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Art
# cm011, "Museos de arte: la urgente autonomía"
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Periódico: Reforma, Miércoles 23 de agosto del 2000 Por: Cuauhtémoc Medina |
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En México al museo de arte se le concibe como un edificio pretensioso que inaugura el señor presidente con el fin de que otros funcionarios ejerciten la oratoria en posteriores actos de inauguración. Los intentos de profesionalizar nuestras instituciones museísticas han sido resultado de la tenacidad de algunos directores y curadores de museos que han navegado contra el desconcierto de la política cultural que no sabe cuál es el potencial y la dignidad de las instituciones museísticas. El caso del MUNAL es ejemplar: su administración ha generado una red de financiamiento que le permite no sólo el milagro de coleccionar, sino el prestigio para resistir tanto las presiones de la jerarquía como las de sus propios trabajadores de base. Esa autonomía responde, por desgracia, a condiciones excepcionales: el MUNAL circula cultura ya establecida, arte de la colonia a mediados del siglo XX. Lo mismo puede decirse de San Ildefonso que, aunque es un espacio de exhibición meramente temporal, ha aprovechado la bendición de depender de tres dependencias oficiales (la UNAM, el Gobierno de la ciudad y Conaculta) en lugar de una, para dirigirse y financiarse autónomamente. Su limitación es, también, no haber encontrado la fórmula para interactuar con la cultura más contemporánea. En cuanto a la estética actual, el panorama es más bien la zozobra perpetua. Las instituciones carecen de los recursos materiales, condiciones de trabajo curatorial y (sobre todo) la autonomía administrativa necesaria para coleccionar, conservar, comisionar, estudiar y difundir efectivamente al arte vivo. No importa si se trata de museos creados por el gobierno o la iniciativa privada: sector privado y público se han confabulado para impedir el surgimiento de un verdadero museo de arte contemporáneo. Mientras que en el mundo la palabra "museo" viene asociada con el concepto de conservar, en México tiene la volatilidad y nomadismo de las carpas de circo. Los museos no son instituciones en el sentido pleno de la palabra, sino proyectos perpetuamente amenazados por el capricho de quien los subsidia. La forma en que empresas como Femsa o Televisa cierran sin pestañear sus "museos" de Monterrey y del Centro Cultural Arte Contemporáneo, es equivalente a liberalidad con que el INBA ha traído de aquí para allá a las colecciones nacionales, y el desparpajo con que la UNAM improvisa directoras sin contacto previo con la escena contemporánea. No hay mecanismo que regule la decisión de transferir las colecciones de un museo al otro, como prueba la desaparición arbitraria de la Pinacoteca Virreinal para engrosar al MUNAL, independientemente de lo apropiado o no de la decisión. Los museos carecen de dinero para pagar curadurías independientes, lo que obliga a su explotado personal a tener que desgastarse en improvisar los proyectos necesarios para cubrir los tiempos de programación. Los curadores y directores no tienen ni siquiera la autoridad para impedir que las obras de su acervo viajen, y sus prespuestos son siempre un imponderable sujeto a los eventos y proyectos que los funcionarios superiores o la presidencia misma creen más "prioritarios". Hasta hoy los museos carecen de personalidad jurídica. Muchos de ellos ni siquiera tienen verdadero control de sus edificios y colecciones, y por tanto sus directivas tienen escasas oportunidades de negociar apoyos, donaciones y préstamos. Más grave es el hecho de que México las escasas colecciones permanentes están perpetuamente a disposición para cuanta exposición viajera se ofrezca. No pasan tres años sin que se organice una nueva versión igulamente insulsa de México: treinta siglos de esplendor o México eterno. Esas panorámicas vacían las salas de exposición, los altares y las ruinas de toda la república, revelando lo pobres que son las colecciones nacionales. Y cómo no habrán de serlo si desde los años 50, el estado mexicano decidió ya no correr el riesgo de gastar dinero en coleccionar arte contemporáneo. Las pocas obras posteriores en colecciones públicas son las (s)obras regaladas por los artistas mismos. El resultado salta a la vista: no hay un sólo lugar donde uno puedan darse una idea más de cuál ha sido la evolución artística de esta región en el último medio siglo, menos aún para ver los momentos significativos del arte occidental o latinoamericano. ¿Catálogos razonados, guías ilustradas, bibliotecas y centros de documentación al día, programas educativos, ya no digamos postales de los cuadros favoritos para los turistas y papel higiénico en los baños? No soñemos. ¿Soluciones? Se requiere más dinero, pero eso no bastaría para corregir un problema que es de actitudes y de la estructura institucional de la cultura. Es preciso que la sociedad, empresas y medios se comprometan a financiar, difundir y apoyar a los museos, pero comprendiendo que la verdadera generosidad es aquella que no interfiere sobre las decisiones y libertad crítica de artistas y curadores. La palabra clave es autonomía. No hay motivo por el cual los museos deban estar subordinados a burocrácias cúpula como Conaculta o INBA, ni a los juegos de poder de sus funcionarios. En algunos casos será posible crear consejos colegiados para los museos que sean, en realidad, ante quienes responda su directiva, y que le ayuden a crear redes de apoyo. En otros casos, bastará con marcar plazos fijos pero renovables a los puestos de los directivos, de modo que no tengan que escoger entre el interés del museo y la voluntad de un burócrata por encima de ellos. Por supuesto, el costo fundamental de la operación de esas instituciones deberá ser regular y de fuentes públicas. Pero se necesita propiciar el financiamiento privado dando ventajas fiscales a los donadores en efectivo, especie y obras de arte, pero también marcando obligaciones que haga demasiado costoso a los que tengan museos privados dejar morir una institución cultural. En cuanto a financiar curadurías y la compra de obras de arte, habrá que crear un fondo que opere de modo similar al Arts Council en el Reino Unido: los fondos deben asignarse por caso y proyecto, favoreciendo aquello que es importante desde un punto de vista cultural pero tiene pocas posibilidades de conseguir financiamiento privado. Se trata de que el Estado sea el patrocinador más generoso, pero también sólo un patrocinador más. Para que la transición electoral se vuelva transición política hay que desmantelar el presidencialismo microscópico: la forma en que el gobierno mexicano está construido con miles de estructuras ocultas de subordinación personal piramidal. Hacerlo en cuanto a los museos es una tarea enorme pero con un principio simple: aportar recursos para la cultura, designar funcionarios y tomar decisiones curatoriales no deben mezclarse ya. |
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