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Art # cm020, "Diversiones vacacionales"
 Por: Cuauhtémoc Medina
Periódico: Reforma, México, D. F., 8 de agosto del 2001
by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Miguel Calderón y Milena Muzquiz. GRAN-DOTE. Dotación completa de lo que hicimos en el verano, La Panadería. Av. Amsterdam 159, Col. Hipódromo Condesa. Hasta el 18 de agosto del 2001. Martes a sábado, de 13:00 a 18:00 hrs.

Con Miguel Calderón, uno siempre debe estar preparado para la sorpresa lo mismo que para la decepción.


Dicho esto, me temo que su reciente colaboración con Milena Muzquiz en La Panadería está más bien del lado de sus fracasos. Como sugiere el título de su exposición, Calderón y Muzquiz exponen un amasijo de ideas, fotografías y videos que en cierta forma narra sus actividades recientes en la ciudad de Los Ángeles, donde Muzquiz reside. El conjunto no tiene más unidad que el indulgente sentido del humor de varias de esas ocurrencias.

Al parecer, Calderón y Muzquiz hurtaron una serie de fotografías en un laboratorio fotográfico de un supermercado.
Se trata de tomas por demás banales: un personaje mostrando las nalgas junto a una alberca, un niño que se tapa la cara con un globo, una señora gorda tomando un baño de tina, etcétera. En lugar de desarrollar conceptualmente la anécdota del robo, Calderón y Muzquiz simplemente ampliaron las fotografías. Más allá de atisbar la futilidad de la vida diaria de los suburbios de Los Ángeles, las fotos no tienen nada sugestivo: son un retroceso frente a las imágenes muy provocadoras que, de modo muy similar, produjo Calderón hace dos años al ampliar una colección de fotografías de prostitutas.

Otras dos instalaciones en la sala son también chistes fallidos. Junto a un ventanal, uno encuentra una cama para broncearse que ilumina con su horrible luz ultravioleta un colchón con el logotipo del Baby-O de Acapulco. En la pared hay un recorte de periódico que narra el incendio que recientemente sufrió la misma discoteca. Era la imagen viva del tedio. Pero sobre todo es difícil hacer algo con una mesa donde Calderón y Muzquiz acomodaron cajetillas de Vermox, un medicamento para combatir los parásitos intestinales.
Supuestamente la pieza hace alusión al hecho de que en esta ciudad todos en algún momento u otro somos atacados por bichos, pero la pieza no producía ni náuseas.

Para ser francos, hubiera bastado que los artistas mostraran las dos únicas partes de la exposición que tenían algún ingenio. Sobre una pared había un par de fotomontajes que mostraban un personaje deforme con las manos de hombre y la cabeza de mujer: una especie de híbrido de los artistas, el "Grandote". Su tenue monstruosidad tenía algo de encantador.
Pero por sobre todo, había una proyección de video que, aislada del resto, hace recordar el aspecto lúdico del voyeurismo social que hizo famoso a Calderón. Los artistas contrataron a un animador de fiestas, el Conejo rapero, que vestido con un disfraz de conejo y con una grabadora en los brazos improvisaba un rap elogiando el talento, trabajo e ingenio en la exposición. Tomada con seriedad, la pieza actualizaba en un registro paródico la famosa acción de Joseph Beuys Cómo explicar pinturas a una liebre muerta (1965). Pero, además, la actuación del Conejo es extraordinaria, saltando de un lado a otro en la galería sin perder ni por una vez la línea de su monólogo, fingiendo emoción absoluta e increpando al auditorio por si acaso no era capaz de apreciar la obra.
Dicen que el Conejo hizo el video en una sola toma: habrá que buscarlo en la sección Amarilla.

Hay una extraña mezcla de hiperactividad y desidia en todo lo que Miguel Calderón ha hecho como artista. Calderón, "niño bien" autoconfeso (no en vano el sufijo de su correo electrónico es "papipaga"), cuenta con una obra que es muestra de cómo una cierta clase de cinismo estético pudo fungir como método de investigación cultural. Calderón ha sido la punta de lanza de un estilo generacional que respondió al formalismo y seriedad del medio artístico mexicano con una dosis continua de improvisación, espectáculo, mal gusto militante y pasión por el bluff. Su apuesta está llena de ambigüedades: No obstante haberse incorporado desde muy joven en el establo de la Galería Andrea Rosen en Nueva York, se empeñó en volverse una estrella del punk tardío con un grupo de rock, el Mazinger Z. Pero quizá, como sugiere Olivier Debroise en un texto que aparecerá en la revista canadiense Parachute, a sus 30 años Calderón ya no podrá ser más el enfant terrible del arte mexicano.

No está de más mencionar que ésta es la exposición de despedida de Michel Faguet como directora de La Panadería, el espacio alternativo que Yoshua Okon y Calderón fundaron hace ya siete años en la Colonia Condesa. Bajo la conducción de Faguet, La Panadería quiso dar el paso de ser la expresión de los gustos de una generación para volverse un centro artístico con mayor sentido curatorial. Por sus salas pasaron obras que, como en el caso del proyecto Cambio de lugar (2000), de Andrea Geyer y Sharon Hayes, luego incluso encontraron alojo en sitios como PS1 de Nueva York. Desde 1999, Faguet trató de conciliar la tradición del sitio con una mayor apertura al debate intelectual, la investigación feminista y el diálogo con Latinoamérica. No es secreto que esos cambios no siempre fueron del agrado de la "banda" que concebía a La Panadería como un espacio de juegos estéticos, pero sobre todo de reventón. Faguet partirá a Bogotá, Colombia, para abrir un centro artístico. No está claro si La Panadería sobrevivirá: quizá ya cumplió su ciclo.


Coda
Los lectores del Ojo Breve saben ya que por decisiones editoriales esta columna no sólo será quincenal, sino que redujo sus colaboradores de tres a uno. Como sobreviviente en esta columna, me toca expresar mi desacuerdo. No es sólo que REFORMA pierde la diversidad de perspectivas (de artistas y críticos), que ha sido el sello del Ojo Breve. Hoy por hoy, los medios han ido perdiendo conciencia de que lo que caracteriza al periodismo (hasta etimológicamente) es la periodicidad. No somos un accesorio de la opinión: la crítica cultural tiene sentido por establecer una relación continua con el público.

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