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Art # jo008, " Un Salón con muchos retos "

Oficinas Corporativas de BBVA Bancomer,VI Salón de Arte BBVA Bancomer

Por: James Oles

Periódico: Reforma Fecha: Noviembre 2000
by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

La pieza cuasi-fotográfica de Edgar Orlaineta, incluida en el VI Salón de Arte BBVA Bancomer, inaugurado el pasado jueves, Auto Parts and LSD trips have a lot in common [Las refacciones y los viajes en LSD tienen mucho en común], yuxtapone delirantes juguetes japoneses con mundanas llantas de automóvil (entre otras cosas) que por un lado no comparten nada (reforzando la ironía del título), pero por el otro sí comparten bastante (su artificialidad, su producción masiva e industrial, sus formas redondeadas... etc.). Es una buena introducción a un salón donde están igualmente mezcladas manifestaciones artísticas tan distintas como la cerámica fonartesca del jaliciense Jorge Wilmot,  los excelentes cuadros abstractos de Melanie Smith y Francisco Castro Leñero (que no podrían ser más diferentes en cuanto a factura) y las fotografías teatrales de Miguel Calderón, hechas ex profeso para el Salón, dónde varios empleados del banco posan en sus escritorios y, aunque vestidos, toman posiciones, digamos, comprometedoras... Estos artistas, entre los 55 invitados, no comparten mucho sino su presencia en un espacio particular: y esto, quizá, es lo más importante.

No hay que enfatizar demasiado que los salones de arte siempre incluyen un poco de todo. Nunca tienen la coherencia discursiva de las retrospectivas individuales o de las exposiciones temáticas rigurosamente curadas; por el contrario pretenden hacer público la pluralidad temática y estilística de la escena contemporánea. Como el discurso es fragmentario, basado en la obra de individuos que a veces no tienen mucho que ver entre sí, el crítico puede respaldarse fácilmente en puras cifras (52% de los artistas nacieron después de 1962; hay 40 pintores pero solamente 10 escultores); en historias personales ("fui el primero de reconocer el talento impresionante de fulano de tal"); o simplemente en un recuento de las obras que gustan -y que disgustan. De hecho, este último método de analizar un salón es el más común: así, el crítico toma su función preferida: descarta lo "feo" y promueve lo "bonito". Más difícil, quizá, es analizar el salón como propuesta, por arriba (pero inseparable) de su contenido.

El Salón de Arte BBVA Bancomer es una institución curiosa, casi única. En vez de tener una convocatoria abierta (como en el caso, por ejemplo, de la Bienal Tamayo), el jurado selecciona a los artistas, con una ligera intervención del patrocinador (la Fundación Cultural del mismo banco). No es que haya censura, sino que la Fundación "impone" ciertos artistas (este año fueron Gunther Gerzso y Luis Nishizawa) a los que quiere homenajear. Aunque en general los salones suelen enfocarse en un terreno limitado (la pintura, los jóvenes, etc.), este se distingue por una cobertura cada vez más amplia de la escena artística: es probablemente la primera vez que Manuel Alvarez Bravo (n. 1902) expone al lado de Thomas Glassford (n. 1963), o que un paisaje de Nishizawa se confronta con las fotografías de Gabriel Orozco. Hay obras "históricas" (unos retratos "cubistas" de Rubén Ortiz de 1991) y otras nunca vistas (los nuevos cuadros "op" de Smith), hay artistas reconocidos y algunos recién descubiertos, cuadros enormes (el de Castro Leñero, de 3 x 6 metros) e instalaciones en miniatura (The Modernist, de Francis Alÿs, mide 11 x 12 cm). Dada esa diversidad (y unas mamparas de poca altura) hay que elogiar el intento (no por completo exitoso) de la museógrafa invitada, Patricia Sloane, de sacar un orden visual de tal caos.

Esa diversidad tiene que ver con los múltiples retos explícitamente articulados por los organizadores del Salón. En primer lugar, quieren introducir a su público (los empleados del banco, además de otros visitantes) ciertas nuevas propuestas artísticas que si bien han sido vistas en otros espacios, no son los que este público suele visitar. En este contexto, lo "tradicional" (Nishizawa) sirve para calmar los nervios y suavizar la confrontación con los autores de "vanguardia" (Glassford, Orlaineta, etc.). Además, al reunir en un solo espacio, artistas representados por diferentes galerías comerciales, el Salón pretende demostrar la pluralidad de alternativas para el coleccionista, particularmente importante en una ciudad que nunca ha podido sostener una feria comercial de arte de la talla de las de Madrid, Miami o Chicago. Pero los contornos del VI Salón BBVA Bancomer no se pueden entender bien sin darse cuenta de su tercer -y más crucial- reto: volverse autosuficiente a través de las ventas.

Como desafío al repentino retiro de Femsa y de Televisa del escenario cultural, la Fundación Cultural BBVA Bancomer sobrevive como una de las pocas propuestas filantrópicas de la iniciativa privada que apoya al arte contemporáneo nacional (sin negarles importancia, los brazos filantrópicos de Banamex y del Grupo Carso, entre otros, se dedican a la historia más que al presente). Como bien dice Osvaldo Sánchez, director del Museo Carrillo Gil y uno de los cinco jurados del actual Salón, en su ensayo para el catálogo, "Ganar la confianza del banco, es decir, comprometerlo en el respeto a su contemporaneidad artística, es un índice de madurez cultural". Pero se necesita también madurez institucional. Es desafortunado que la Fundación no tenga autonomía fiscal para poder actuar libre de las complicadas redes comerciales. No es que la necesidad de vender "contamine" el Salón, sino que lo limita demasiado: no se incluye lo mejor de la producción reciente de uno u otro artista si ya se vendió o se guarda celosamente para una próxima exposición en Nueva York; asimismo, hay que incluir automáticamente a ciertos artistas porque son muy queridos o altamente cotizados....

Esfuerzo cultural crucial, aunque todavía en proceso, el Salón de Arte BBVA Bancomer -esperemos- seguirá evolucionando: en su propia autonomía encontrará los senderos para convertirse no solamente en parada imprescindible del circuito cultural nacional, sino en modelo de vanguardia para las nuevas estructuras e instituciones que han de afectar cómo se desarrolla el arte contemporáneo en el próximo porvenir.

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