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Art # cm002, "Júmex: La apuesta del poder simbólico"

Periódico: Reforma, México, D. F., Miércoles 7 de marzo del 2001

 Por: Cuauhtémoc Medina

by courtesy of http://www.latinartcritic.com , cortesía de http://www.latinartcritic.com
La inauguración de la colección Júmex en sus flamantes instalaciones en Ecatepec es mucho más que la aparición de un nuevo espacio de arte en nuestra ciudad. Se trata del inicio de una nueva etapa de las relaciones entre arte contemporáneo y poder económico, donde finalmente la economía mexicana busca simbolizarse mediante la cultura actual. Para empezar, la decisión del empresario Eugenio López al crear en tiempo récord una de las principales colecciones de arte del continente ha puesto fin a una situación que, no por divertida, era menos anómala: la casi completa indiferencia con que los empresarios y políticos mexicanos vieron al arte contemporáneo local a pesar de su creciente importancia a nivel global . De un plumazo y con una inversión de algunos millones de dólares, Júmex ha capitalizado una oportunidad que sólo la miopía, la abulia y el tradicionalismo hicieron perder a toda una generación de empresarios y administradores culturales: aparecer como el catalizador de una nueva acumulación originaria de capital simbólico.
El contexto de la colección es por lo menos tan extremo como sus contenidos: en medio del paisaje desolador de las fábricas, ciudades perdidas y cementerios del noreste de la Ciudad de México, dentro del las instalaciones mismas de una de las industrias de jugos más grandes del mundo, se alza una galería con una espléndida luz cenital que alberga obras que parecen haber caído de otra galaxia. Pareciera que Júmex quisiera poner en cuestión la geografía chilanga para derrumbar el prejuicio de que la periferia de la megalópolis es sólo el desierto simbólico de una imparable catástrofe social.
Gran parte del mérito de Eugenio López fue no haber concebido el acto de coleccionar como un apéndice de la construcción de una institución, sino como el pasaporte para convertirse en un actor en el juego del arte mundial. Con la ayuda de una joven curadora egresada de una maestría en Sotheby's en Londres, Patricia Martín, López se deshizo de una colección inicial de artistas de los 80, para componer una representación de arte postconceptual internacional, con algunos antecedentes entre los artistas de los años 60. En lugar de emular artificialmente el modelo anglosajón del museo cívico de una burguesía regional, como quiso el Marco regiomontano, o peor aun, concebirse como un medio más o menos mexicanista para lavar la imagen de una mafia paraestatal, como hizo el Centro Cultural de Televisa, Júmex emprendió lo que por obvio le resultaba impensable a nuestra élite postcolonial: comprar arte contemporáneo. Si Júmex ha contribuido además a financiar una buena cantidad de proyectos que sirven de vitrina a los artistas y curadores locales, incluso en los dilapidados museos del Estado, es como un medio de construir redes en torno a su coleccionismo. Ese hecho simple permitió a Júmex adquirir un poder de mediación: ganar visibilidad a nivel internacional adquiriendo obras en el circuito de galerías internacionales y adquirir especificidad ocupando un lugar casi monopólico en la compilación de una especie de mainstream embrionario local.
Si hay un rasgo que aplaudir en la instalación inaugural de la Colección Júmex es plantear una convivencia sin jerarquías predeterminadas entre obras de artistas mexicanos de los años 90, como Pablo Vargas Lugo, Claudia Fernández, Gabriel Kuri, Miguel Calderón, Gabriel Orozco, Santiago Sierra y Melanie Smith, con piezas de artistas del mainstream euroamericano, desde proyectos clásicos de Dan Graham, hasta fotografías de Andreas Gursky y Tomas Demand, e incluso instalaciones mayores de artistas como Doug Aitken o Mike Kelley. Esa equiparación por sí sola arroja por la borda la ya caduca división administrativa que el Estado mexicano ha sostenido entre "lo mexicano" y "lo internacional", que en buena medida echó a perder la muy prematura presentación de la sección foránea de la colección Júmex en el Museo Carrillo Gil en el verano de 1999.
Al invitar al público a saltar sin transiciones de los dibujos y detournments de Daniel Guzmán al fabuloso Santa Claus de Paul McCarthy, o sugerir un parentesco entre las intervenciones anti-funcionales de Santiago Sierra y Francis Al s y los juegos sin sentido de Maurizio Cattelan, Júmex representa el entretejido de lo global con lo local, esteticismo y radicalismo político, espectacularidad y simplicidad, utopismo y cinismo, en los que oscila el gusto contemporáneo. En parte esa convivencia es el resultado de una cuidada superficialidad: es gracias a cierto desdén por el contexto que es posible hacer las transiciones entre una obra y otra, bajo la callada igualación del cubo blanco de la galería. Eso hace que las tres categorías que supuestamente articulan la muestra de la colección (paisaje, el objeto industrial y la infancia) sean irrelevantes ante la experiencia de ir desde la eterealidad de un ambiente de Olafur Eliasson, donde las luces simulan el oscurecimiento provocado por el paso de las nubes, al pathos gore de Paul McCarthy, y de ahí a la elegancia subversiva y casi imperceptible de una acción de Francis Al s, que consiste en dejar libre un ratón en la galería como para socavar su institucionalidad.
Si acaso la colección Júmex pudiera criticarse por su obediencia al canon internacional. Salvo por los artistas locales, e incluso con respecto a ellos, su selección está aún atada a los nombres conocidos, lo que hace temer que pudiera convertirse en una mera compilación de cultura ya oficializada. Extraña el desdén que Júmex ha tenido por los artistas sudamericanos, por no hablar de la vanguardia postcolonial. Sólo el tiempo dirá si la colección Júmex podrá explorar estéticas más barrocas, incluso con un humor transcultural. Pero ello requeriría que López y Martín pasasen de la fascinación por el juego del poder simbólico a la tarea de inventar por sí solos una visión original del arte actual.
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