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Luis Felipe
Ortega, Silvana Agostoni, Verena Grimm y Yishai Jusidman. Centro de
la Imagen, Plaza de la Ciudadela 2, Centro Histórico. Mayo-Julio
2000.
Museo de Monterrey 28 de Mayo del 2000.
Acumulados una pila sobre el suelo, Luis Felipe Ortega exhibe cientos
de carteles con la imagen de una costa sobre los que proyecta un texto:
“Las palabras sólo vienen cuando pienso que ya no seré capaz
de encontrarlas.” Uno toma el poster de la pila en el suelo queriendo
atesorar la intensidad melancólica de la frase, pero las palabras
se desprenden para reposar tercamente en el poster que sigue. Esta edición
de un horizonte sin atributos —Des(ubicación) (2000)— retoma la
contemplación post-romántica del paisaje para transmitir
un estado de inteligencia crepuscular, deudor de la tradición intelectualista
de la literatura de Borges, Calvino o Beckett.
De hecho, Ortega presenta un libro de artista titulado Seis ensayos...
a propósito de Calvino (2000) que combina fotografías de
situaciones elementales con notas acerca de la tensión entre silencio,
pensamiento, movimiento y voluntad. Las ideas sugieren una reticencia
apenas vencida por la sencillez.
Ortega ahonda en la escenificación de algo que podríamos
llamar un nihilismo de la contemplación en una serie de maquetas.
Un personaje minúsculo observa la lontananza ante un diorama; en
otro caso el artista ha creado una trampa de caricatura (una caja sostenida
apenas por un palillo) dentro de la cual hay una pintura, como para ilustrar
la forma en que la expectativa común del arte corriente es hoy
una carnada con la cual el artista atrapa al espectador en el no-lugar
de las producciones contemporáneas. Finalmente, en una pieza que
combina su pequeñez física y lo enorme de sus resonancias
intelectuales (Diez formas de olvidar a Gilles Deleuze 2000) una pequeña
figura de plomo cruza una hilera de columnillas hechas por pequeños
cantos rodados. ¿Hasta qué punto Ortega conoce la práctica
pseudo-Zen de apilar piedras de río para alcanzar una meditación
sobre la nada? Estas “esculturas” innombrables parecen sugerir una emigración
fuera del universo de desplazamientos, fragmentos y topologías
del filósofo de la nomadología.
Las piezas de Ortega encierran siempre discretas referencias librescas,
vinculadas con el espacio melancólico que caracteriza la reflexión
contemporánea. El resultado jamás es la afirmación
de la cita, sino una modesta poética de la descreencia. En un tríptico
hecho en video, el artista camina sobre una cuerda floja situada convenientemente
a unos treinta centímetros del suelo, como cruzando entre una escena
del paso del agua y una vista de una carretera. Veo la obra y pienso en
cómo el acto elemental del performance (la “tontería activa”
diría Tristan Tzara) se ha convertido en nuestro refugio ante la
sensación de pérdida de sentido. Uno parte del interés
por las heterotopías de Foucault y llega a un no-lugar que ya no
es posible identificar con México.Esta corrosiva parquedad hace
ver al resto de los expositores en el Centro de la Imagen más dogmáticos
de lo que debieran. Silvana Agostoni presenta una serie de macrofotografías
de fragmentos del cuerpo que en los mejores casos sugieren galaxias o
nebulosas. Cosa común, Agostoni no puede evitar mostrar una serie
de imágenes “formalmente” muy logradas en lugar de constreñirse
al mínimo de obras conceptualmente imprescindibles. Los videos
de Verena Grimm dramatizan espacios claustrofóbicos (un sanatorio
y la casa abandonada por emigrantes) en composiciones de imagenes simétricas.
Grimm cae con frecuencia en un simbolismo ilustrado que a muchos parecerá
anclado en los años 80. Finalmente, Mutatis Mutandis de Yishai
Jusidman presenta dos series autoanalíticas sobre sus obras pictóricas
más recientes. Jusidman presenta una serie de impresiones digitales
donde sobrepone los cuadros de Bajo Tratamiento con las fotografías
que les sirvieron de modelos, y en instalaciones hechas con tapices, descompone
los elementos de varios de los cuadros de esa misma serie o de Sumo. Todo
es académicamente muy interesante, pero las piezas no son suficientemente
convincentes poéticamente.
Doblez....
Mataron al Museo de Monterrey. El patrocinador (el corporativo FEMSA)
pretende hacer creer que se ocupará de otras actividades “filantrópicas”.
Esa óptica es el problema. Constituir museos no es un acto de caridad:
permite evadir impuestos, utilizar el prestigio ajeno, canalizar la disidencia
de la cultura. Cerrar el Museo es una muestra de la pequeñez moral
del empresariado mexicano, pero el asunto no se queda ahí. También
muestra que los Museos mexicanos (públicos y privados) no son instituciones.
Al ser cada uno de ellos totalmente dependientes de una entidad gubernamental
o privada, es obvio que están sometidos al puro capricho de un
puñado de capitalistas o burócratas. En otros lugares los
museos tienen personalidad propia, consejos de gobierno autónomos
y recursos en fideicomiso. Eso es lo que los hace distintos de una mera
oficina decorativa de relaciones públicas, donde (por decir “algo”)
el rector de la UNAM improvisa a quien se le antoja como curador de arte
contemporáneo. Si el Museo de Monterrey dejó de existir
fue porque nstitucionalmente jamás existió. Y también
porque su directora, Silvia Vega no cumplió la función que
debió asumir: defender la institución por medio del escándalo.
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