieron lo mejor de sí mismo
hace ya varias décadas, como Angeles Gurría o Federico Silva, y repiten
esquemas formales caducos. Estos anacronismos,
sin embargo, no son lo peor; resultan mucho más graves las ausencias y
los desequilibrios. Algunas de las lagunas fueron develadas en conferencia
de prensa por los propios organizadores de la muestra (Reforma
del 16 de noviembre), alegando la resistencia de algunos artistas en participar
en esta muestra después de la conmoción provocada por México eterno.
Aunque se omitió mencionar sus nombres, cualquiera podría imaginar que,
detrás de Fernando González Gortazar, se alinearían Vicente Rojo y Ricardo
Regazzoni. Pero una exposición no es un "salón de invitados", y si se
precia de presentar un panorama histórico, que pretende además construir
una historia de la escultura en México, no puede, legítimamente, dejar
"hoyos negros" de esta magnitud. Una de las responsabilidades curatoriales,
la ética profesional de esta variante de historiador que trabaja con objetos
concretos, consiste, justamente, en librar este tipo de obstáculos, si
es necesario en contra la voluntad de los artistas o de sus coleccionistas,
y organizar un discurso museográfico coherente y preciso. La ausencia
de González Gortazar, arquitecto y escultor que retomó las lecciones de
Juan O'Gorman, Luis Barragán y Mathias Goeritz, y trajo a la escultura
un notable carácter de funcionalidad estética, no es sólo una insuficiencia
de la muestra, es una profunda e imperdonable distorsión histórica. Igualmente lesiva
e inaceptable -pero ahora sin justificación "institucional"- resulta la
omisión de Barragán, si no como escultor estrictamente hablando, como
uno de los que más influyeron en la reconciliación de la arquitectura
con el arte (específicamente, con la escultura) después de siglo y medio
de confrontaciones entre los gremios (que, cabe recordarlo, provocaron
la huelga en la Academia de San Carlos en 1911 y una célebre polémica
entre Diego Rivera y Joaquín Méndez Rivas, en 1924). El deslizamiento
de la arquitectura hacia formas depuradas que provienen de las vanguardias
plásticas, y su complemento y contraparte, la inserción de la escultura
monumental en un contexto arquitectónico, se enraízan en teoría en el
discurso sobre arte público en acción en México desde los años veinte.
Por ello, el surgimiento en México de una escultura geométrica que hace
eco al pop art europeo de los sesenta o al arte cinético de Jesús
Soto o Cruz Diez implicó, en tanto que arte público, una revisión drástica
de la función de la escultura, que antecede y anuncia la aparición de
"esculturas en campo abierto" y de intervenciones en el paisaje. En ese
sentido, presentar una sola obra de Sebastián de pequeñas dimensiones
sin reparar en las series iniciales de frágiles papeles plegados, impide
evaluar en su justa medida la compleja trayectoria de quien se convirtió,
nos guste o no, en el escultor más visible del país. No considerar el
recorrido que llevó a Mathias Goeritz de los relieves monocromáticos -hasta
cierto punto privados-, a la elaboración conjunta con Barragán de un verdadero
sistema escultórico público, que no culminó con la construcción de las
Torres de Satélite, sino con los proyectos integrales y colectivos del
Museo del Eco, la Ruta de la Amistad o el Espacio escultórico,
significa restarle a la escultura mexicana, no sólo algunas de sus obras
más dinámicas, sino su característica fundamental, una mutación del arte
que se prolonga hasta nuestros días, con la atomización de los formatos
tradicionales, y debió ser incluida en la muestra, aunque fuera con planos,
proyectos y fotografías. La simple y llana eliminación del trabajo escultórico
de Tamayo (que los organizadores consideraron "aleatorio") borra de la
historia una de las primeras recuperaciones oficiales (corporativas) de
estos avances. Con la excepción de la puerta monumental del Politécnico de Jesús Mayagoitía (Hermafrodita, 1989) y de una irónica lamina azul remachada de Cuevas (El tambor), todas las piezas en la exposición, por lo tanto, son de formato "casero", miniatura inclusive, como los bibelots artísticos que encarga la orfebrería Tane a sus artistas predilectos (que no siempre son escultores). No obstante las dos recias piezas de bronce de Pedro Coronel, la exposición empieza, realmente, en la Sala Nacional, dedicada al geometrismo. El salón dedicado a Felguérez, quizás el único que esboza un contexto, permite revisar con nuevos ojos media docena de obras (restauradas) marcadas por un look sesentero que se está volviendo de moda, y descubrir una pieza excepcional de una Helen Escobedo geométrica (Unión Círculo, 1968). Goeritz está apenas representado por una serie de maquetas (consideradas aquí, aparentemente, como "obras terminadas") y un diminuto cuadro de su serie de "clavados" que, si bien tiene "relieve" de ninguna manera puede ser considerado una "escultura", como tampoco lo son el avión hecho con lápices de colores o el marco con figuras miniaturas de madera de Pedro Friedeberg. |
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