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Enrique
Metinides. Fotógrafo. Museo Universitario de Ciencia y Arte.
Ciudad Universitaria. Todos los días, de 10:00 a 18:00 hs.
Hasta junio 15.
En 1946,
a la edad de 12 años, Enrique Metinides publicó su primera
fotografía en La Prensa, el diario al que habría de dedicar
más de medio siglo en su carrera de fotoperiodista. Como él
mismo confesó
en una entrevista para la revista Luna Córnea (no. 9, 1996), apenas
su padre le regaló una cámara Brownie Junior, se dedicó
a "retratar los coches chocados que iban a parar a la delegación
y los que se estrellaban en la boya de San Cosme y Altamirano". Esa
fijación por las tragedias hizo que, aun muy joven, quedara adscrito
a la fuente de la Cruz Roja. Prácticamente montado en el estribo
de las ambulancias de rescate, Metinides capturó con su lente una
interminable sucesión de catástrofes que (como la ciudad
misma) sólo se pueden medir en cifras astronómicas: miles
de cuerpos de atropellados y chocados, toneladas de hierros retorcidos
de trenazos y camionazos, cientos de ahogados flotando en ríos
y desagües, espectaculares incendios en gaseras, edificios y gasolineras,
un sinnúmero de intoxicados, carbonizados, baleados, ahorcados
y accidentados, para no hablar de docenas de suicidios, los exitosos,
los frustrados y los arrepentidos. Todo ello procesado por un humor negro
y un voyeurismo social seductoramente perversos.
Por sobre todo, la lente de Metinides captó de modo insistente
dos aspectos característicos de la vida en esta megalópolis.
Por un lado, la relación directa entre negligencia, corrupción,
miseria urbana y muerte "accidental".
Por terrible que resulte, es a través de la fotografía de
la nota roja (o más recientemente, los grotescos programas televisivos
de reportaje amarillista) que los medios registran de soslayo el modo
en que viven los marginados, el aspecto de las ciudades perdidas o la
cotidianidad de los espacios desdeñados de la ciudad. Las tomas
de Metinides prueban con toda puntualidad el grado en que la falta de
planeación, la abulia gubernamental o la irresponsabilidad de gaseros,
transportistas y funcionarios hizo de esta ciudad una capital de los desastres.
Por otra parte, Metinides no sólo alimentó, sino que además
documentó el incontrolable morbo de las multitudes. Si algo hace
las fotos de Metinides memorables es que, además del muerto, la
explosión o los hierros retorcidos de un tranvía, su cámara
retrata masas de curiosos que se arremolinan en torno del espectáculo
de una tragedia, presos de un raro e indefinible placer. Gente que, asqueada
y exaltada, se atropella para mirar de cerca a un niño carbonizado
que los socorristas sacan en una camilla, espera anhelante a que la perturbada
dama finalmente se decida a saltar de lo alto de la torre Latinoamericana;
se trepa desesperada al tope de bardas para ver mejor un siniestro, o
posa junto con los policías y víctimas para salir en el
periódico. Metinides registra la presencia de una multitud que,
como quería el escritor inglés Tomas de Quincey, reafirma
la modernidad de sus gustos en "el derecho de encontrar placer en
un incendio o abuchearlo, como cualquier otra función que genera
expectativa en el público para luego defraudarlo".
Por eso, aun si parte de la obra de Metinides se dio en series narrativas,
algunas de las cuales (por ejemplo, una notable secuencia casi constructivista
del rescate de un suicida entre los andamios del Toreo) se exponen en
la muestra, no creo que el punto de vista del cine sea lo determinante
en su estética. Es el protagonismo del mirón lo que distingue
sus fotos de los legendarios registros de crímenes, incendios y
detenciones que Weegee, el maestro de la foto negra, captó en Nueva
York entre los años 30 y 60. A pesar de la influencia del cine
negro y de haber trabajado durante la era dorada del fotoperiodismo mundial,
la fotografía de Metinides tiene una estética barroca, directa
y despiadada que tiene más que ver con el punto de vista del curioso
callejero que cualquier referencia artística.
Es probable que desde las páginas de la prensa popular y amarillista,
Metinides y sus colegas han contribuido más a formar el ojo colectivo
que ninguno de los artistas o fotógrafos profesionales en el México
del Siglo 20. Sin embargo, la exposición del MUCA, siendo la primera
que se le dedica, no es en absoluto la revisión histórica
o crítica que el fotógrafo o el género merecerían.
Es evidente que el archivo de Metinides requiere ser rescatado y adquirido
por alguna institución pública: muchas de las imágenes
que se exponen son internegativos, pues el original fue dado a la prensa
en su momento, y la mayor parte de las impresiones tienen rayaduras y
problemas de contraste que requieren restauración. Pero, además,
la muestra carece de cualquier aparato crítico u organización
curatorial interna. Luis Gallardo, el curador de la muestra, pensó
que era preferible "poner de lado" la poca información
que el fotógrafo contaba sobre algunas imágenes, pues no
podía proporcionar datos completos sobre todas las obras. Ni siquiera
se ofrecen al público fechas aproximadas de las tomas. Según
Gallardo, una presentación puramente visual sacaría estas
fotografías de su contexto periodístico para hacernos valorarlas
"estéticamente", como parte de la constante discusión
sobre la noción de obra de arte de la contemporaneidad. Ambos argumentos,
me parece, no son del todo convincentes. Las imágenes de Metinides
conservarían su efecto hipnótico sin importar que se les
añadiera un mar de información, y una curaduría es
por definición el manejo de una masa desigual de datos. Tampoco
creo que ver estas fotos como "arte" les haga ganar en impacto
emocional y visual. Por el contrario, nos hablan de la autonomía
y especificidad de la fotografía mucho más elocuentemente
que la foto artística profesional. Pues son los productos de una
visión mecánica retratando las catástrofes propias
de la era de las máquinas.
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