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Art # jo001, "Sorpresas en la colección Pollak"

Por: James Oles

Periódico: Reforma
by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

En una entrevista de 1975 (publicada en 1984 bajo el título Una mujer en el arte mexicano), Inés Amor, entonces directora de la Galería de Arte Mexicano, opinaba que "si contamos con la producción de estos últimos cincuenta años y sacamos un promedio de cuántas grandes obras [de artistas modernos mexicanos] se fueron al extranjero, nos encontramos con la desagradable noticia de que más del 50 por ciento de las pinturas importantes emprendieron el vuelo". Amor, creo, estaba un poco avergonzada de su éxito como promotora, de haber vendido tanto a los importantes coleccionistas de su tiempo, la mayoría estadounidenses: el profesor Edward Stowe Akeley, el actor Edward G. Robinson, los negociantes Alfred Honigbaum y Stanley Marcus, entre muchos otros. Curiosamente, Jacques Gelman, cuyos queridísimos Kahlos acaban de colgarse en el Museo de Arte de Phoenix, Arizona, fue de los pocos que quedaron fuera de la órbita de Inés. Aunque habían visitado a México desde los 50, Harry Pollak y su esposa Sharley compraron su primera obra de arte mexicano en la GAM en 1965: un sencillo dibujo a tinta de un leñador de Alfredo Zalce, que no puede haber costado mucho en ese entonces. Esta modestia inicial, sin embargo, dio grandes frutos: en los últimos treinta años, conformaron una amplia aunque poca conocida colección de arte mexicano del siglo XX. Existen dos tipos de coleccionistas serios: los de perfil alto, que participan -o suenan en participar- en el mundo de las extravagantes inauguraciones, viajes en aviones particulares, cenas de lo más picudas… y los de perfil bajo, aunque no invisibles, que prestan discretamente sus obras a determinadas muestras, pujan públicamente en subastas, pero no ostentan sus nombres. Pollak (cuya esposa falleció en 1990) forma parte de la segunda clase. Sin embargo, una reciente exposición itinerante -con un catálogo, Viajes en el laberinto: arte mexicano en la colección Pollak, cuyo título homenajea indirectamente a Octavio Paz- disemina por primera vez los sorprendentes contenidos de esta idiosincrásica colección. Como Andrés Blaisten, coleccionista nacional que nunca puso mucha énfasis en los consagrados "tres grandes" (en parte por sus altos precios), Pollak tiene pocas obras de los artistas mexicanos mejor conocidos en los Estados Unidos. Nada de la ya muy cotizada Kahlo, pero sí una melancólica acuarela de Orozco (La cortina roja, 1913-15); un poderoso dibujo al carbón de Rivera (Enrielando, Moscú, 1927), obra originalmente en la colección de Alfred Barr; y una importante escena carcelaria de Siqueiros (Visita al campesino preso, 1930). Tamayo esta bien representado por el explícito mestizaje de las Dos mujeres en la ventana (1925) y el poscubismo del monumental Desnudo blanco (1950), distorsión perversa del cuerpo femenino. Presentes también son los artistas que uno esperaría en manos de cualquier coleccionista activo en los 60 y 70: Alfredo Castañeda, José Luis Cuevas, Ricardo Martínez, Carlos Mérida, Juan Soriano e -imprescindiblemente- Francisco Zúñiga. Pero más asombroso -en comparación con otras colecciones en Estados Unidos- es la buena representación de ciertos pintores de la llamada "escuela mexicana" de los 20 y 30, en su mayoría adquiridas en las primeras subastas de arte latinoamericano a finales de los 70 (cuando incluso en México, casi nadie les prestaba atención). La portada del catálogo ilustra El tunero (1935) de Fernando Castillo, pintor popular afiliado con las Escuelas de Pintura al Aire Libre. Hay dos obras importantes del artista otomí Máximo Pacheco, asistente de Diego Rivera en Chapingo y uno de los principales (aunque olvidados) muralistas del Maximato. Estas tres formaban parte de la antigua colección del crítico Agustín Velásquez Chávez. Aparecen también excelentes obras de Gabriel Fernández Ledesma (Madre e hija, 1923; La familia, 1926), y cuadros posteriores, ya influidos por el surrealismo, de Guillermo Meza y Carlos Orozco Romero… Pollak también compraba directamente de los artistas (¿a quién no le gusta conocer los autores y además ahorrarse las comisiones?) y rara vez gastó grandes cantidades de dinero, pero tuvo el ojo (aún antes de Blaisten) de recuperar buenos cuadros y dibujos de artistas menos conocidos. Muy pocas colecciones son perfectas. Pollak adquiriría algunas obras menores, como la Niña sentada de Roberto Montenegro (1958) o las cursilísimas Tres hermanas de Jesús Escalera (ca. 1982), avatares tardíos de los archi-populares retratos de niños, vendidos por Diego Rivera con tanto éxito entre los turistas que visitaban su estudio en San Ángel. Desafortunadamente, ninguno de los organizadores de la exposición tiene gran experiencia con el arte mexicano; los breves y elementales ensayos del catálogo repiten lugares comunes (muchas veces con datos equivocados) y revelan la completa falta del conocimiento del español. Trivializan las obras maestras por no interpretarlas rigurosamente o por lo menos distinguirlas de las menos importantes. También falta el ojo del conocedor: la factura de una de las obras de Orozco -tiesa cuando debe de ser libre y expresiva- pone en duda su autenticidad (Bernard Lewin, otro coleccionista de la generación de Pollak, también fue víctima de los falsificadores de Orozco). Aún más triste son los ex-votos hechizos. Pero nada de eso pone en duda la importancia de esta fascinante colección ahora hecha pública, sino cuestiona a los "curadores" que no supieron lo que tenían enfrente.

 

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