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Art
# cm008, " El
caso Orozco "
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Periódico: Reforma, Miércoles 25 de octubre del 2000 Por: Cuauhtémoc Medina |
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courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
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-"Gabriel Orozco", Museo Tamayo, 28 de Septiembre 2000-4 de febrero 2001.
Como
sugiriendo un abuso publicitario (que el patrocinador hubiera sobrepuesto
su logo a las obras) Gabriel Orozco pintó en el Museo Tamayo un muro de
propaganda de la cerveza Sol. Orozco intentaba poner en operación sus
juegos de seducción por complicidad con un mundo del arte educado hasta
la saciedad por la ambigüedad duchampiana. Quizá hubiera querido obtener
un efecto similar al gesto de pintar en París un letrero con la leyenda
"Clinton es inocente:" crear un doble-entendido gracias al cual
colocarse por encima de una polémica (global) vacía. El Mural Sol
(2000) podría percibirse como un comentario al hecho de que Orozco tenía
por primera vez una exhibición individual no sólo en su "país de orígen,"
sino en un Museo oficial y en las prostimerías del régimen priista. Me
planté frente al Mural Sol y no pude dejar de pensar: he aquí al
hijo pródigo del muralista fallido Mario Orozco Rivera diciéndonos "¿Querían
'lo mexicano global'? Pues, ¡drink Sol Beer!" También no pude dejar
de pensar que el Mural Sol era una especie de acto fallido, un
síntoma del modo en que esta exposición había montado el espectáculo de
una repatriación. Por
supuesto, es un alivio que Orozco no sea ya únicamente la imposición metropolitana
que hubo de sufrir mi generación a lo largo de los años 90, sino que sus
obras puedan ser finalmente alabadas o desdeñadas por el público chilango.
También no está de más denunciar el resentimiento provinciano con que
las autoridades culturales de la UNAM sabotearon los planes de llevar
esta misma retrospectiva a San Ildefonso. No obstante, muy probablemente
el Mural Sol acabe siendo una provocación fallida con respecto
a la escena mexicana, tan ineficaz como fue que en Londres Orozco llegara
a citar a Shakespeare en relación con una maqueta o que en Italia hiciera
una escultura sacando el molde de la moto Vespa. Ni las cursis fotografías
de Orozco de niño vestido de charro, ni su dedicatoria a las Escuelas
Activas en México, ni los textos de sus amigos en el catálogo de la muestra
deben distraernos del hecho de que Orozco no resulta sustantivo para entender
la historia del arte "mexicano" de los noventa. El tema que convoca su
obra es otro. El intento de "renacionalizar" a Orozco se topará una y
otra vez con un tema ausente para el aparato curatorial/publicitario de
esta retrospectiva: el valor de uso que el caso Orozco tuvo en el reacomodo
mainstream global de principios de los 90. Si
Orozco es uno de los artistas esenciales del mainstream depende de una
circunstancia histórica muy concreta: el modo en que su parquedad abstracta,
su occidentalismo militante, la solemnidad con que asume el carácter de
ser "artista" y su reticencia a interferir con ideas y afirmaciones explícitas
el efecto de seducción de sus obras, permitió a la estética resistir los
embates que cuestionaban su hegemonía a principios de los 90. Por entonces
y a resultas de la globalización y de las guerras culturales del multiculturalismo
norteamericamericano, los artistas del tercer mundo y de las diásporas
reclamaban la aceptación del gusto postcolonial, las metodologías no occidentales
y las tradiciones subculturales de los márgenes como formas legítimas
de intervención cultural. En ese contexto, Orozco apareció a críticos
y curadores de los centros como una carta de salvación. Se convirtió en
el artista del tercer mundo cuya renuencia, abstracción y cercanía con
la tradición postminimal y conceptual, podía asimilarse mejor a la cultura
metropolitana. Se le idolatró como el latinoamericano cuya cercanía
con la metodología de Cage y el espíritu de Borges podía disipar el "mal
gusto" barroquizante y estruendoso del american latino. Si algo
benefició a Orozco en esa operación es lo mismo que lo pierde frecuentemente
a lo largo de sus objetos y fotografías: una inclinación por un buen gusto
institucional más bien recatado, que sugiere un estado de gracia melancólica,
y seduce al ojo con momentos fugaces de pasividad. Sería
políticamente rudimentario y estéticamente ingenuo denunciar al
éxito o el fracaso artístico como un fenómeno meramente arbitrario. Al
arte lo fabrica, aunque nos pese, la fetichización del receptor. Las mismas
condiciones que otorgaron valor a sus gestos post-cageanos de los noventa,
no dejaron de ser productivas en muchas ocasiones. La espléndida mesa
de billar de Oval con péndulo (1996) engaña nuestras expectativas,
pues la bola roja está atada al techo con un cable. Quizá en su movimiento
tangencial se cifre la actitud misma de Gabriel Orozco en su evasión de
definiciones. Y uno mira la D. S. (1993), el Citroen reensamblado
en forma aerodinámica a fin de hacerle readquirir su seducción original,
y sabe que el desacomodo de identidad de Orozco puede también traducirse
en la invención de un desarreglo perceptual. Es ahi, cuando abandona la
vaguedad, que Orozco realmente consigue reformular nuestra relación imaginaria
con los objetos. |
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