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Art # cm010, "Pasajes de lo global a lo "glocal""

Periódico: Reforma, Miércoles 13 de septiembre del 2000

 Por: Cuauhtémoc Medina

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com

Cinco continentes y una ciudad. Tercer salón internacional de pintura. Museo de la Ciudad de México, Pino Suárez 30, Centro.

Los cuadros post-utópicos de la pintora etiope Julie Mehretu componen una elegía de la modernidad constructiva, que convoca recuerdos de la pintura de Moholy Nagy, los diagramas de Klutsis y la arquitectura Constant, para filtrarlos por una melancolía sin ilusiones ni gravedad. Debajo de grandes planos geométricos en colores blanquecinos y translúcidos, es posible atisbar trazos arquitectónicos y topográficos que sugieren proyectos de aeropuertos, diagramas de flujos y trayectorías siderales. Diría uno que como las progresiones de Pink Floyd, Mehretu extrae fusiones emocionales a partir de superposiciones industriales. La analogía musical es obligada por el modo en que estos cuadros parecen resonar con el ritmo incesante de las bandas diagonales de colores de las pinturas del nigeriano Odili Donald Odita y el espacio del laberinto hecho de papel picado blanco de la también nigeriana Mary Evans, situados en la misma sala de exposición. Es como si Mehertu llevara el requinto, Odita la sección rítmica, y Evans la melodía de acordes que da espacialidad al ensamble.

No puedo evitar pensar en aquellos que creen que en México hay "buena" pintura. ¿Dónde hay un caso comparable a Mehretu en destreza transcultural, refinamiento visual y seducción crítica? Tampoco puedo reprimir la envidia por el modo en que el curador por África, Olu Oguibe consiguió que su sección funcionara a partir de reverberaciones en lugar de similitudes. Para el grueso de los curadores internacionales de Cinco continentes, este evento ha significado el reto de rescatar a la pintura de su evidente desprestigio global, aunque sea para elaborar ficciones mucho más eficaces en el texto del catálogo que en las relaciones sobre los muros. Cuando se manejan tres artistas escogidos libremente a partir de un continente, es posible tender trampas sofisticadas: rescatar los retratos de Buñuel del belga Stephen Mandelbaum revelando el hecho de que el pintor murió asesinado por los mafiosos con que trabajaba, o enfocar al público sobre el humor de la representación pseudo-histórica de lo moderno, como hizo el curador por Asia Fumio Nanjo a escoger las sorprendentes efigies de tela y alambre de colonizadores europeos de la neozelandesa Jacqueline Fraser, tanto como los fantásticos cuadros de Makoto Aida y Akira Yamaguchi que muestran escenas imaginarias como el bombardeo de Nueva York por "zeros" nipones o batallas entre samurais liliputienses y la maquinaria del desarrollo. La cuestión a debatir acerca de Cinco continentes y una ciudad es si permite una verdadera conversación global. Hasta ahora el salón sirve a curadores como Gerardo Mosquera poner en relevancia las obras que reinventan los lenguajes del plano, como los dibujos en alambre del cubano Jorge Luis Marrero, que quizá no tendrían cabida en el grueso de las bienales internacionales. En cambio, el modelo ha fracasado en propiciar la productividad y autorreflexión de la escena local.

Los motivos son muchos: el exceso de tamaño de la sección nacional, lo inapropiado del tema de la "pintura," la ausencia de inversión en producción de obras ad hoc, la falta de precisión curatorial. En esta edición, Víctor Zamudio Taylor pretendió agrupar a los quince artistas de la abultadísima sección de México en torno al tema del paisaje social/natural, pero su curaduría termina siendo tan ilegible y caótica como las de las dos ediciones previas. Los trabajos que podrían efectivamente ilustrar el enrarecimiento de las actitudes ante el paisaje (un espejo de cintos metálicos de Thomas Glassford o las fotografías de fachadas de casas de Claudia Fernández) sufren por no estar montadas con suficiente tino, o por carecer de la información suficiente para permitir apreciar la complejidad de su proyecto conceptual. Las obras particulares que logran destacarse lo hacen por crear sus propias condiciones de aislamiento. Miguel Ángel Ríos volvió a lucirse con su nueva estética etno-groovie/floripondio-power en una instalación con fotos de bulbos de toloache entre círculos de colores, ambientadas con una pista sonora de un viaje alucinógeno. No menos kitsch/hiperestésica era la video-instalación de Silvia Gruner que contrapone la imagen de una esfera decorativa que cambia de color verde a rojo intenso y la panorámica de dos figuras eróticas vistas a contraluz de un horizonte de rascacielos. Todo ello no salvaba a la sección de México de ser una recopilación sin centro ni goznes donde no era posible transitar del muro monócromo plateado de Sofía Taboas al supuesto Detector de cosas prohibidas de Jimmie Durham. La falta de nudo argumental generaba una sensación de desperdicio.

La artista Marta Palau (quién fundó el salón) ha anunciado su decisión de retirarse como directora del evento: ella entiende que Cinco continentes debe reformarse para ofrecer otras condiciones de interlocución para el arte contemporáneo local. Por meritorio que ha sido llegar a la tercera edición, podría decirse que en materia de exposiciones artísticas sucede un poco como con los amores: las tres primeras veces son sólo calentura. Habrá que asegurar que el nuevo gobierno citadino se comprometa con la necesidad de que la ciudad siga teniendo un apasionado affaire artístico "glocal". Pero el privilegio del país anfitrión debe ser generar las condiciones curatoriales que más le convengan. Pues no se trata ya de "promover" una cuota de artistas locales, sino de hacerles mostrar su verdadero potencial.

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