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Javier Téllez:
"BEDLAM. Soy feliz porque todos me quieren y la última cena". Museo Rufino
Tamayo. Reforma y Gandhi. Martes a domingo: 10:00 a 17:45 hs. Hasta el
20 de mayo.
Javier Téllez: "Aire de México". La Panadería. Amsterdam 159, esquina
Ozuluama, Colonia Condesa. Lunes a sábado, de 13:00 a 20:00 hs. Hasta
el 5 de mayo.
En inglés,
"bedlam" es confusión o bulla. La palabra tiene un origen preciso: es
el nombre popular de la institución de enfermos mentales más antigua del
orbe, el hospital psiquiátrico de Bethlehem, fundado en Londres hacia
1247, y que por lo menos desde el Siglo 14 albergó "pacientes distraídos",
"lunáticos" y los llamados "idiotas" con el supuesto fin de curarlos.
Desde el siglo 17 y hasta el 19, el Bedlam fue también una atracción turística:
pagando un penique de entrada, los caballeros y damas ingleses lo visitaban
para divertirse mirando a los locos, práctica que William Hoghart inmortalizó
en A Rake's Progress (1735). Fue también en ese hospital donde un paciente,
el pintor visionario Richard Dadd, hizo sus maravillosos cuadros de hadas,
y donde a mediados del Siglo 19, los psiquiatras enseñaban a los pacientes
fotografías creyendo que sanarían mirando sus imágenes.
A esa larga historia que une a la institución con la obsesión occidental
por someter la locura tanto a la clausura como a la representación (lo
que Michel Foucault llamó "el vínculo de una cultura con aquello mismo
que ella excluye"), se añade ahora la videoinstalación Soy feliz porque
todos me quieren, del artista venezolano Javier Téllez 1969). Partiendo
de una colección de casas para pájaros hechas por los internos del Bedlam
como parte de su tratamiento, Téllez construyó una enorme pajarera que
ocupa el centro de la sala de exhibición. Tellez invita al espectador
a entrar en la pajarera y sentarse sobre una banca acolchonada, con sábanas
traídas del psiquiátrico de Bethlehem. Desde ahí, uno se ve forzado a
mirar a través de una perforación circular la proyección de un video donde
un grupo de enfermeros práctica técnicas para someter físicamente a los
pacientes que se tornan agresivos o pretenden escapar. La rutina consiste
en tomar al sujeto del cuello para tumbarlo sobre el suelo de bruces y
con los brazos en cruz, lo que tiene mucho en común con los métodos policiacos
de detención. Todo el tiempo, la imagen se acompaña con una de las canciones
más melosas de la historia: Nel blu dipinto di blu (1958), de Modugno
y Migliacci, mejor conocida como Volare. La ironía no podía ser más fina
ni más brutal: mientras que la canción invita a escapar más allá del sol
en "el azul del cielo", los enfermeros aprenden cómo inmovilizar a sus
pacientes contra el suelo.
Así es como uno se percata del acto fallido de hacer que los internos
fabriquen casitas para pájaros: se les induce a fantasear con las aves
al tiempo que representan su confinamiento. Curiosa coincidencia: hace
150 años, Charles Dickens visitó el hospital de Bethlehem convencido que
los locos vivían nuestros sueños. Un interno le dijo: "Señor, yo vuelo
frecuentemente". Dickens comentó: "Me sentí un tanto avergonzado al pensar
que yo también a veces volaba -pero de noche."
Muy distinto es el espíritu de las otras dos obras que Téllez presenta
esta primavera en la Ciudad de México. En el video de La última cena,
Téllez registra una imagen más bien goyesca: trece enfermos mentales que
se sientan a comer en una larga mesa en el patio de un paupérrimo psiquiátrico
venezolano, acompañados del canto melancólico de una de las internas.
Los pacientes ilustran un abandono casi total: son los pobres de los pobres,
el último eslabón de un sistema de envilecimiento colectivo donde la locura
es el punto de fuga de la jerarquía de opresiones de la sociedad latinoamericana.
De ahí el tono evangélico de la obra que lacera al espectador sin brindarle
la escapatoria de un aparato teórico o formal. Pero øhasta qué punto esta
imagen, con todo lo efectiva que resulta, consigue ser un argumento acerca
del papel simbólico de la locura? Pareciera que la urgencia de denunciar
la miseria y el desdén a la institución médica en Latinoamérica obliga
a Téllez a elaborar una crítica del subdesarrollo de los servicios de
asistencia social. El video no carece de impacto emocional, pero habla
también de la dificultad de trasladar al tercer mundo las preguntas foucaultianas
acerca de la relación entre conocimiento y poder, taxonomía y exclusión.
En lugar de describir una tecnología del poder, La última cena atisba
la miseria e indolencia del sistema asistencial en sociedades donde la
negligencia médica o penitenciaria ha impedido un discurso político acerca
de los sistemas de reclusión. øNo será tiempo de cuestionar, por ejemplo,
el régimen militarista de las penitenciarias de "alta seguridad" mexicanas,
donde se ha abolido la privacía o la dignidad de los internos con el pretexto
del "combate al narcotráfico"?
Más problemática me parece Aire de México (2001), la pieza exhibida en
La Panadería. En parte, la obra es un ejercicio lúdico: Téllez llevó un
taxi ecológico a las inmediaciones del Museo de Antropología e hizo que
entraran en él una multitud de niños de escuela primariai y los voladores
de Papantla que, semana a semana, escenifican su vuelo para los turistas.
Supuestamente, trata Téllez de discutir el choque entre la exhibición
museográfico/turística de la ceremonia indígena y la claustrofobia de
la vida en la megalópolis, pues según él, el museo, como el psiquiátrico,
también funciona mediante una "selección y marginación" de lo "normal
y lo patológico", lo cotidiano y lo exhibido. Pero esta lectura de los
espacios simbólicos de la cultura local no es suficientemente nítida:
se desdibuja un tanto en el aspecto circense de la imagen jodorowskiana
de los indios y los niños atiborrando el automóvil. Quizá adolece de un
exceso de referencias crípticas, como el supuesto de que el título de
la pieza refiere a la ampolleta de vidrio donde Duchamp en 1919 encerró
una muestra del Aire de París. Si acaso llama la atención por el modo
en que participa de una tendencia reciente en que la imagen de lo indígena
abandona el código de lo exótico para abrirse a una lectura de las tensiones
entre modernidad e indianidad, y la discusión de los usos ideológicos
del indigenismo.
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